Vida
El tiempo, ese medidor que todos hemos usado alguna vez. Al cual algunos renunciamos, al cual otros se aferran indecorosamente y se hieren con cada segundo que se escapa de sus manos.
Yo lo renuncio en mi muñeca, en el móvil, en las paredes en forma de calendario.
Pero ella decidió emplearlo de la manera en que sus instintos se lo indicaban, de la manera en que las circunstancias de sus años de inocencia lo ameritaban.
La intensión de la vida le mostró un camino del cual no pude ser parte y como casi siempre ocurre en este tipo de historias, nuestros caminos se separaron con la despedida inconsciente y la promesa furtiva e intima de no volver a encontrarnos jamás ni sufrirnos el uno al otro.
Hoy regresó, en medio de una historia difusa y un momento por demás espontáneo.
Me dijo “hola”, con la misma calidez y costumbre con la que le dices buenos días a las personas cuando vas por la calle.
No sabía que decirle, fue como haber tomado mi cerebro, mi conciencia y volverme vulnerable para trasladarme a la época en la que fuimos felices.
Supongo que sigue siendo la misma, aunque no tengo demasiados detalles para establecer un punto de comparación. Todo fue tan fugaz.
Le confesé que había querido encontrarla después del adiós que me dejó malherido, le confesé que alguien me había contado acerca de ella recientemente y la platica se tornó bastante amena. Realmente extrañé esa taza de café que puede salvarle la vida a una persona que está llena de nostalgia. Pero no había ni café, ni ventanas, solo un techo de color oscuro y cuatro paredes demasiado extrañas.
¿Por qué?
Porque simplemente llegó y se metió en mi cama. No la misma esa que compartimos, no esa donde tantas noches de pasión vivimos, se metió en esa donde ni siquiera yo me había reconocido con el paso del tiempo.
No se cuanto duró ese reencuentro, no se realmente que hice, si perdí la cabeza, si me entregué al momento o fui victima del olvido, no lo se.
Únicamente hicimos un recuento del tiempo, ese al que tanto le huyo, ese que no llevo en la muñeca haciendo tic tac.
De todas formas llegué a dos conclusiones, mientras me miraba con la misma intensidad del ayer, tengo un futuro, tengo un hoy parecido a ese cuando nos despedimos. Y ella…
Ella tienes tres hijos, un matrimonio que no se si es fallido, pero se que no es lo que soñamos los dos.
Tres hijos son mucha vida, aunque no sabía cómo decírselo.
Porque simplemente llegó y se metió entre mis sabanas.
Luego desperté, con la sensación de nostalgia en las entrañas del alma, le escribí, la olvidé.
Y entendí que la vida no se mide solo por el tiempo que marca el reloj.