Labores de supervivencia cotidiana

Un rant de género bajo la regadera

Hoy por la mañana estaba listo para bañarme. La noche anterior había dejado listas mis comidas para un día entero (desde la cena de ayer hasta la de hoy), pusé a la mano la playera y los jeans que tenía planeado usar, limpié mis zapatos hasta sacarles brillo; cuidé cada detalle que se me ocurrió para que al despertar iniciara una jornada cómoda, ordenada y productiva. A una parte de mí le daba risa la manera tan meticulosa de preparar todo; otra sentía que por fin comenzaba a encontrarle el modo a este nivel de aquel juego que llamamos Edad adulta y estaba a punto de desbloquear una armadura de organización. Mi perro me miraba con incredulidad durante todo el proceso, como si supiera lo que nos esperaba al despertar.

El mayor beneficio de mi pulsión repentina por la organización fue, precisamente, para el cariñoso can que con emoción pudo pasar unos minutos más de caminata matutina. Volvimos a nuestro departamento con sed y hambre, desayunamos y me quedaba tiempo suficiente para hacer una mini playlist de 5 canciones con las cuales desgañitarme en la regadera y luego frente al espejo.

El perrito se acostó afuera del baño para esperarme, mientras yo entraba a la regadera. Abrí la llave del agua ¿caliente? No, estaba helada incluso tras unos cuantos segundos. La cerré. Segundo intento: todavía sale fría. Recuerdo que una persona muy querida me contó de una encuesta no profesional que había improvisado entre parejas heterosexuales, el resultado: casi siempre, las mujeres preferían el agua de la regadera mucho más caliente que los hombres. Mi experiencia coincide pero agua no tan caliente es algo muy distinto a agua fría. Tercer intento: ¿adivina? Sí, el agua sigue fría. Agarro mi toalla y voy a revisar el calentador; paro la música, mi perro me sigue porque sabe que algo no anda bien.

Ya al otro lado del departamento pruebo con las llaves más cercanas al calentador. El agua sigue fría pero ahora puedo observar que el aparato no enciende como debería al abrir la llave del agua. Entre tantos intentos siento que ya gasté un porcentaje importante de los litros de agua que hubiera requerido para el baño. Enciendo la estufa y pongo agua a hervir sin saber si me la beberé en un té antes de salir de casa o la usaré para bañarme. Lo que hace falta no es gas; el calentador está fallando. Recuerdo todas las quejas que he leído en línea sobre los calentadores de paso. Recuerdo todas las malas experiencias que otras personas me han contado. Es cierto que usan menos gas que los antiguos calentadores de caldera, pero su uso de baterías alcalinas genera otro tipo de impacto ambiental. De hecho, lo primero que intento es cambiar las baterías, aunque con cierta incredulidad, pues las actuales apenas llevan una cuarta parte de la vida del juego anterior. El cambio no ofrece resultados. Ahora me siento mal por haber abierto el paquete de baterías que tenía de reserva.

Preocupado por el correr de los minutos, en desnudez que aumenta mi perplejidad frente al calentador de agua inoperante y con un poco de frío, pienso en que nunca me he considerado precisamente un handy man. Me siento un poco ridículo. Contrario a lo que dicta el estereotipo machista, la parte que más me cuesta trabajo de vivir solo es hacerme cargo del mantenimiento y reparaciones que requerien el uso de herramientas. No tengo dinero para ir por el plomero (porque como en tantos oficios, en ese las mujeres están ausentes) y que arregle el calentador; aunque tuviera dinero, eso me tomaría tiempo que tampoco tengo ya. Se me ocurre buscar el modelo del calentador y “tutorial” en YouTube pero mientras mi memoria divaga y me pregunto cómo influyen en estas circunstancias (sin duda un tanto cómicas) los privilegios que implica mi condición de hombre: soltero, occidental, heterosexual, con estudios universitarios. El estereotipo machista dice que debería saber cómo reparar todo; el prejuicio de clase dice que como buen pequeñoburgués ilustrado debería poder pagarle a alguien más por hacer estas reparaciones mientras le dedico tiempo a cosas en teoría “más edificantes”.

Recuerdo que, cuando era niño, mi mamá puso especial énfasis en enseñarnos a mi hermano menor y a mí que labores domésticas como la limpieza y la preparación de alimentos “no son cosa de mujeres o de hombres” y advertía, coloquialmente, que “no se les va a caer un huevo por colaborar” en algo que beneficia a todas las personas que viven bajo el mismo techo. La dinámica de labores en mi casa siempre funcionó bajo esas dos consignas y mientras fuimos creciendo la repartición de labores fue cada vez más equitativa.

