Cuerpo e izquierdas

“Hay que poner el cuerpo”. Sentencian.
¿Dónde no ponemos el cuerpo? Resuena.
¿Qué cuerpo? Murmuro.
Son varias las ideas que van dibujan el contorno de lo así llamado cuerpo, y por consiguiente, su recodificación.
Cuando es puesto el cuerpo, o lo ponemos, no sabría con certeza cual afirmar, no es solamente disponer de un cacho de carne con ojos en una manifestación sosteniendo una bandera o en un sillón escribiendo sobre las diferencias de clase. Hay algo más. Ese algo más se lo puede atribuir al psicoanálisis, que es justamente, la noción de cuerpo con la que trabaja, ampliando lo que ya estaba capturado por el discurso bio-mecanicista. Coloca en tensión el campo de la intimidad, que muchos lo circunscribían a la genitalidad, configurando un territorio pulsional, un texto hecho cuerpo, donde las marcas determinan las formas de satisfacción.
Si partimos de la conflictiva edipica, novelita mal adaptada al campo social latinoamericano, la misma pone sobre relieve las tensiones y por consiguiente su resolución, ¿no es necesario poner el foco sobre la base de ese conflicto, lo que está en juego, que de una u otra manera, es una modalidad de satisfacción?
Interrogar los mecanismos de producción histórica (léase subjetividades), que el capitalismo va de-formando no debería interpelar únicamente la categoría de la eficacia política de derecha, sino también los sensualismos del entusiasmo neoliberal, es decir, el cuerpo erótico que dispone o predispone. ¿No es acaso necesario, además de lo ya propuesto, interrogar ese cuerpo gozante que la izquierda deja de lado como aquel que desplaza, al barrer, la basura de un sector hacia el otro, tratando que no se note dónde queda ubicada?
¿Qué cuerpo es el que proponemos, desde el arco de las izquierda? Tal vez ese que puede materializar o traccionar la idea de revolución. Ahora bien, ¿Qué erótica es la que ponemos en juego en las políticas de izquierda? Es más, arriesgo a preguntar: ¿tenemos una erótica de la izquierda?
Javier Rodriguez.
