PSIQUATRA DE MUJERES VII

Marthalicia Van Diemen apuesta especialista en informática, una vez concluida la investigación de la muerte de Cristina, su única hija, decide dejar por terminada formalmente su convivencia marital con Atahualpa Fontana, próspero empresario maderero de Rio Ciego.
Tomó su vehículo -evitando los embotellamientos y semáforos del centro de la ciudad-, condujo por un atajo de la vía no asfaltada de la costa. Con algo de mala suerte –pensó- cuando empezó a llover. Hay Dios mio, yo tan torpe en maniobras off road (campo traviesa)-dijo lamentándose- cuando cayó en un bache. De los nervios empezó a acelerar y el deportivo patinó inútilmente durante un buen rato y quedando al final atascado en un lago de barro y arena. Frustrada, sin pensarlo, dejó el vehículo, tomo el «aventón» en una motocicleta de alta cilindrada que pasaba en ese momento y llegó de improvisto a Histeryland. Tocó el timbre y se anunció por el intercomunicador, siendo atendida inmediata y amablemente por Virginia, quien la hizo pasar.
Hola Virginia, -desesperada- permíteme el baño para limpiarme este poco de barro.
-¡Qué asco! -le dice Virginia- ¿porque tanto sucio?, pasa a la puerta de la derecha. La observa correr y le espeta -con femenina suspicacia- ¿vienes de revolcarte por ahí, es?
–Besando en la mejilla y luego abrazando -al salir del sanitario-afectuosamente a la desgarbada asistente de «Il Dottore»-, Marthalicia le susurra al oído, cuéntame de ti, mi «Flaca» bella, luces maravillosa, que afortunado ese hombre que se chupa esos huesitos tuyos –risas-
-No me hagas sonrojar… estoy sin marido. Más bien pensé estabas apesadumbrada…
¿Por Atahualpa?… no chica, por favor, el tipo más desabrido del mundo. Óyeme que ni lo extraño. Tu y yo somos dos chicas «viudas»… sin marido -risas-.
-Ya va, no te hablaba de eso, pero ¿qué le pasó algo a Atahualpa… acaso también murió?
-Rascándose la cabeza- En esta nueva etapa de mi vida y para los efectos prácticos… sí. A él, te sugiero, si eres mi amiga, lo veas como un «perfecto cadáver». Ya solicité el divorcio, lo haremos de mutuo acuerdo por la enmienda nupcial 123.b, la vía más expedita. Ni me preguntes que es eso, Doménico Gordon estará a cargo de todo.
-Espérate, me dejas loca. ¿Me dices que estas feliz porque tu hogar se destruyó?-le increpa con energía-
¿Hogar? Cual hogar, si eso eran escombros, «Flaca», cinco estrellas, muebles Luis V, en lo alto del edificio, pero escombros al fin. Ese piso 10 donde «sobrevivíamos» es el museo de la indiferencia, de los cuernos, la frialdad en la cama. «Flaca»… me rebelé, la muerte de Cristina me hizo ver que no tenía por qué calarme eso «por conveniencia», como viven sometidas un poco de mujeres. Ahora, sí, me recrimino el no haber tomado una decisión hace ya tiempo. Nuestras discusiones, su maltrato verbal, su ausencia, su indiferencia y sus desprecios delante de la niña fueron determinantes. Pero igual «Flaca»: Freedom, libertad, próxima a mi soltería, sin perro que me ladre –risas-.
-Espera… yo no puedo celebrar nada de eso -con visible asombro-, mi cerebro no lo puede asimilar. Cuando supe que llegaste pensé estarías triste, sombría, de luto, deprimida… pero es una locura, me pareces más feliz que cualquier recién casada de luna de miel en un crucero «Queen Elizabeth», ¿qué clase de DES-GRA-CIA-DA se supone que eres Marthalicia? –en tono jocoso-.
Ring, riiing suena el celular de Marthalicia –perdóname un momentito «Flaca», se aparta un poco.
Virginia la miraba, sorprendida, se sintió como si acabase de recibir un garrotazo en el estómago. No sabe de qué está hablando -pensó- .¿Qué importaban todos aquellos lujos si a su única hija no pudieron hacerle valorar su vida? La esquizofrenia es complicada, definitivamente.
