Dietas sin freno: mi eterna lucha contra los lonches

Es verdad, soy la eterna reincidente. Quizás sea algún padecimiento genético que todavía no ha sido clasificado como tal, pero en definitiva algo sucede en mi cerebro impidiendo que culmine mis dietas sin haberlas roto unas tres veces como mínimo en el camino. La perseverancia es lo que cuenta: después de la auto-infracción, decido continuar por la vereda de las ensaladas, el atún en agua enlatado y los 20 gramos de queso panela light por otros cuatro o cinco días. No más.

Es una gran proeza, mi corazón se quiebra al dejar (o intentar dejar) de lado todos esos alimentos preparados con aceite, con mantequilla, capeados, envinados o, con mucho amor y sin rencores, para perpetuar la lonja perpetua. Primero se debe engañar al cerebro y a la boca, jugar con ellos y someterlos completamente para hacerles creer que prefieren pechuga asada en vez de milanesa con papas a la francesa. Es una guerra constante entre los alimentos que se hallan en el refrigerador, una lucha incesante contra los lonches hipercalóricos.

Cubiertos innecesarios/ El Mexiqueño

Fijación Oral

Bien lo advirtió Freud: las personas que no superamos la etapa de desarrollo psicosexual oral, es decir, la primera que deberíamos haber sobrepasado, somos propensos a obtener los mayores placeres por y a través de la boca. Tenemos una maldición que nos perseguirá siempre: comer en exceso, beber en exceso, fumar, comernos las uñas e incluso se atrevió a asegurar el maldito doctor que podemos ser individuos dependientes de otras personas. Yo sólo me considero dependiente de una buena torta ahogada en la cruda. Gracias Freud por predecir mi adicción al lonche.

También, el psicoanalista aseveró que las personas que lucharan contra esta fijación oral serían de la especie agresiva, conflictiva y no tan respetadas como las que nos damos a la tarea de comer por placer. No me gusta decir que soy una troglodita, prefiero clasificarme como una mujer que goza de los trotes culinarios y la vida gastronómica. Tengo muchas ventajas, soy la catadora oficial de estudiantes de gastronomía, de familiares y amigos. Para dicha labor, debe tenerse sinceridad y muchas ganas de dedicar el día a picar de todas las ollas.

Catando alimento de todo tipo/ El Mexiqueño

Mi fijación se manifestó desde la primaria, cuando me atrevía a capturar lonches ajenos en los recesos. Sin embargo, me aseguraba de obtenerlos de los que tenían más dinero para reponer lo asaltado en la tiendita de inmediato o, en su defecto, a los que nunca se lo terminaban. Yo ya los tenía identificados. Desde entonces debí adivinar que nunca iba a poder estar a dieta ni pesar menos de 60 kilogramos.

“Las penas con pan son menos”

Pero no, yo no quise comprenderlo y me obsesioné con la idea de ponerme a dieta a como diera lugar y regresar a mi época gloriosa cuando era puro amor y hueso (que fue como a los cuatro años). Entonces inicié mi camino por las dietas y regímenes alimenticios bajos en calorías. Sin embargo, bastaron dos o tres meses para darme cuenta de la labor tan difícil que sería para mí culminar una dieta sin quebrantarla de cualquier manera.

Primero eran “piquetes” mínimos: una mordidita de concha, una cucharadita de cajeta, media tortilla, sólo un taco al pastor, chela light (gracias Tecate Light por ser mi más grande compañera), etc. Pero después se vino la avalancha terrible de comelonas seguidas de arrepentimiento infinito y de ocultar la báscula en cualquier otro baño de mi casa.

Reacciones cotidianas/Cortesía de Giphy

Cuando estaba triste era aún peor, después de aquellas crisis ni siquiera venía el arrepentimiento, porque “las penas con pan son menos” y por eso seleccionaba un cuernito, una concha y una oreja para que me acompañaran en mis noches nostálgicas y de añoranzas. Pero el arrepentimiento siempre llegaba, tarde o temprano me escupía en la cara cuando me veía más rellena en el espejo. Claramente eso no podía ser, no podía verme más Sheyla de un día para otro.

Work Work Work Work Work

Llegaron tiempos oscuros y terribles: después de años luchando contra las gorditas, los tacos de carnitas y los tlacoyos con crema, logré hacer una dieta durante cuarenta días. Fue como una especie de cuarentena alimenticia, muchos me perdieron la pista durante ese tiempo. Y cuando regresé me sentía invencible, pero también me acechaba el temor de volver a recuperar los casi 10 kilos que había dejado atrás.

Se vino la época de la nueva mujer, ahora sí amaba las ensaladas verdaderamente y prefería desayunar fruta a mis chilaquiles con doble crema y pollo. El hechizo duró poco: después de unos meses me llegó de golpe la añoranza de la pizza y los nachos con carne. Esa necesidad de iniciar dietas después de comer los alimentos prohibidos. Y regresé a la de antes, a mis orígenes divinos: dos o tres días para romperla e iniciar de nuevo.

Provisiones de chatarra/ El Mexiqueño

Los pretextos son varios: que me inviten a comer (gratis todo sabe más rico), que en la familia preparen un platillo especial (en mi casa es todos los jueves), algún evento especial con alimentos sofisticados (es grosero no comer cuando hay banquete) o ir a casa de mis amigos cercanos que siempre tienen delicias esperando. Antes de atascarme siempre es igual:

No hay problema, mañana vuelves a empezar la dieta. O mejor aún, te sales a correr como tres horas y de paso te pones como Rihanna.

El ejercicio también es un gran motivador para quebrantar el régimen. El auto engaño es un arte que pocos pueden practicar con tanto cinismo y alegría.

Dietas no, Chelas sí

Mi peor enemiga en mi lucha contra los lonches es la cerveza en todas sus presentaciones. Pudo haber sido un gran día, exento de piquetes y lleno de mucha fruta y verdura. Pero cuando llega la noche, ningún trago se salva del exceso de calorías. Todas las dietas que he consultado a lo largo de mi vida dictan que las bebidas alcohólicas son muy engordadoras. La peor de las maldiciones para una amante de doblar el codo desde el jueves. Disculpen la honestidad, pero prefiero no alimentarme en todo el día e invertir esas calorías en unas chelas frías o dos cubas bien servidas. Transacciones hermosas.

Contra el brebaje no puedo hacer nada. Y lo mejor es la resignación. Así que he decidido aceptar mi reincidencia y continuar mi lucha contra los lonches de la manera en la que venido haciéndolo. Porque al final del día, ya no he sufrido por no haberme comido esa hamburguesa con papas y refresco grande. Siempre vale más la pena empezar las dietas de cero. O el lunes.

Se vale hacer trampa/ Cortesía de KFC


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