Varicela: infectado en el peor momento

Frente a mi cama pasó un asesino con los dedos de su víctima, lo seguí asustado, quería ver que haría con esos pequeños trozos de carne ensangrentados. Se detuvo en la cocina, abrió la puerta del congelador y los colocó ahí, a un lado de los hielos.

El consejo asesino / Imagen: cortesía de The Finger Puppet Proliferation Society

Me senté en el desayunador, el asesino me ofreció una bebida, acepté. Abrió la nevera y sacó dos congeladas falanges que colocó en mi bebida, actué normal, tome el vaso y bebí el refrescante líquido. Había sido una alucinación a causa de la fiebre.

***

El domingo desperté cansado, me dolían las articulaciones y la cabeza. Lo dejé pasar, nada que un buen baño no curara. No podía darme el lujo de permanecer acostado un fin de semana que se tornaba bastante productivo: un juego de béisbol y una entrevista de trabajo por la tarde.

Todo había transcurrido conforme al plan, llegué al parque de pelota justo al arrancar la primera entrada y encontré mi lugar sin la ayuda de los acomodadores que fingen limpiar tu butaca con una franela que a gritos pide ser lavada. El juego cumplió las expectativas de cualquier aficionado: extra-innings. Los diablos perdieron en el alargue.

Después emprendí el viaje hacia la entrevista laboral. Mi aspecto no era el adecuado, tenía en la cara la sensación incómoda del brillo, ese que aparece al estar expuesto a una situación acalorada. Sorpresivamente, un vendedor subió al mismo vagón que yo ofertando toallitas húmedas por cincos pesos. Ese día nada podía salir mal.

La entrevista laboral había sido exitosa, sólo había que afinar algunos detalles y el martes sería mi primer día. El lunes inicié con la rutina habitual, mi cuerpo seguía teniendo esa sensación de cansancio que por supuesto ignoré. Caminé a la escuela e intenté llevar mi día como cualquier otro.

El primer síntoma había aparecido, sentí una fuerte comezón en la nuca, enseguida lleve mi mano al epicentro del picor, y accioné el botón de rascado. Ese brusco vaivén de mi mano reventó el grano que salpicó con un líquido transparente mis dedos. Por supuesto lo ignoré.

Aquella tarde afiné por teléfono algunos detalles con el que sería mi jefe, todo iba marchando a la perfección. Ahora la comezón había aparecido en el estómago, de nueva cuenta el botón fue accionado, y trajo consecuencias acuosas que fiel a mi costumbre ignoré. Cuando llegué a casa mi espalda ya era un camino empedrado que llevaba justo a la tragedia.

Es varicela

En ese momento utilicé la tecnología para evadir cualquier diagnóstico: en tiempos de Google no se necesita acudir al doctor. La búsqueda de imágenes me bombardeaba con granos idénticos a los que brotaban en mi cuerpo. A veces Google se equivoca, pensé. Fotografié la evidencia y de inmediato la envíe a un médico: mi prima. Ella sería la encargada de poner el último clavo a mi ataúd:

Sí, es varicela, pero de cualquier forma ve mañana al doctor

No quiso darme el tiro de gracia, esperó a que una de sus colegas sin algún vínculo de consanguinidad conmigo adelantara mi viernes 13.

Ante la inminente enfermedad llamé por teléfono al que había impuesto el récord en ser menos tiempo mi jefe. Le avisé que no acudiría a mi primer día de trabajo, ni tampoco a los otros 30 días que duraría el proyecto. Si esto no es mala suerte, no sé entonces qué es.

Maldije mi niñez, giré en la cama vociferando una letanía de insultos a todos aquellos compañeros de clase que en la primaria no me contagiaron, y por supuesto a la puta varicela que decidió atacarme a los 25 años.