Marthalicia concluye la llamada, «Virginia, ya van a buscar mi auto y me lo van dejar acá, en el estacionamiento de Histeryland» — habló en voz alta — Acto seguido vuelve donde la asistente. Mira… «Flaca», eso de DES-GRA-CIA-DA como tú me preguntas, puede ser por Cristina, pero viendo lo positivo, como me enseñó el desalmado de tu jefe… Cristy descansó, la vida de mi niña era demasiado triste- repentino llanto y se abrazan-… su papá no sirve para media plasta de mierda de gato, puesta en el monte, en la madrugada. Que descaro, él quiso endosarme la responsabilidad completa… yo cumplí la mía, creo, -acotó con una mezcla de nostalgia y rabia- pero el muy hijo de la gran puta jamás cumplió la de él, ahora no haya como lidiar con tamaña culpa. Por lo demás vine a celebrar… ¡Dios me perdone! siento que tu jefe es el hombre perfecto para que se me calme esta «angustia» –carcajadas matizadas del llanto inicial-
-Es que tengo que decírtelo Marthalicia -con dejo de indignación- no puedo con ese nudo en la garganta por la tragedia de Cristy.
Adelante linda, soy toda oídos –le dice con cierto sarcasmo-.
-¿Cómo podía esa pobre criatura entender todo el daño que Atahualpa y tú se hacían el uno contra el otro?; No puedo creerlo; era insoportable, no podía ser…
«Flaca» –con sonrisa burlona cortándole la frase- gracias a lo de mi hija y la orientación de «Il Dottore» entendí que, ninguna mujer va a cambiar a hombre alguno por amor ni por rencor, ellos ya vienen «choretos» de fábrica, de su infancia. Esa mentira nos la creemos las tontas, quienes aun sabiendo que hemos metido la pata hasta el fondo, nos hacemos las locas sabiendo que el hombre con que nos acostamos no tiene ninguna diferencia con el cesto de la basura. Apuesto que el cesto de basura sea hasta mejor en nuestra cama, porque no ronca, ni se tira pedos –carcajadas- pero nos cegamos, nos engañamos.
-Ummm… ¿hablas desde tu experiencia?- se inquieta Virginia.
Claro «Flaca», -dándole una suave y tierna cachetada- déjame seguir; después que una se «empata» en una relación, bien sea por desespero, por vengarnos de nuestro ex o, por simplemente tener un bobo que nos escuche, nos pase «mensajitos» por la noche, o para que se tome una foto con nosotras y la colguemos en las redes con la intención de llenar de envidia a los chismosos, aparentando que somos las leonas más felices de la jungla; el problema viene cuando empezamos a tener sexo, aun dándonos cuenta que el tipo no sirve, que no va a mejorar nuestra calidad de vida, que nos utiliza, que es incapaz de obsequiarnos un chocolate, que nos comparte con otras.
-Estas demasiado reflexiva y cruda Martha… yo viví esa…
!Te dije que no hables…! -la corta, entre risas-, de estúpidas mantenemos esa relación por orgullo, por la picazón del útero, por no darle el gusto a los que nos aconsejan o critican. Nos enemistamos con quienes desean el bien para nosotras, ponemos la muralla de agresión a los que si ven esa «cagada»… señalándoles que no es su problema, tercas por no darles la razón. Resignadas nos calamos sus cuernos, le hacemos un teatro rogando su atención, lloramos sus desplantes.
-Eres –sobándole su rubia y lisa cabellera- extremadamente real Marthalicia, pocas «tienen los cojones» de desnudar su historia de dolor. Muy pocas veces acá lo confiesan. Chris tiene que arrancarles las confesiones casi que con la pistola.
