Más diseño para Metro

Esta columna fue originalmente publicada en doblepunto.

Entre 1969 y 1975, entre suelos y subsuelos santiaguinos se construiría la obra pública de mayor envergadura para la época en el país. Hasta 2013 siguió siendo considerada la inversión más alta en la historia de Chile –en lo que a obras públicas se refiere–, y en su momento, utilizó más fierro que todo el que producía el país en una década, solo para la construcción de un pequeño tramo de la línea 1, entre San Pablo y La Moneda.

Parecía un tren, pero no lo era. Parecía un bus, pero tampoco lo era. La esporádica aparición de un sistema de transporte de semejantes características significó una sorpresa sin mayores precedentes para los santiaguinos y santiaguinas de la época. Era tal la incertidumbre que, así como sucede en ciudades que recién incorporan sistemas de trenes similares, muchos temían utilizarlo meramente por su condición subterránea.

Tren NS74 en la estación Escuela Militar (entonces cubierta de mosaicos) en 1980.

No es casualidad que los primeros trenes estuvieran pintados con un celeste pastel, o que las estaciones originales de la línea 1 estuvieran cubiertas con coloridos mosaicos de la empresa chilena Cerámicos Irmir. Dichas decisiones fueron, en efecto, decisiones de diseño, donde el foco no fue la máquina, o la modernidad que esta brindaba a la nueva urbe (eso se mantenía tras bambalinas, para convencer a las dirigencias de mantener su financiamiento). El foco estuvo en la persona, aquel ser humano con miedos y preocupaciones de quien Metro, sin alardear de aquello, debía hacerse cargo.

Todo el conjunto en realidad parecía como de cumpleaños. Después explicarían que los colores suaves fueron elegidos para calmar la psiquis de los santiaguinos y evitar que pensaran que al bajar al metro estaban ingresando en un subterráneo.
(Extraído de El Gran Libro del Metro de Santiago)

La persona es un ente complejo. Cambiante. Moldeable. Y es el entendimiento intrínseco de sus variables aquello que caracteriza al diseño como disciplina, y que distancia su entendimiento del mundo con el que podría percibirse en disciplinas más sistemáticas como la ingeniería. “Gran parte del diseño [del mundo] suele estar hecho por ingenieros/as que son expertos en tecnología, pero ignorantes en el entendimiento de las personas”, profesa Donald Norman en The Design of Everyday Things. Precisamente dicho entendimiento, plasmado con abundancia en las primeras decisiones de la estatal, trajo consigo también un elemento altamente subvalorado –paradójicamente– que generaciones cultivadas del 2018 en adelante vivirán sin conocer en primera persona.

Mujer ingresando un boleto en torniquetes de entrada hacia los andenes en estación Universidad de Chile. Año 1987.

Hacia 1970, uno de los problemas de mayor eminencia en los distintos sistemas de metro alrededor del mundo eran los boletos sucios, desparramados por los suelos de sus entradas. El esquema de funcionamiento tradicional (hasta entonces) consistía casi siempre en lo mismo: al pasar el boleto por el torniquete, el pasajero recibía su boleto marcado por algún corte, borrón u orificio, encomendando su buena voluntad para hacerse cargo del mismo a posteriori. Evidentemente, esto no ocurría.

Como respuesta a dicha falencia de sus sistemas hermanos, el Metro de Santiago fue pionero en incorporar un sistema ligeramente distinto. Aquí, por primera vez en el mundo, los boletos serían tragados por la máquina, dejando libre de responsabilidad al pasajero de su desaparición, y manteniendo las estaciones del subsuelo capitalino envidiablemente limpias. Acierto implacable en el entendimiento de la persona.

Encontrémonos con el Diseño

Hoy, sin embargo, el enfoque pareciera haber migrado. La modernidad de los trenes, los sistemas de pilotaje automático y la cantidad de personas beneficiadas por la construcción de nuevas líneas se han convertido en objetos de protagonismo. Justificaciones, en algunos casos, para restar atención a las carencias que se perciben desde la experiencia del usuario. Si bien la persona se ve reflejada en campañas publicitarias y reluce como motivo de orgullo en los equipos de marketing, las decisiones que giran en torno a ella (la persona) terminan siendo menospreciadas por la priorización empírica de lo sistemático. Gran parte del diseño de Metro termina hoy siendo hecho por ingenieros/as que son expertos en contratos y tecnología, pero ignorantes en el entendimiento de las personas.

Oferta de empleo en la web de Metro. Octubre 2017. Se busca a “Ingeniero en Ejecución de Marketing” para diseñar el sistema gráfico de información a pasajeros.

Así, la proliferación de soluciones parche y diseños que omiten la existencia de amplias variedades de personas –o a la persona en sí misma– se ha vuelto constante, y ha traído consigo una suerte de deficiencia normalizada que no mira, al menos bajo mi propio análisis, mucho más allá de lo estético en sus soluciones contemporáneas.

Cartel temporal de “Salida” en estación Santa Isabel. Abajo del cartel (con el logo oficial de Metro), una hoja carta indicando que hacia esa dirección solo se puede cambiar de andén.
Cartel indicativo de ruta expresa en Línea 4. Línea color azul marino sobre fondo negro. ¿Qué tan amigable es este contraste para personas con problemas de visibilidad?

Y es que al final igual llegamos todos a nuestros destinos, se podría plantear para bajarle perfil al asunto, pero la cuestión con las experiencias es que solo un porcentaje, no más de la mitad, guarda relación directa con la funcionalidad (sistema). El porcentaje restante debería estar siempre enfocado a la emoción (persona). Las emociones son una moneda invisible en el mundo contemporáneo. Y en este sentido, resulta evidente que la frustración por impedimentos para moverse de forma fluida entre A y B no es una emoción deseable. Un primer paso para eliminarla es reconocerla. Detenerse y reflexionar acerca de las pequeñas frustraciones que normalizamos en la cotidianidad de nuestros viajes por la capital. Solo entonces, después de percatar las inconsistencias en la señalética, o la absurdez que significa agachar y girar la cabeza para ver la cenefa que el mismo tren impide visualizar…

Interior de un tren NS 07 tapando la cenefa con información relevante para el usuario en Línea 1.

Quizás atreverse, y desear más diseño para Metro.