Retazos para repensar la auto-afirmación de las Putas feministas

Foto: Juan Manuel Varela

Todxs lxs feministxs deseamos una transformación radical de las condiciones en las que se producen las propias decisiones personales.

Deseo que se extiende a la abolición del trabajo (capitalista) en cuanto tal y no sólo a la prostitución.

sin embargo,

Las condiciones sociales no las transforman sujetos abstractos sino aquellos sujetos producidos por esas mismas condiciones que se pretenden transformar, con las opciones que esos mismos sujetos toman o tomaron en algún momento de su historia y lo constituyeron.

en otras palabras,

estamos hechos de aquello mismo que deseamos enfrentar. Para -vivir juntos- otra vida (en esta vida), más digna, más vivible.

Y esa tensión es saludable mantenerla abierta, porque allí se debate todo nuestro drama: jugando cada uno su apuesta.

(¿La política es tragedia antes que utopía?)

Lo dicho en líneas anteriores lleva a pensar que las identidades políticas producidas por dichos sujetos históricos nacen de préstamos -conflictivos, negociados, invertidos- del mismo lenguaje de la dominación interiorizada. Es decir, toda subjetividad dominada se posiciona en lucha invirtiendo el signo de un lenguaje heredado (que, a su vez, lo constituye).

“Descamisado”

-por poner un ejemplo-

de ser un insulto humillante con el que las clases altas anti-peronistas nombraban a lxs trabajadorxs movilizados, paso a ser una identidad de lucha de esxs mismxs trabajadorxs para conquistar mejores condiciones de vida.

Un movimiento similar ocurre con “las Putas” y su auto-afirmación feminista.

Con lo cual, dicha afirmación identitaria antes que legitimar violencias interiorizadas (como señalan las posturas abolicionistas) supone una subversión inmanente de las mismas.

Ambigüedades, tensiones y paradojas producen ante los ojos ajenos dicho movimiento de la subjetividad. Por eso ha sido –en la historia nacional- un verdadero problema para las conceptualizaciones tradicionales de las izquierdas.

¿Relativizar por “izquierda” una opción personal en aras de una “transformación estructural” de las condiciones (en las que aquella se produjo) no lleva a postular lo que “debe ser” ese sujeto?

El corolario político de este gesto (en el movimiento feminista, por ejemplo) son aquellas prácticas de exclusión y subestimación que cierto sector ejerce contra las putas organizadas (como a todo sujeto femenino viviente que desestabilice la categoría tradicional de mujer)

en este sentido,

los planteos políticos de las putas feministas no buscan legitimar la salida laboral que implica la prostitución. La toman como dada porque “son” esa salida laboral hecha cuerpo, una sedimentación histórica vuelto sujeto, y desde allí buscan enfrentar las violencias que sufren por las condiciones en las que el comercio sexual se encuentra expuesto en el patriarcado capitalista argentino.

(no está demás decir: existen múltiples formas en la que la transacción mercantil por sexo

-y la transacción de sexo por mercancías- circula en nuestras vidas sin que haya mediación dineraria o intercambio explicito)

[Matrimonios y algo más: ¿Un modo posible de prostitución gratuita? (corrijo: nada es “gratis” en el reino humano del capital) ¿Un modo posible de prostitución sin explicitar el precio de mercado?

¿Acaso el amor, aún cuando se lo perciba “genuino” y “profundo” no vehiculiza horizontes de consumo y ascenso social? ¿No hay transacciones tácitas cuyo punto de pasaje se funde en “coger”? ¿Se puede seguir delimitando tan claramente la economía de mercado de la economía libidinal?]

