Leon Rozitchner: derrota y fracaso en la cultura política de izquierdas
Apuntes luego de la Primera Asamblea Performativa: encrucijadas frente al terror.

1.
“No nos han vencido”, “vamos a volver”, expresiones que insisten, bajo la forma de consignas más o menos optimista que tributan a una coherencia izquierdista cerrada ante el drama histórico y sostenida en el plano de los principios, más allá de los avatares adversos de las sucesivas coyunturas.
Ante ello, dos textos de León Rozitchner dan lugar a explorar, en el heterogéneo campo intelectual y político de la cultura argentina de izquierdas, las diferencias entre lo que usualmente llamamos derrota y fracaso. Los textos son: “El espejo tan temido” incluido en Acerca de la derrota y de los vencidos, compilación destinada a peinar a contra pelo el drama generacional de las izquierdas argentinas y latinoamericanas en el largo ciclo de los sesenta y setenta; y Filosofía y emancipación: Simón Rodríguez o el triunfo de un fracaso ejemplar, escrito a mediados de los 80 en Caracas con el objetivo de revisar, desde el modelo humano que Rodríguez habilita, el nido de víboras personal y colectivo que todo proceso emancipatorio debe desarmar si no quiere tropezar con las trampas que nos tiende el enemigo como su eficacia más profunda.
En el contexto argentino actual, queremos preguntarnos, más allá de los balances obligados de la agenda militante, en cuáles son los signos generacionales de la subjetividad de época que ya anunciaban y condujeron — sin saberlo ni quererlo — a una parte de la coyuntura política de nuestro país.
En ese sentido, venimos afirmando que el triunfo macrista no expresa, para nosotros, sólo una derrota electoral kirchnereana. Es el índice de un fracaso político cultivado en el juego real de las fuerzas, en un proceso de mucho más tiempo. Una derrota generacional, labrada en los afectos, en los símbolos, en la economía de las vidas. Una fracaso, repetimos, transversal a las izquierdas y al campo popular.
Entendemos que no asumir ese plano en donde el triunfo macrista hace sistema con los elementos inexplorados de nuestra propia subjetividad, es condenarnos a una pulsión de repetición enroscada en un circulo vicioso colmado de inercia e impotencia.
Si lo personal es político, como nos recuerda una y otra vez el espacio de vida abierto por el feminismo, entonces decimos que la victoria del macrismo en 2015 no fue solamente un suceso electoral. Sino un acontecimiento que ya se venía gestando en las formas de vida cultivadas en Argentina en un proceso histórico de largo aliento. No nos embebemos de un esquema conceptual donde lo neoliberal se nos aparece como un otro radicalmente exterior a nosotros mismos. Al contrario, nos interrogamos por cuánto del macrismo y del neoliberalismo se reproduce, minúsculamente, en cada pensamiento, sentimiento y práctica que llevamos adelante.
Intuimos que existe un fracaso generacional que se estaba germinando en nuestros modos de militar y en las formas colectivas de construir organización y poder. Un fracaso que pone en jaque, fundamentalmente, nuestras maneras de vivir, de escuchar, de hablar y (des)componer lo común.
Pero hay una fibra última de la subjetividad de izquierdas en donde la victoria macrista, lejos de asumirse como un fracaso propio y colectivo es vivida como una confirmación de las propias presunciones y un blindaje de esa misma subjetividad.
El fracaso no nos abre. La derrota es siempre exterior y no nos pone en cuestión. Vivimos como si no estuviésemos implicados en esta coyuntura. Porque si una y otra vez falla el transito que deseamos operar, desde una hegemonía capitalista de vida hacia una construcción de poder emancipatoria, entonces el obstáculo quizás seamos nosotros mismos.
Es por ello que sostenemos, desde una lectura de León Rozitchner, que no es lo mismo hablar de la derrota o del fracaso. En el imaginario militante se suelen confundir ambas instancias. Pero Rozitchner da lugar a que una cura común de las experiencias generacionales dramáticas de la cultura política de izquierdas en nuestro país requiere diferenciar cuando hablamos de derrota y cuando hablamos de fracaso.
2.
El lenguaje de la derrota remite al nivel físico de la contradicción entre los grupos sociales, a los antagonismos construidos en la lucha política, y a la acumulación exclusivamente cuantitativa del propio poder. Pensar la derrota supone, en efecto, que luego de una disputa es posible diferenciar claramente entre ganadores y perdedores. Luego del tiempo en que dure el combate, los vencedores imponen sus reglas al vencido. Por eso, el lenguaje de la derrota refiere a la escena violenta de un enfrentamiento (directo o indirecto, da igual) entre dos bandos delimitados. El campo social se encuentra dividido con precisión. La política adquiere la modalidad de duelo. Asistimos a un escenario de guerra más o menos abierta. Y la política queda reducida al disciplinamiento de la propia tropa y a la reproducción de la propia organización. Lógica del aparato, enemistades claras, mezcla de esencialismo, exterioridad sistémica y moralismo que confluye en una auto-purificación con respecto a aquello que se combate y en una modulación burocrática de la militancia intelectual y política como forma de vida.
Esto conlleve a que en ocasiones uno puede asumir que ha sido derrotado, pero sin detenerse a elaborar los lineamientos que, desde uno mismo, podían conducir a que seamos vencidos.
Con la palabra fracaso queremos designar el nivel vital de los cuerpos. La lengua del fracaso busca captar el movimiento inconfesado de las vidas. Aquello inexplorado. Lo desconocido en nosotros mismos.
Más allá de las diferencias en cada coyuntura o actividad cotidiana, un derrotado puede sentirse o no fracasado. Se trata de un problema de verificación subjetiva: la cuestión se juega en cómo vivimos lo que (nos) pasa. El fracaso nunca refiere a un otro exterior, sino que parte de uno mismo. La lengua del fracaso nos habla de nuestros compromisos afectivos, cuestiona responsabilidades. En un escenario de guerras cruzadas, ya no es posible identificar enemigos claros. Y por eso, esta coyuntura política viabiliza la posibilidad de sentir lo siniestro del fracaso propio: gestado en lo incuestionado de nuestras simbologías de izquierdas, reproducido en nuestros hábitos sedimentados, cocinado en una desertificación del campo popular y las izquierdas en lo que hace a materia de imaginarios inventivos y nuevos lenguajes para la complejidad de las novedosas prácticas del nuevo siglo.
Dislocando la “moral de los vencidos” que mancomuna a muchos intelectuales y militantes de izquierdas, Rozitchner hace del fracaso una posibilidad ejemplar. Esto último creemos que nos podría conducir a descubrir una potencia inexplorada, una energía que surge de asumir la responsabilidad respecto a los modos de vida efectivos que llevamos adelante día a día.
Si la propia historia personal y grupal es uno de los fundamentos materiales de la historicidad colectiva, entonces también podemos ser la mediación sensible desde la cual comenzar a repensar nuestra implicación en algo así como una recomposición generacional de cultura política de izquierdas.
Emiliano Rodríguez, quinto hijo de El Loco Rodríguez. Por diversas experiencias de su pasado, Emiliano estima el fracaso en todas sus variantes y desdeña las “medidas discursivas de verga”.
