Espontáneo

Todos desaparecen tarde o temprano, todos duran un instante, o talvez dos o tres. Quizá se convierten en días, meses o años pero igual se van.

Es fantástica la capacidad que tenemos los seres humanos para convertirnos en recuerdo.

¿Y entonces qué queda?

La sonrisa compartida, la plática en medio del tráfico de una tarde de sábado y un recuerdo en el retrovisor. Un conductor uniformado impaciente, un semáforo cuyo verde duraba menos de lo necesario y la urgencia de conocer más acerca del constructo de una vida.

Queda el crucifijo colgando en el destino (si es que el destino realmente se encuentra adelante como todos dicen), el gato imaginario en el techo transparente sobre la cabeza y una canción de matricula 12 resonando en la nostalgia.

Te conviertes en pasado mientras el presente se escapa.

¿A dónde nos llevará el futuro?

Lejos el uno del otro seguramente. Las distancias sentimentales no se miden en kilómetros, ni en centímetros, ni en kilómetros sobre segundos al cuadrado. Tampoco creas que pueden medirse en años luz.

Mientras el tiempo sigue caminando circularmente alrededor de nuestros sueños, se forma un torbellino con la arena que cae del reloj sobre nuestra cabeza.

Es como una visión apocalíptica donde todo converge hacía un mismo punto inalcanzable y el deseo implosiona en nuestro interior.

Vamos a convertirnos en un recuerdo. Yo, tú y todos los que se identifiquen con un pronombre. Vamos a ser una tenue luz amarillenta en algún cuarto barato de hotel. Vamos a correr, detrás de otros sueños, a compartir otras camas y a inventar nuevas palabras, para no sonar demasiado conocidos cuando tengamos que conocer a alguien más.

Y entonces vamos a descubrir que había un interruptor para iluminar más nuestros días oscuros.