Los posicionamientos de las Putas feministas nos patentizan, al movimiento feminista y al campo popular en general, problemas teórico-políticos de largo alcance. Algunos de ellos giran en torno a lo que entendemos por libertad y alienación.

a- Desde un punto de vista estructural nadie es libre en el capitalismo de realizar opciones personales acerca de cómo vivir. Todos enajenamos nuestro cuerpo y su conciencia en una mercancía -durante lo que dura el tiempo de trabajo- para vestirnos, alimentarnos, etc., con mayor o menor gratificación. Y según la clase, el género, y el capital cultural de origen, encontramos (cómo podemos) ese medio de vida. Por esta razón, en un plano social “la libertad” tal como lo enuncian los slogans del sistema resulta imposible y tramposa.

b- Sin embargo, en un plano ético-político “la libertad” alude a un movimiento deseable y necesario de autonomía, aunque nunca pleno y siempre negociado. Somos libres cuando hacemos algo con esa determinación social más amplia. Somos libres cuando reconocemos que no lo somos, y sentimos la necesidad de enfrentar esa situación. Es en este último sentido en el que las Putas feministas afirman que son “libres” al decidir. No porque naturalicen, necesariamente, la ideología dominante y la falsa “libre elección” que nos ofrece el sistema.

¿Qué (nos) pasa con las Putas a los varones y mujeres de izquierda? ¿Acaso somos hijas e hijos de una generación de que aún sigue creyendo que “no todo se compra y se vende”?

La familia, los afectos, la crianza de hijos e hijas,

¿un paraíso personal en donde replegarse cuando todas “las utopías” se cayeron?

¿Volvimos criterios de orientación política a frases de alto impacto emotivo que surgieron de una post-derrota (que no vivimos)?

- Un lugar común en las generaciones pasadas de izquierdas (que hoy acríticamente prolongamos como tutela epistémica y moral) es el de postular un “afuera” incontaminado al capitalismo como fundamento de todo posicionamiento crítico al sistema.

-Y una consecuencia evidente de este lugar común, es el de superponer y confundir el plano estructural del capitalismo y su plano ético-político.

¿Qué decimos cuando afirmamos que algo o alguien: “reproduce el sistema”?

Quizás, en un sentido ético podemos aludir a aquellos pliegues regresivos del capitalismo para la vida en común (xenofobia, homofobia, y por qué no: “prosti-fobia”; racismo, clasismo, machismo).

Pero en un sentido estructural todos reproducimos el sistema para vivir.

Dicho de otra manera: nuestra vida es el sistema reproduciéndose como tal.

En consecuencia,

al confundir estos planos, la frase “reproducir el sistema” se vuelve una suerte de a priori cristalizado en una coherencia fundada en “principios” antes que en un deseo político.

¿Un modelo de coherencia que olvida la materialidad de la vida?, ¿un trueque que anula el capítulo primero de “El Capital” por un catecismo ordinario?

Señores y señoras progresistas:

- Todo se compra y se vende en esta vida. Y (a priori) no está “mal”.

- Lo que esta “mal” es adherirse a la inercia cruel del mundo.

Confundir esos planos (el ético y el sistémico) acarrea efectos en la propia subjetividad militante:

colocarse por fuera.

Auto-percibirse “a salvo”.

Auto-inmune.

Sólo por el hecho “defender la propia ideología”,

por el simple hecho de ser “coherentes”.

¿La coherencia principista de izquierda no es otra forma de adhesión siniestra a la salvación personal que ofrece el capitalismo?

¿No será que sólo es posible producir una transformación de raíz de las estructuras si asumimos a fondo el desgarro existencial que las mismas estructuras generan en nosotros?

Toda actividad productiva en el patriarcado capitalista cuyo centro tenga al cuerpo femenino de las trabajadoras pobres se encontrará expuesta a condicionamientos, humillaciones y violencias machistas brutales.

Los cuerpos de las cajeras, las empleadas domesticas, las trabajadoras de limpieza en empresas tercerizadas, revelan la violencia silenciosa del machismo del capital.

Sin embargo,

¿Si existiera un frente de “empleadas domésticas” sería objeto de exclusiones por legitimar al sistema patriarcal que las condena a esa situación de “empleadas domesticas”, es decir: por “reproducir el sistema”?

Nadie desestimaría que luchen por mejores condiciones vida y se afirmen subjetivamente tomando su condición concreta como identidad de lucha.

Por lo tanto, no es válido cuestionar una reivindicación gremial postulando un programa de máxima, aduciendo que la misma legitima y “reproduce las mismas condiciones que se padecen”.

