Exilio

El Loco Rodríguez
Aug 25, 2017 · 4 min read
Foto: Juan Manuel Varela

Dintel

“Sin salir uno de su propia casa, el exilio y el destierro se hacen presentes desde el primer momento” dice Roberto Bolaño, hablando del exilio y la literatura, una pareja de la que él descree porque dice no creer en el exilio. Entonces, en realidad, lo que declara Bolaño es que el exilio es como una actitud ante la vida o la vida misma. Yo simpatizo con esa postura, como simpatizo con el sentimiento del “a mí no me tocará”, en relación a lo que comúnmente uno podría considerar exilio, es decir, vivir una situación externa (política, digamos) en la que me vea obligada a salir de mi patria expulsada como el mercurio sale de un termómetro cuando cae al suelo. Es como esas intuiciones que aparecen de repente con la apariencia de la certeza. Bueno, uno nunca sabe. Imagino entonces a aquellos grandes personajes que pasaron momentos de terror e incertidumbre, obligados a deambular por territorios extranjeros. Dicen que Walter Benjamin murió tratando de pasar de España a Lisboa para tomar un barco hacia Estados Unidos. Siendo negado su paso, y ante la presión de policías nazis, se suicida. Esa versión, por supuesto, se contrapone a la de que fue asesinado, cubriendo todo de un halo de misterio como si la vida de Benjamin hubiese sido cocida con un mismo hilo de desgracia, ese que queda un poquito afuera cuando se cierra el envase de la existencia. O la muerte de Simone Weil, por ejemplo, que en actitud de solidaridad con la Francia ocupada y la población oprimida, estando en Londres con un diagnóstico de tuberculosis, decide dejar de comer, agudizando su debilidad hasta la muerte. Esas muertes despiertan en mí un sentimiento de heroísmo, y me pregunto cómo habrá sido pasar gran parte de la vida de allá para acá, trasladando qué cosas, cargando qué recuerdos.

Imaginando a Benjamin en el rincón más húmedo de un hotel de pueblo, y a Simone Weil con los labios secos y pálida en una cama de hospital que esperaría indiferente el recambio de paciente, me recuerdo a mí misma que, de alguna forma, sí salí expulsada, no como el mercurio pero sí como el último vuelo de una pelota tirada por un niño solitario, de aquel lugar que me habrían enseñado en la infancia que era mi patria. Claro está, casi nada tengo para comparar con esas historias, por la falta de heroísmo de la mía y porque mi cuerpo y esa idea del exilio como una forma de encarar la vida, se desparraman en un territorio donde no nací pero que podría abandonar, si quisiera, para volver allí donde mis genes desenfundan sus espadas.

Morir por la mano del hombre

Hay un tema importante en las historias de todos los países, aquellos que enseñan en la infancia que es el lugar de uno: cómo los hombres matan a otros, y qué se juega en eso. Hombres casi siempre fueron los que mandan a matar y matan a otros hombres, y a mujeres, niños, ancianos y perros, estos últimos por añadidura (no agrego los gatos porque realmente tienen las de ganar casi siempre). Esas muertes se acumulan con una consistencia algodonosa en los intersticios de la historia, construyendo puentes y tendidos eléctricos entre los recuerdos. Pero no porque, al menos yo, haya vivido esas muertes de cerca, sino porque ellas acaparan del espíritu la mayor parte destinada a las preguntas y explicaciones. Entonces voy entendiendo por qué el exilio no es un lugar, como afirma Bolaño –y yo creo que Mistral también-, ya que la patria no fue nunca un lugar, sino una sinfonía de voces que fueron calladas por la mano del hombre, y que toman el color del cielo de vez en cuando, de la sangre derramada en el pavimento, o del verde pastito que desafía el bloque de cemento fisurado –las más de las veces-. El exilio es una forma específica de la memoria, que va configurando muñones de paisajes, latidos acelerados, preguntas terribles y el oleaje del mar que quedó encerrado para siempre en una concha. El exilio señala a sus elegidos con la lanza que arroja la memoria, cuando se anima a preguntarle a los muertos qué se siente sucumbir a causa de la violencia humana. Siempre es hora de encarar, como dice León Rozitchner, el problema de la muerte que viene dada por la mano del hombre.

Andrea Rodriguez, hija sietemesina de El Loco Rodriguez.

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    El Loco Rodríguez

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    Colectivo de Filosofía, Psicoanálisis y Política

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