Tengo algún recuerdo de mi padre cocinando (previo al divorcio) que él mismo se encargó de neutralizar al darme consejos machistas durante una adolescencia en la que su voz perdió la poca autoridad que había dejado su falta de atención sistemática. En contraste, tengo memorias maternas que incluyen taladros, instalación de lámparas, algunas veces que madre e hijos pintamos juntxs la casa. Aunque ella también nos enseñó a usar herramientas, la insistencia en la importancia de saber hacer esas partes de las labores del hogar jamás tuvo el mismo énfasis que el aseo y la cocina. Las reparaciones que incluían partes de la instalación eléctrica o de gas no eran un terreno al que tuviéramos acceso mi hermano y yo, (supongo que) por seguridad, y sólo se nos advertía que antes de moverle a algo así había que cerrar la llave de paso o bajar el switch. Aventuro que en los universos paralelos donde tuve una hermana o fui mujer mi mamá decía “no se te va a caer un ovario por taladrar la pared para colgar un espejo”. No me toca a mí definir si tuve una crianza feminista o no, pero es mi convicción personal la certeza de que crecí libre de algunos prejuicios del machismo, aunque estoy seguro de que hubo algunos otros que quizá hoy aún tenga tan internalizados que pasen campantes y vergonzosamente inadvertidos. Poder dedicarle tanto a este rant ya es en sí un privilegio al que no puedo renunciar directamente pero que sí puedo usar para reflexionar sobre y contra la inequidad de género que los estereotipos del patriarcado han impuesto hasta en nimiedades como el baño. Pasa por mi mente el agua caliente de la regadera como un privilegio al que, por alguna razón, no estoy dispuesto a renunciar mientras hay comunidades que ni siquiera cuentan con agua corriente; habría que tomarlo en cuenta pero sería hablar de otras desigualdades y privilegios, que se cruzan con las de género, pero merecen tratarse en otro espacio propio.

Pienso en las mujeres que, viviendo solas, se enfrentan a una avería del calentador. Quizá las personas con más prisa (sin distinción de género) se hubieran bañado con agua fría; otras tantas habrían salido de casa sin bañarse. Pero en quienes pienso de verdad son ese porcentaje de hombres y mujeres que, sin estar dispuestxs a acudir a un plomero de inmediato, habrían decidido revisar dónde estaba la falla del calentador. En México la plomería, como otros oficios similares, no está profesionalizada y abrirle las puertas de la casa a uno de estos técnicos (casi siempre, hombres) implica tener ciertos peligros: desde la posibilidad de de recibir una reparación fraudulenta hasta que el servicio funcione de fachada para un robo. Me gusta suponer que en general la gente tiene respeto por su oficio y, sobre todo, que quienes usan los servicios técnicos con fines cuestionables son una minoría.

En mi situación una mujer tendría que, además, considerar que al solicitar un servicio de plomería puede encontrarse ante varias instancias de acoso (por lo menos) y el extremo del feminicidio no resulta improbable. La imagen —proveniente de la pornografía más heteropatriarcal— del plomero que recibe una retribución sexual por sus servicios, sólo empeora todo. La búsqueda en YouTube me arroja al menos diez videos de tutoriales sobre el modelo de mi calentador de agua; si alguno de estos videos sirve, podría salvar a la versión real de esas mujeres que ahora supongo posibles.

Entender las partes y funcionamiento del calentador me lleva una media hora. Desmontar la tapa del aparato (incluyendo buscar desarmados, tirar por accidente un tornillo recién desenroscado, pensar que nunca lo voy a encontrar y hallarlo cuando ya me había hecho a la idea de tener que comprar otro en una ferretería) me lleva varios minutos. Ahora veo el interior del calentador y pienso en todas las veces que he desarmado aparatos y los he dejado inservibles; espero ésta no sea una de esas. Puede ser peor, espero no terminar con una fuga de gas. Respiro. Tengo que arreglar esto. OK, sólo quiero identificar donde está el problema, si es algo serio voy a tener que irme sin bañar, ir el resto de la semana a ducharme a casa de mi mamá y cuando tenga dinero traer al plomero para que arregle la avería. Empiezo a probar las fallas comunes que describe uno de los videos. Nada. No logro que encienda el calentador pero ahora sé que algo en el mecanismo que genera el chispazo que enciende el aparato está fallando. Asumo que hay un corto circuito pero no sé dónde ni cómo localizarlo.

Mi último intento es ponerle aceite a las partes que el video sugiere. La frustración se convierte pronto en resignación con que aceito perillas y pequeños mecanismos. De pronto un clic me hace cambiar de parecer. Abro la llave con escepticismo, enciendo el interruptor aún con el calentador abierto (según los videos es seguro) y, sí, el calentador funciona. La “avería” era sólo un diminuto botón atascado por falta de lubricación.

