Not quite my tempo

Trabajé durante un tiempo en un consultoría en capacitación de donde salí para poner mi negocio. Mi salida fue normal: un cliente te ofrece trabajar para él, lo piensas y decides irte; hasta ahí, todo va bien.

Me fui con buenos recuerdos, hice los mejores amigos, aprendí más de la mitad de lo que sé. Pero sabía que las cosas no marchaban bien; todo lo que indica que algo va mal en una oficina estaban ahí. Se percibía el inicio de una decadencia y eso pasó. Finalmente la consultoría cerró con el anunciado recorte masivo.

Me invitaron a una reunión en la que, los corridos, se emborracharían en una catarsis alcohólica. Dije que iría, siempre lo digo, casi siempre voy, pero una hora antes de salir decidí no hacerlo.

Tengo ganas de ver a cada uno de quienes estuvieron, tengo ganas de verlos a todos al mismo tiempo, pero no tengo ganas de despotricar contra un lugar en el que, por casi tres años, fui feliz. No tengo ganas de quejarme contra los jefes que a me trataron bien ni contra un sistema que a me tocó ayudar a construir.

Salí bien de ahí, con la frente en alto y agradecido y si algo he aprendido es que cuando algo está explotando no se debe mirar atrás, te puedes quemar, más cuando el duelo que los demás están trabajando, lo has terminado ya.


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