Si se trata de aboliciones revolucionarias, la aspiración última será abolir el trabajo en sí mismo, en cuanto categoría histórico-burguesa. Mientras, se lucha desde lo que somos y pudimos elegir (en algún momento) y lo que decidimos hacer con eso que alguna vez elegimos.

El comercio sexual, por lo tanto, no supone en sí mismo, y necesariamente, una relación de sometimiento. El sometimiento y la violencia radican en las condiciones históricas en las que la prostitución femenina (y toda actividad económica que tenga como centro al cuerpo femenino) se desenvuelve.

Este es el punto que hay que tener presente al momento de pensar estrategias sociales e institucionales que enfrenten problemas graves como las redes de trata.

La prostitución forzada de mujeres mediante redes de trata y el comercio sexual autónomo no son actividades equiparables, aunque existen zonas problemáticas de convergencia.

La prostitución, en cuanto actividad ejercida de forma independiente, supone que el dueño o dueña de la mercancía-fuerza de trabajo lleve a la misma al mercado sexual sin mediación forzada. La trata, en cambio, supone secuestro y esclavización explicita.

No obstante, las condiciones neoliberales de producción vuelve a ese límite, en muchos casos, una frontera difusa. La trata puede desplegarse por mecanismos muchos más sutiles en el que no esté el secuestro forzado y existan igualmente mecanismos extorsivos y de sometimiento.

-Con lo cual, la relativización de la trata no es consecuencia del planteo político/gremial de las Putas Feministas, sino de las mismas condiciones históricas en las que se desenvuelven dos expresiones sociales, que aunque diferentes, pueden compartir una misma zona gris y compleja.

-Desconocer y simplificar esa complejidad, asignando mecánicamente una prioridad que excluye a la otra, lejos de construir una salida, constituye un problema serio que nos dejará socialmente siempre en el mismo sitio, y políticamente más divididxs, frente al sistema patriarcal.

Pensar que se puede saldar un debate de género y social introduciendo un criterio cuantitativo constituye un mecanismo evasivo. Suponer que las victimas de trata “son más” que las putas autónomas y que, en consecuencia, estamos habilitados a negar derechos a un colectivo de “minorías” habla, al menos, de una dificultad clara de empatía.

(sabiendo lo que implica el accionar policial siempre que haya mujeres en situación de vulnerabilidad)

Y políticamente:

¿No implica retroceder y reforzar problemas históricos acarreados en las izquierdas?,

¿no fueron las luchas feministas acaso las que nos enseñaron a pensar desde la singularidad y la diversidad?

¿Desde cuándo en el feminismo y las izquierdas el criterio cuantitativo es el fundamental para encarar problemas sociales y de género tan complejos?

Antes de pensar que la conquista de derechos por parte de las prostitutas organizadas es funcional a los proxenetas y la trata,

¿por qué no hacer el esfuerzo de partir de un lugar diferente?

¿Acaso el desarme de las redes de trata y la conquista de derechos básicos por parte de cuerpos femeninos vulnerables no pueden constituir estrategias complementarias?

Caso contrario,

¿habría que admitir que la sororidad tiene algunos límites y excepciones?

- Putas y autonomía supone, para muchxs, un oxímoron indigerible. Que se sostiene en el siguiente axioma: “las putas autónomas”, en el fondo, no son tan autónomas, porque si lo fueran “no serían putas”.

[Revisar críticamente esta “certeza” y abrirse paso en la propia historia y confrontar con ella, para comprender la historia y los deseos de un -o una- Otrx distintx es el punto de partida irrenunciable si buscamos una vida emancipada].

Creer que la prohibición del comercio sexual terminará con el problema de la trata es al menos ingenuo.

¿Creemos realmente que la contratación de servicios sexuales es una suerte de deformación cultural machista a erradicar desde el disciplinamiento estatal? ¿Realmente lo pensamos de ese modo?

¿La auto-organización de las Putas no puede cumplir también, en todo caso, un papel de disciplinamiento con los varones machistas y violentos que consumen servicios sexuales? ¿Por qué si hablamos de drogas y aborto sabemos de antemano que toda prohibición en el capitalismo genera mercados paralelos y mayor clandestinización y en el caso de hablar de prostitución damos la misma respuesta que muchos sectores reaccionarios?