¡Que no me vuelvas a interrumpir «Virgo»! -le dice nuevamente con voz firme, mostrándole el puño-. Es que Chris me hizo entender y descubrir que por un «polvo» a la quincena o al mes adoptamos el masoquismo de quitarle tiempo y respeto a nuestros hijos. No dormimos y nos ponemos a llorar porque no nos llamen, ni nos escriban, ni se preocupen por nosotras. Una verdadera falta de autoestima y de dignidad. Aun sufriendo tanto, a cada rato, en cada mensaje «raro» que detectamos, en cada ausencia y cada silencio por estar con otras. Igual terminamos perdonándoles todo, porque creemos que la culpa es nuestra. La gente nota nuestra desdicha, pero, como queremos disimular el fracaso ante quienes nos critican, seguimos buscándolo, atacándolo con indirectas, le insistimos, le subimos fotos sensuales, nos les insinuamos, no dejamos de pensar en ese «cesto de basura con pene». Aquellas ojeras de insomnio, fumando más que putas presas, el poco de canas en la cabeza y el grasero en la barriga; nos ponemos viejas, gordas y feas de tanto tragarnos las rabias por quien le escribe o por con quien se acuesta.

Ummmm… y…
–Sin dejarla hablar continúa eufórica, como ráfaga de fusil al aire- De ridículas, hacemos ver que lo ignoramos, cayéndonos a mentiras ante los demás, cuando cada respiración, cada pensamiento, cada texto lo ponemos esa persona que nos amarga la existencia y eso es simple «Flaca»… es miedo. Gracias a Histeryland pude al final comprender que el miedo nos ciega, la inseguridad sentimental nos llena de celos, todo el mundo lo nota y nosotras somos las últimas bobas en reconocer los cuernos… por orgullo, por la necedad de fingir una falsa felicidad. Eso es baja valoración como mujeres, es auto descalificación… nuestras madres nos instalan eso, más la falta de respeto por nosotras mismas, en la infancia. Después como adultas, repetimos sus historias de frustraciones y mala vida… así de sencillo Virginia.
En ese instante repica una llamada en el celular de Virginia, -ésta se disculpa, acepta y habla en voz alta con tono firme y evidente gesto de molestia-: Hola Brianna, has llamado ya cuatro veces, te repito estamos ocupados, tú conoces las reglas, no reservaste cita para esta semana y hoy «Il Dottore» no puede, además ya se va. Ciao bambina. Cortó bruscamente la llamada.
¿Paciente en crisis?-pregunta alarmada Marthalicia-
-Algo… pero no afecta en lo absoluto, sigamos la conversa.
Sigamos pues... donde íbamos, tu regaño a esa persona me sacó del tema.
-Me sorprende tu templanza… eres increíble Marthalicia. Por todo eso yo decidí quedarme sola. Ay no, que fastidio, ese tipo de hombres una misma como hipnotizada los mete dentro del círculo íntimo de nuestros hijos, las redes sociales, las amistades, la casa y el trabajo. Con sus mentiras, como ratones te carcomen la energía, te drenan la unción, te quitan la paz y te desgastan el día, por eso vamos de amarguras en amarguras, roces y roces con los demás y de conflictos en conflictos, sin saber porque.
Ahora, pasados los años, me doy cuenta de que el problema no era él «deseado» -como dice Chris-, sino mi propia carencia afectiva. El desespero de que nuestro «ex-marido» y su familia vea que tenemos quien nos quiera, nos hace caer al principio como una mandarina, fácil de pelar para el que medio nos preste atención. Luego, cuando empezamos a acostarnos, él se convierte en una apetitosa naranja -enorme en nuestro corazón-. Entonces, después, luego de tantas fallas, al dejarlo, te lamentas porque al final te das cuenta que ni siquiera llegaba a limón -carcajadas-.
-Nadie se atreve a decirte algo, simplemente en la sociedad él es un héroe para los machos y nosotras somos unas «regaladas» para nuestras amigas. Lo peor, terminamos siendo la lástima y el chiste diario de la gente que nos conoce.
Bueno amiga ya descargué la nota –pellizcándole cariñosamente el mentón-… después nos tomamos un «vinito», una buena punta trasera y una «ensaladita César», yo te invito y podemos amanecer hablándote de todas esas «vivencias», antes me dolía hablar del tema, pero ahora, es como retroceder las páginas de un libro divertido y vaya que lo disfruto, sin dolor, ni remordimiento. Chris me enseño a superar esos miedos, ese apego, a ser yo misma y a tomar mejores decisiones.
O sea ¿ya puedo hablar?, -le reclama Virginia, con mueca de enfado- !cuando ya no hay que decir¡.
-No seas boba, perdóname, es que si no me dejas terminar la idea, me enredo toda.