Gracias niño bonito con bata a cuadros

Esa noche no dormí, pensé en todos los lugares en los que pude haber contraído el virus y recordé un momento preciso:

Viajaba en el metro, una señora subió con su hijo que aparentaba unos cinco años, el niño estornudó, y al tratar de llevarse las manos a la boca para contener la marejada de mocos casi se cae. Me paré de mi asiento y lo cedí a la madre, para que ella y su joven cría pudieran tener un viaje más sencillo. Abrieron una caja de chocolates y me ofrecieron uno como muestra de agradecimiento, no lo acepté y me bajé a la siguiente estación. El daño estaba hecho.

No estoy seguro que haya sido él, pero al recordar perfectamente esa escena no me queda más que culparlo. Es como cuando me enfermaba del estómago, y mi madre me hacía recordar lo que había comido durante el día, lo que me diera asco era lo que me había hecho daño. El niño no me daba asco, pero esa bata de preescolar con cuadros rojos no se borra de mi cabeza, automáticamente se convirtió en el causante de la hecatombe.

De vuelta a casa

Así es, regresé a mi niñez y decidí volver a casa de mi mamá para que cuidara de mi enfermedad. No podía quedar exenta de no sufrir como cualquier madre cuando su vástago enferma de varicela. Con mi cuarto de siglo a cuestas tomé mis maletas y me transporte a mi infancia.

***

Mi madre está poniéndome fomentos de agua fría en la frente, me introduce un termómetro de vidrio en la axila derecha, está preocupada. Si pudiera desprenderme de mí, me vería ahí, postrado en un sillón con el cuerpo semidesnudo, enrojecido y tembloroso, a punto de pasar una de las peores noches de mi vida por culpa de la varicela.

La enfermedad respetó los momentos, esperó a que estuviera en la que había sido mi casa durante mi puericia para atacar y lograr su clímax. Aquella noche la fiebre causó alucinaciones y la comezón propinó la estocada final. Lo peor estaba por venir.

Tres días tardó la fiebre en abandonarme, ahora faltaba correr a la inquilina más incómoda: la comezón. Intenté de todo: almidón, baños coloides, cremas. Pero como en la vida en general, lo más sencillo era lo que traía peores consecuencias: rascarme. Luché por horas para no hacerlo, golpeaba mi cuerpo con un calcetín repleto de almidón, qué según mi abuela, lograría refrescar mi cuerpo y erradicar por momentos la picazón. Cosa que no sucedió.

Cuerpo de perro almidonado por la varicela / El Mexiqueño

El pasar de los días trajo la calma, los granos se han ido convirtiendo en costra; la fiebre y la comezón ya no aparecieron. Ahora el peor padecimiento es el encierro, no puedo siquiera asomar la cara a la ventana, mi cuerpo está convertido en un foco infeccioso y por cuidado a los demás tengo que mantenerme aislado. Por supuesto nadie me lo agradecerá.

Ahora comienza el recuento de los daños que el virus gachupín dejó en mi epidermis. El peor es el que quedó en la nariz de un tatuaje de león ya de por si maltratado por los años y los kilos.

Los granos arruinaron aún más mi tatuaje / El Mexiqueño

¡Las cosas pasan por algo!

Con esa frase trató de darme ánimos mi abuela, y lo creí. Si no hubiera abordado ese vagón, a esa hora, en ese asiento, no hubiera estado tres semanas pensando en que pude haber modificado mi destino.

En estos días de hastío he deambulado por internet buscando resignación, no la he encontrado, pero encontré a mi gurú: Hernán Casciari. Y mientras paseaba por sus textos topé con uno que alimentó la percepción de que mi fortuna pudo haber sido distinta:

Esa sensación de haber modificado el destino le ocurre con mucha frecuencia a quienes padecen una desgracia muy grande:
-Si le hubiese insistido a Andrea de ir a correr ese domingo — se dolía Giovanni tras la muerte de su hijo, en La stanza del figlio — , él no habría ido a bucear y no hubiese muerto.

Pudo haber sido de otra manera, pero no. A menos de que este texto sea galardonado con el Premio Nacional de Periodismo –cosa que no pasará- , la varicela no trajo alegrías, sólo marcas en la piel que me hicieron ser niño otra vez.


Originally published at MQ / El Mexiqueño.

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