Cerrar el calentador y regresar todo a su lugar me lleva otros pocos minutos en los que regreso a mi rant de género. Al miedo que sentí de terminar dejando el calentador inservible, una mujer hubiera tenido que añadirle lidiar con algún recuerdo de cuando en su infancia le decían que esas eran “cosas de hombres”; aún si hubiera crecido sin muchos de aquellos prejuicios, habría tenido que tomar en cuenta que al acudir a un plomero, además de todo, ser acosada era una posibilidad. Vale preguntarnos ahora ¿porque hay plomeros y no plomeras? La respuesta es multifactorial, pero sin duda en cada una de las causas se podría identificar la huella de los prejuicios machistas. La avería del calentador es una situación relativamente simple y cotidiana, pero sin exagerar creo que como muchas otras refleja privilegios y desigualdades de género que no deberían tolerarse, menos alentarse o celebrarse, pues hacen posible la terrible realidad del acoso.

Cocinar, limpiar la casa, darle mantenimiento y realizar reparaciones simples a electrodomésticos y otros aparatos (o bien identificar cuando requieren servicio técnico) nunca deberían ser consideradas labores “femeninas” o “masculinas”, todxs deberíamos saberlas simplemente porque son labores de supervivencia cotidiana.

En oficios de servicios técnicos como la plomería, la electricidad o la mecánica automotriz convergen muchos de los prejuicios que me parecen, en lo personal, los más nocivos dentro de la sociedad. Por una parte son oficios que gozan de poco prestigio y se suele considerar a quienes los practican como personas de cultura limitada. A este prejuicio hay que añadir sospechas constantes, no del todo infundadas pero si injustas por tratarse de generalizaciones, de que quienes desempeñan estos oficios son personas deshonestas (yo mismo me descubrí a punto de caer en ese prejuicio más arriba). Por otra parte es abrumadora la manera en que el patriarcado ha copiado esos oficios de una manera que se acepta como algo “normal”. De acuerdo a List for Life, en el Reino Unido por cada 100 plomeros hay 0.4 plomeras (mientras escribo incluso el autocorrector se niega a aceptar que existan plomeras). La manera en que los talleres de estos oficios se configuran como nichos de poder patriarcal, donde la única presencia femenina se circunscribe a ilustraciones hipersexualizadas, es un cúmulo de violencia de género (simbólica y potencial, pero violencia al fin y al cabo) que en todos los casos es por lo menos inquietante. Incluir mujeres en estos oficios y erradicar la violencia de género de la manera en que se ofrecen a quienes los contratan son dos enormes tareas pendientes en las que pensé mientras, por fin, me bañaba con agua caliente en medio de una prisa enorme.

Al igual que las actividades domésticas, estos oficios no son tareas masculinas o femeninas sino necesarias para la supervivencia. Desde cierta región inevitable del privilegio masculino, si hubiera necesitado el servicio de plomería daba lo mismo que lo realizara un hombre que una lesbiana butch, una mujer transgénero o un hombre abiertamente homosexual; desde un punto de vista más individual, me hubieran inspirado más confianza que el plomero que conozco. Para una mujer no daría lo mismo; si la persona con conocimientos técnicos para realizar la reparación no fuera un hombre heterosexual la posibilidad de acoso se reduciría hasta ser casi impensable y si se tratase de otra mujer, la ocasión sería una oportunidad de sororidad. No queda mucho qué discutir al respecto: no hay pretexto para que la plomería —por sólo citar un ejemplo de muchísimos otros oficios y campos de desarrollo profesional— siga siendo un nicho desde donde el patriarcado ejerce la exclusión y la violencia de género hacia las mujeres (principalmente, pero también hacia aquellxs que no son hombres cisgénero heterosexuales). Además de una actitud de autocrítica para no participar ni alentar la violencia de género, los hombres que nos identificamos con las causas de los feminismos debemos aprender a expresar nuestro apoyo a la lucha contra el acoso, no desde cuestionamientos inquisitivos sino desde la empatía.

¿Pero cómo puedo ser empático ante algo que no he sufrido? Puede que mucha gente no entienda porqué no me gusta limpiar mi cuerpo con agua fría y que parezca que hice un esfuerzo demasiado grande por lograr encender el calentador. ¿Hubiera sido injusto que de pronto alguien más me hubiera obligado a bañarme con agua fría? Sí, me habría hecho enojar. ¿Si me hubieran dicho que me lo busqué sólo por ser yo? El enojo se hubiera vuelto rabia, desconcierto, a lo mejor incluso tristeza. De la misma manera, aunque en magnitudes distintas y por motivos más importantes, siento una indignación empática contra iniquidad de género en todas sus formas (como los estereotipos que asignan a cada ciertas actividades específicas a mujeres y otras a hombres), pero sobre todo ante el ciclo de violencia al que pertenece los contactos no pedidos, indeseados e incómodos hacia los cuerpos de femeninos.*

*Decir “yo soy hombre y una vez me manoseó una señora/un cura/otro hombre/un alien” sólo muestra tu capacidad para el mansplaining. Aunque sea posible o incluso cierto y aunque haya sido feo, si a nosotros nunca nos pueden pasar esas cosas diario es gracias al privilegio masculino ante el cual deberíamos ser críticos.

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