Notando que el tiempo avanzaba inmisericorde, al momento de la cita secreta de su jefe, Virginia pasó a la etapa siguiente de su trabajo en Histeryland.
-Ahora déjame anunciarte con «Il Dottore», antes de cerrar la agenda del día de hoy. Por una misteriosa… él ya tiene que marcharse, ¿Te parece bien?
Asintió con la cabeza. La hizo tomar asiento en el lobby, un salón relativamente alegre y bien iluminado.
Marthalicia era una mujer de piel muy clara, levemente acanelada, delgada, 1:70mts, de unos treinta y siete años, le daba mucha importancia a la nacionalidad mixta de su origen. Sus abuelos paternos eran de Innsbruck, Suiza y sus abuelos maternos eran Bálticos provincianos rusos de Estonia. Ella coqueta, siempre vestida de negro, ropa ceñida y un perenne perfume que alborotaba los sentidos, solía, de vez en cuando, ir ataviada deportivamente. Combinaba sus zapatos, su ropa interior y el perfume con el color de su cabello, no con su ropa, ni la ocasión. Con un rostro angelical que la hacía parecer de mucho menos. Se teñía el pelo de rubio, castaño, rojo o negro, según su estado de ánimo.
Cuando avanzó con Virginia hacia la puerta del despacho de «Il Dottore», éste se hallaba enfrascado en una intensa conversación telefónica. Compagnolo apenas sonrió.
-Hola, Marthalicia -la saludó al entrar-. La hermosa paciente devolvió el saludo y se fijó en Chris, dirigiéndole una reverencia con la cabeza y una sonrisa que, descaradamente, despertó en el corazón de ella un calor que no había vuelto a sentir desde su adolescencia. En fracciones de segundo, emocionada, viajó a cuando le tocaban la puerta trasera de su casa, para escaparse por el patio, con su primer novio, a hacer el amor entre unos matorrales. Fue un contacto visual muy breve y completamente espontáneo, pero de algún modo Chris advirtió que era auténtico, y se alegró de volver a encontrarse a aquella imponente mujer.
Un momento –picándole el ojo a ambas intrusas- siguió hablando por el auricular. Luego, al minuto, alzando la voz, -exclamó-: El resto de los detalles se los mando al correo, gracias por llamar. Cortando la llamada con brusquedad y apagando el teléfono.
-Dottore Compagnolo –anunció Virginia con fingida solemnidad-, lo dejo con la ingeniero Marthalicia –tosió toscamente Virginia.
Gracias “Virgo”, puedes retirarte a casa, ehhh… antes, tráenos café por favor.
Como si alguien hubiese accionado un interruptor, Chris exhibió inmediatamente una sonrisa de publicidad de pasta dental, deslumbrado por su guapa paciente, quien nuevamente repitió una muy formal inclinación de cabeza.
-Bueno, Martha -dijo- . Supongo que Virginia te habrá puesto al corriente ya. Si tienes alguna pregunta, no temas formularla. ¿Todo va bien? ¿De acuerdo?
Ya estoy decidida a ser libre de ataduras sentimentales tóxicas, Chris.
-Me alegra por ti, es una decisión valiente que pocas asumen.
Si Chris, es una locura, el desamor y los cuernos son un castigo. Porque una la mujer quiere presentar a su pareja como un modelo, un «hombrazo», que la gente te admire por tu inteligente decisión y resulta que el muy cerdo te manipula, te miente y una, como víctima, convicta y confesa, con la evidencia en las manos, en vez de mandarlo para la porra, solo quiere vengar esa «traición», hacerlo sufrir o caer en la pendejada de evitar que «sea feliz».
Lo usual Marthalicia -dice IlDottore, limpiandose las narices con la uña de su meñique-, desplegamos «mecanismos de defensa» contra el «deseado». Son reacciones aprendidas en la infancia, fundamentalmente de nuestras madres. Algunas personas adoptan la ofensa que es una señal de debilidad; creen que humillando, hacen daño cuando realmente es señal de pobreza interior. A veces pregonan odiarlo –sin dejar de… pensarlo a diario… una señal de baja autoestima; si no les escribe ni las busca, por orgullo fingen ignorarlo… un vulgar autoengaño; caen en la calumnia contra quien se enteran «usurpan su puesto», que es señal de envidia; entonces agreden virtual, verbal o físicamente que es una clara señal de resentimiento. Marthica, el amor verdadero es la ausencia de miedo, libertad de apego. Es fluir, es tomar y soltar sin culpas ni dolor. -viéndola incisivo a los ojos-¿Estamos claros?… ¿Superado lo de «depravada de ultratumba»?.
