Exorcismos, ante el drama generacional

Segunda Parte.

Foto: Trazo al Paso

IV.

La tesis que buscamos defender es la siguiente: ante la dificultad de aceptar la ausencia del Padre y su posterior inmanetización, es decir, la plenificación de dicha ausencia mediante la exaltación acrítica de sus tutelas conceptuales, la operación parricida es al menos insuficiente. Estas dificultades mal tramitadas en el campo de lo imaginario -que impiden simbolizarlas-, conjugadas con la necesidad de respuestas rápidas ante las urgencias de coyuntura, repusieron esquemas de inteligibilidad heredados que nos condujeron a pensar la realidad bajo una espectralidad simbólica sin asiento en la vida, aunque confundida con ella. Esto conlleva una operación intelectual compleja más cercana al exorcismo que al parricidio tal como fue pensado en el siglo XX.

Pensamos la figura del exorcismo como una práctica de incisión teórica y micro-política que trabaja en el campo de los afectos y sus soportes imaginarios. Según la tradición católica, la práctica exorcista es aquella que posibilita discernir en una persona un límite delgado: si es habitada por un don divino o si el mismo, en realidad, es un signo de posesión. Por ejemplo, según el Statua Ecclesiæ Latinæ, a fines del año 500: 1. El hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas. 2. Hacer presentes cosas distantes o escondidas. 3. Demostrar más fuerzas de lo normal.

Estos tres índices, que habilitaban la implementación de diversos conjuros, nos permiten en la actualidad pensar el tipo de relación que mantienen los activos politizados con sus legados simbólicos. Es decir, la figura del militante-poseído: impostación de lenguajes, presentificar cosas muy distantes en el tiempo, y-o demostraciones de una fortaleza mayor de lo que realmente se tiene. La figura de la posesión es productiva ya que, en última instancia, cuando las tutelas simbólicas han tomado por completo la afectividad política, se revela como un problema de identidad: ¿Quiénes somos realmente, si cuando hablamos nuestros muertos hablan por nosotros?

Ante una sentimentalidad espectral asentada en los afectos de la propia carne entumecida, de lo que se trata es removerla desde el mismo pasado que habita en ella: el pasado mudo que opera sin que se lo sepa pasado. Expulsar los fantasmas de la propia carne para poder decidir qué hacer con ellos, en un conjuro que no hace otra cosa que convocar a otros fantasmas: una demora en lo impensado por la generación precedente, apelando a los muertos que ellos no supieron escuchar. Néstor Perlongher, León Roztichner, Osvaldo Lamborghini, Martinez Estrada; por ejemplo, en la tradición local argentina. Theodor Adorno, para repensar la tradición marxista del siglo XX. Son buenos ejemplos. En suma, para despertar al cuerpo generacional, cuando esta ahogado, embotado de espectros, el exorcismo se presenta como una salida imperiosa.

Ya que supone aceptar una realidad: nuestros Padres y Madres ya están muertos, aunque sus cuerpos biológicamente identificables aún caminen errantes en sus cátedras, puestos institucionales o escriban en diarios y revistas. Sus moldes conceptuales y matrices políticas, sus guías éticas y gestos metafísicos, ya no nos sirven para pensar un país complejo que oculta mal su parasitismo mítico, sus vivir del stock, su vivir de los vestigios de lo que fue o quiso ser. En otras palabras, el imaginario tranquilizador de un país en serio, una argentina normal, con burguesías nacionales, obreros con conciencia de sus derechos y Estados presentes e inclusivos, esta resquebrajado desde hace décadas. El Macrismo en el gobierno, en ese sentido, cumple bien su función de asinceramiento.

Pero al decir esto pareciera que el camino ya estaría allanado: parir la novedad. La pura novedad redentora. No hay nada mas anquilosado que dicha ambición. Esgrimir una coherencia plena con lo contemporáneo, en un corte absoluto con el pasado, a la vez que filtra una concepción ingenua frente aquello que las generaciones precedentes no pudieron elaborar, esteriliza toda actitud crítica frente a la época. Ya en el mismo acto de enunciar la noción de “crítica” huele a “viejo” según los cánones de las derechas modernizantes, entregadas al cinismo conservador de los managments de las pasiones alegres. Con lo cual, la tarea generacional, arriesgamos a sostener, también implica reivindicar la reflexión crítica como un necesario anacronismo productivo. Una crítica generacional expandida en una radicalidad que remueva y subvierta los límites incrustados en los propios legados que nos constituyen, en una explicitación de los restos impensados que horadan sus inestables orígenes. Es decir, la tarea crítica se dirige, en primer lugar, hacia un examen de aquello de lo que estamos hechos, para que desde allí podamos reabrir una nueva perspectiva anti-sistémica, desmalezar un nuevo deseo revolucionario, obturado y subestimado por mucho tiempo -paradójicamente por nuestros Padres- por demodé. Por anticuado, por aquello que por culpa, terror interiorizado, o concesiones incluso perdonables, la tutoría cultural progresista dejó de lado, sellando su adhesión inconfesa al consenso post-derrota, ante la caída de los llamados “socialismos reales”. Pero esa no es nuestra historia, y no tenemos por qué seguir cargando tamaña mochila.

V.

La ausencia de una vocación crítica con respecto a los límites del lenguaje progresista dejo el terreno disponible para que las derechas más reaccionarias se revitalicen y muerdan un cuerpo neutro y en tensión, un complejo de nervaduras excitadas de más consumo y hastiada de homenajes y fordismo simbólico reciclado. En este sentido, toda crítica al macrismo deviene mera conciencia escandalizada sino lo pensamos en su singularidad, como un hecho cultural amplio, en el que sepamos alojar la pregunta por lo siniestro: ¿En qué medida el macrismo no desnuda nuestras propias estructuras conservadoras? ¿Hasta qué punto su vocación hegemónica no arraiga en un campo cultural desertificado de creatividad y plagado de tabúes por no atrevernos a pensar por nosotros mismos?

Una afirmación generacional que subvierta las tutelas imaginarias y simbólicas late como una espera. La persistencia de viejas e inadecuadas interpretaciones políticas tensiona con registros epocales sincréticos, que aún pivotean en intuiciones dispersas. En este sentido, el exorcismo es una tarea silenciosa, que busca una incitación, un corrimiento, que quizás pueda desbloquear la inmovilidad actual para afrontar un drama complejo, singular y confuso: estamos hechos de todos los fracasos sin elaborar, soldados en cuerpos mudos. Por eso debemos abrirlos, como quien martilla un bloque de cemento, como un caníbal comiendo de sus entrañas.

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