Tiempo

En el estado más fugaz de su materialidad incomprendida, el tiempo a veces alarga su morfología intangible y se modifica al gusto de nuestra propia interpretación del mismo. ¿Cuántos estados del tiempo hemos vivido sin darnos cuenta de su presencia?

El tiempo es un enigma. Un invisible agente que de forma omnipresente guía nuestras acciones para con el resto y extiende sus longitudes determinado en el deseo de vivir inmersos en él. Podemos pasar noches enteras sin darnos cuenta que el tiempo está ahí, limitando subliminalmente las cifras que restan para que el mismo se acabe, y volvamos a ajustarnos a él. Podemos ser partícipes del tiempo en canciones que duran más de lo que interpretamos en ellas, como quien silencioso aguarda la llegada de un tiempo nuevo para acabar con la incertidumbre que el tiempo en sí mismo asigna a nuestras expectativas.

El tiempo es un solitario agente organizacional que nos mantiene en sintonía con quienes lo compartimos. Si entre nosotros entendemos el tiempo como un constructo infinito que pasa por sobre lo que sentimos, podemos priorizar lo segundo y dejar que el tiempo haga sentir su presencia solo cuando busquemos su interpretación de un momento. Y es que los momentos, finalmente, podrían (si así lo quisiéramos) ser calificados por el tiempo. No necesariamente a través de su manifestación más exacta, sino por la comparación esporádica entre aquel que percibimos, y aquel que realmente fue.

El tiempo es un enigma.