No estigmatizar -por izquierda- a las Putas conlleva a la incómoda posición de no estigmatizar al cliente varón. ¿Todo varón paga para humillar?¿Siempre y en todos los casos un varón paga servicios sexuales para poseer a la mujer como objeto y degradarlo? ¿El varón que paga para tener sexo con una mujer en condiciones de trata es el mismo que consume servicios sexuales autónomos? ¿Es posible demarcar ese límite?

¿Cómo se constituyen aquellas masculinidades en las que pagar para estar con una mujer -o una chica trans- se vuelve un recurso válido? ¿Las razones son siempre condenables?

Si podemos acordar que los Machos y los Hombres son todos iguales, los varones, al menos, no necesariamente lo somos.

La visibilización pública de los posicionamientos de las putas feministas es el fruto de una reacción frente al sesgo marcadamente punitivista que tienen las políticas anti trata. Políticas que simplifican un universo complejo como el de la prostitución, reduciendo a toda mujer prostituta a mera condición de víctima. Por lo tanto, no son posiciones que buscan relativizar la trata sino que buscan mostrar la imposibilidad de asignarle a la prostitución una configuración homogénea. Y la necesidad, a su vez, de repensar estrategias integrales en las que la política pública no se reduzca a la intervención del sistema penal (aunque no por ello prescindir de él, claro está)

La Puta es una figura incómoda para la cultura argentina de izquierdas.

Su sola existencia como gremio organizado, la afirmación de su orgullo de ser putas, resulta en muchos casos, directamente inasimilable.

Arriesgo a pensar que espeja buena parte de los sueños fallidos de una Argentina aspiracional que anhela -paternalmente- “lo mejor” para sus “sectores populares”, y que allí proyecta sus valores e ideales de vida.

-Que frente a las condiciones de precariedad neoliberal sigue creyendo, cómo única respuesta, en que existe una ética del “trabajo digno” en contraste con trabajos que no llegan a serlo.

-Que sigue creyendo, íntimamente, que la sexualidad para ser plena no debe disociarse del “amor”, ergo de la familia, y que estos constituyen un universo incontaminado de cualquier tipo de transacción económica.

¿Qué nos pasa a nosotros, mujeres y varones feministas, con las Putas? ¿Qué huellas de aversión, fantasías y deseos ocultos nos remueve? ¿Por qué la única forma de asimilar la posibilidad de que una mujer elija efectivamente para su vida la prostitución es bajo la condición de víctima o -lo que es lo mismo- de “alienada”?

¿Por qué como varón cis-hetero cuesta tanto conversar en profundidad con otras mujeres-cis sobre el tema? ¿Sólo aquellxs que lleven, como marca biográfica, la experiencia de haber tenido el cuerpo de un varón no deseado encima del propio cuerpo podrían estar habilitados para pensar y decir?

¿Qué es lo que le pasa a la subjetividad femenina-cis con la figura de la Prostituta?

¿Qué lugar ocupan “las putas” en la temprana socialización en la que las “chicas que no son putas” construyen su subjetividad?

¿En nombre de qué feminismo aceptamos que una mujer le niegue derechos a otra mujer?

¿Y en la socialización masculina, que ocurre allí? ¿qué fantasmas se nos remueven? ¿No decimos nada para no quedar “pegados” con algún pasado no tan lejano en el que convalidábamos machitos que arengaban a “irse de putas” y ahora por ser progres nos callamos?

¿El tema pertenece a un sub-mundo que nos queda lejos o es tan cercano que nos quema?

Ignacio Rodríguez, décimo octavo hijo varón de El Loco Rodríguez.

A sus 12 años su madre cristiana/progresista-border le regaló un libro llamado: “sexualidad para muchachitos”, adquirido en una tienda de la iglesia de la virgen desatanudos a la que ella concurría por esa época. Posteriormente, cómo un modo de sanar los efectos nocivos de aquellas lecciones de pubertad, adquirió una sospecha permanente a toda crítica romántica que postule realidades presumiblemente más “orginiarias” o “genuinas”. Aunque le quedó un tic obse, y por ello busca no zarparse.

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