Gente como uno

La verdad que puede alcanzarse a través de lo idéntico sólo se eleva sobre el suelo de lo despreciado y lo rechazado. La derecha sabe identificar. Sabe construir conceptos, abstraer rasgos comunes, prescindir de diferencias. No es estúpida. Es nuestro mejor filósofo idealista. Sabe que la palabra es una forma de captura del otro. Produce signos, cristaliza ideales. Es nuestro mejor semiólogo. Conoce el poder de la violencia atributiva. Es nuestro mejor psicólogo. Y las consecuencias políticas de cualquier definición. Sabe, mejor que cualquiera de nosotros, que toda definición es política. Aunque invite a dejar de pensar, ella misma no para de hacerlo. Ejerce el poder totalitario haciendo uso del poder totalizador del concepto.

Cuando recurre a la violencia represiva y desaparecedora no es porque tenga poder, sino precisamente porque todavía no lo tiene del todo.

El poder se ejerce en el discurso. La derecha sabe que en la violencia atributiva y en la patologización criminalizante reside el poder del exterminio del otro. Terroristas. Inadaptados. Delincuentes. Vagos. Violentos. Allí donde no puede diseminar el terror en el discurso, lo descarga en los cuerpos. No lo hace a escondidas. No está mostrando los hilos sin querer, no es desprolija. Se esconde a la vista de todos. El espectáculo se monta adrede. Detrás de un equipo represor, un equipo de fotógrafos escudados aguardan para llevar el registro para su posterior espectacularización. Allí no hay torpeza, hay cálculo. La derecha no es estúpida, ni errante.

La derecha no es maquiavélica. Por si misma no es capaz de montar una ficción y un terreno de sensibilidades prestas a habitarlas. Opera sobre un terreno sensible/pensante cuya génesis es histórica. Prescinde deliberadamente de esa historia y usufructa a la perfección la recaída en la inmediatez. Sabe perfectamente que olvidamos el propio proceso de construcción.

La derecha no desensibiliza, no es incapaz de empatizar ni de identificarse, construye otro tan otro con el que es imposible identificarse. Se identifica nada más que con el otro aspiracional. La gente como uno. El otro ideal. Ese chabón blanco. De ojos celestes. Camisa celeste. Y pantalón caqui. El empresario exitoso como huella de aquella decadencia noventosa fan de grande pa. No con ese hippie de mierda. Gente como uno. Gente que es algo que vale en el mundo del valor.

La derecha sabe tan bien que las palabras nunca coinciden con las cosas, que es capaz de hacer que una manifestación de resistencia contra el poder terrorífico del estado se vuelva una razón más para justificar el terrorismo de estado. Justifica el terrorismo construyendo un otro terrorista al que hay que eliminar, pulverizar, terminar. Toma la insumisión organizada y la convierte en desmanes violentos para trocar terrorismo de estado por necesidad de seguridad y orden. Troca insumisión por inadaptación. Construye una adaptación y un orden deseados. Monta un espectáculo pornográficamente violento que concluye en movilización y troca movilización por desorden. No monta esta pedagogía sobre la nada. Cristaliza y es espejo de pedagogías que atraviesan trasversalmente instituciones como la familia, la paternidad, la hermandad, el matrimonio, la amistad, la escuela, la salud mental. Ensambles amorosos sospechados de terror.

La derecha no es mera colonización ideológica, puro lavado de cabezas. Agota los cuerpos. Los ajusta, los precariza, los flexibiliza, los terceriza, los violenta. Quemados, mal viajados, mal comidos, mal dormidos. Los aisla, los fragmenta, los esquizofreniza. El cuerpo es receptáculo de una infinidad de violencias. Frente a la imposibilidad de rastrear sus fuentes, ofrece un enemigo sobre quien depositarla. Uno mismo o el otro. Fabrica odios. No gestiona economías y políticas. Gestiona afectos. Ante el malestar vivido, ofrece un arsenal de diagnósticos y pastillas. La derecha es nuestro más ilustre psiquiatra y nuestra industria farmacéutica. La derecha no intercambia objetos, el cuerpo es lo que se intercambia y el cuerpo es lo que se consume.

La derecha no actúa como enemigo exterior. No se vive como opresión. No necesita explotar. Consiste en una autoexplotación sin clases. Aisla al sujeto del rendimiento, emprendedor, explotador de si mismo. Quien fracasa en cumplir con el ideal del emprendedurismo se hace a sí mismo o al otro responsable de su fracaso. Dirige su agresividad hacia si mismo o al otro. Se llena de clonazepam o hace linchamientos.

Cualquiera que quede por fuera del ideal emprendedurista debe ser eliminado. Todo ideal se construye sobre un margen de horror. Siempre que se instala un Estado ideal se instala un monstruo exterminador: necesita purificarse para ser alcanzado. Los globos amarillos se vana inflar con el último suspiro de miles. El ideal no se vive, te vive.

La derecha no desvaloriza la vida. Reduce todo a los lenguajes del valor. Para la derecha hay vidas que valen y hay vidas que no. El cuerpo es moneda viviente, unidad de cambio. Les da tanto valor que se encarga de eliminar por omisión todas las vidas que restan. No necesita ni siquiera crear trabajo para extraerles valor. Si puede las llena de paco y mata dos pájaros de un tiro.

Tal vez sea cuestión de dejar de medir la vida. Tal vez sea cuestión de dejar de pensarnos desde el valor.

La derecha no es ciega. Ve con claridad. Allí donde vemos represión y desaparición, ve orden. Allí donde vemos femicidio, ve disciplinamiento. Allí donde vemos que ningún pibe nace chorro, ve inseguridad. Allí donde vemos sublevación, ve terrorismo. Allí donde vemos resistencia colectiva ve vagos, piqueteros, planeros, kukas, montoneros, zurdos. No mira a un costado, tiene bien identificados sus blancos.

Tal vez sea cuestión de dejar de ver, una y otra vez, en lo que se repite, lo mismo.

La derecha no es un conglomerado de sin razón. Es paquete de certezas presto a ser consumido irreflexivamente para gestionar angustias. La derecha conoce mejor que nosotros los modos de subjetivación.

Tal vez sea cuestión de abonar un campo de incertidumbres.

La derecha no es un cambio ni un retroceso. No hay movimiento. Monta un espectáculo interminable imposible de procesar para que nada pase. Y cuando algo pasó, nos cabió la hipótesis represiva.

Tal vez sea cuestión de abandonar algunas inercias.

No sólo una represión bonita.

Cualquier cosa menos una coerción muda y absurda: la derecha es elocuente.

Configura un horizonte de sentido a través del cual se interpretan las cosas.

Se expresa mejor como certeza forzosa que como violencia forzosa.

Opera sobre el resplandor de lo que está pleno de sentido.

Posibilita un amoldamiento pre-reflexivo al orden dominante, generando un el automatismo de la costumbre, logrando así que incluso los sectores más desfavorecidos actúen según los modelos de conducta que necesita para estabilizarse el orden dominante que los perjudicó en primer lugar.

Gabriela Rodriguez

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