Página pasada –dice Marthalicia con algo de vergüenza- gracias por hacérmelo entender.
-Chris la abrazó y se fundieron en un cálido beso-.
Entonces, ya sabes que tanto Virginia como yo estamos siempre a tu disposición, ¿vale?
La disposición de Virginia es automática, yo la adoro… la verdaderamente importante y por la que vine es, por la disposición tuya.
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Cuando el taxi ejecutivo de cabina blindada se desvió de la carretera y emprendió un camino secundario, deteniéndose finalmente frente a una gran verja, Chris se volvió para mirar -paranoico, como si lo vinieran siguiendo- a través del cristal trasero del vehículo. Pudo ver la gran puerta de acero que se abría sobre ruedas accionadas por un dispositivo de mando a distancia.
Aquí está Monteovejuna… nuestro olimpo del amor, Marthalicia.
¡Dios mío! ¿Porque hemos venido en taxi, si tenemos dos buenos vehículos Chris?
Tranquila, recuerda que no me has hablado en detalle de tu situación con Atahualpa, debo ser precavido y el taxi deja menos rastros.
Y ¿para salir de acá?… que no hay ni señal para los celulares.
Quédate quieta por favor –le dice Chris en tono autoritario- todo está controlado, podemos usar la lancha o aquí guardo un pequeño carro europeo, que casi nunca uso, aunque me aseguro esté operativo al 100%, en sus mejores condiciones.
Adelante madama — abriéndole la lujosa puerta de madera-.
Permíteme por favor el baño, Chris, voy a cambiarme esta ropa que esta toda llena de barro.
Chris le hace señas indicándole el lugar, y de seguido encendió el estéreo con su canción preferida «¿Do you think I’m sexy?» de Rod Stewart.
A los minutos Marthalicia sale vestida con un sexy traje negro, con falda tipo campana, con abertura lateral, medias de malla rojas y sin ropa interior.

Chris -con inusual galantería- la toma del codo y le dice: Tome asiento por favor mientras preparo el lugar, tal como su majestad se lo merece.
Luego Chris va a la cocina y de regreso aparece sin camisa, meneando las caderas imitando a Elvis Presley… una bandeja en su mano derecha, con una botella de champaña, vasos copas y algo de hielo..
— Te toca servir la champaña — sacó la enorme botella, unas copas y se los pasó.
Marthalicia la acercó a la luz y leyó la etiqueta.
— ¡Belle Epoque Perrier! Estás lleno de pequeñas sorpresas, ¿no es verdad?
— Tengo varias botellas — le informó sin darle importancia — . Fue parte del pago por un trabajo que hice para unas pacientes. Sólo las saco en ocasiones especiales.
— ¿Y qué ocasión especial celebrabas con esas «pacientes», esa noche? — levantó con fingida inocencia una ceja.
— No doy explicaciones pero por mera cortesia… fue por: ¡salir sanos y salvos de la operación «tormenta del desierto»! — Levantó los hombros — .
Sin duda, el divorcio de un ser como Atahualpa es y será algo digno de celebrar, ¿no crees?
— Sin dar respuesta, Chris sacó una cristalina y enorme taza y le quitó la tapa. Gritó ¡pollo frito con fresas! –oliendo hacia el cielo como un perrito feliz-.
Es lo mejor que he podido probar desde que vivo en Rio Ciego. Soy un pésimo mesonero… así que por favor, ayúdame con la parte femenina de esta velada.
Él inclinó la cabeza en señal de súplica y Marthalicia –asumiendo un repentino sumiso rol femenino- le sirvió una generosa ración en un plato.
Afuera del chalet se escuchaba el musculoso rugir del motor de un súper deportivo que rondaba por los alrededores de la playa Monteovejuna. Brianna en su desesperada búsqueda de «Il Dottore»… vio unas luces encendidas de Monteovejuna y su intuición femenina, aunque no había vehículo alguno -visible- en el garaje… la llevó a curiosear…
Continuará