Sinceridad necesaria

Hoy a la mañana tenía ya al menos una hora tratando de zafar una parrilla de la parte delantera de un tractor, sin lograrlo. No era una tarea muy compleja en realidad, era de soltar algunas tuercas, solo que las últimas se habían puesto un poco más rígidas por la presión misma de la parrilla. Yo ya me estaba poniendo bastante tenso con la situación y mi espalda siempre contracturada me lo recordaba cada tanto pegando estirones de los músculos y adormeciéndose.

En un momento mi hermano iba pasando por detrás y me dice con un tono de voz bajo que lo hiciera “con huevos”. Eso no hizo nada más que aumentar la tensión en mi espalda (que justo ahora vuelve de solo intentar redactar). Sentía como mi hermano y mi papá ya estaban hartos de que yo no avanzara en la faena y ya empezaban a presionarme con que terminara. Hasta cierto punto tenían razón, en realidad no tuve que haber tardado tanto en algo tan sencillo.

Sin embargo, la frase que mi hermano utilizó fue la que me llamó la atención. Con huevos. Y es que a los seis meses de edad terminé internado en el Hospital Nacional de Niños, donde me extirparon un testículo porque, sin entender aún mucho de lo que sucedió entonces, me dice mi mamá que se quedó atorado y representaba un peligro de muerte.

No sé en que momento el que solo tuviera un testículo empezó a ser un martirio enorme para mi vida. Empezó a significar una desconfianza total de mi cuerpo, un creer que no era lo suficientemente hombre -se podría extender mucho más en la conceptualización de esta frase pero no es este el caso- o simplemente algo me faltaba, mi cuerpo estaba incompleto. Durante mi niñez y mi adolescencia eso me marcó fuertemente que incluso todavía sigo portando muchas de esas cadenas. Siempre pensé el cuerpo de los demás casi con envidia, porque tenían lo que yo no.

En una cultura sumamente machista y al mismo tiempo tan frágil, que uno de los tótem más importantes como lo son los genitales estén incompletos pueden derivar en burlas, en separación, señalamiento… Mi expediente en el Patronato Nacional de la Infancia existe porque una vez agarré a golpes a un compañero que les contó al resto de la escuela que yo solo tenía un huevo, no recuerdo haber sido tan violento como esa vez, aunque mi paso por la escuela siempre estuvo marcado por episodios violentos.

Luego, en el colegio, fui mucho más precavido. Nunca orinar al lado de alguien más, que nadie me viera desnudo. Todas estas prácticas solo aumentaron la distancia que sentía con los cuerpos de los demás, minimizando siempre el mío. Por otro lado con mis primos el martirio seguía, la familia toda estaba enterada de esa realidad e incluso ahí las bromas parecían hasta naturales y cotidianas.

Aunque no sé en que momento sucedió, como ya lo dije arriba, me atrevo a especular que fue justamente por frases como la que mi hermano me dijo hoy que empecé a sentir esa insatisfacción por mi cuerpo. No me doy cuenta hasta que punto muchas palabras se dieron de manera intencional. Pero casi de casualidad entre mi familia siempre me han molestado con la frase “Emanuel huevón” porque mi papá siempre la ha utilizado para regañarme. De ahí, creo que empecé a relacionar la falta de un testículo con mi poca pericia para hacer ciertas labores que en casa son esperadas.

Finalmente, como le escribía a una amiga ahora; acá todo es una demostración de hombría, donde yo no calzo ni nunca me he sentido cómodo, también dudo que alguien se pueda sentir cómodo en realidad, pero a todo se acostumbra la gente. Con esto agrego, tratando de concluir un tema que para mí nunca termina, que el machismo nos afecta a todos; mi papá, mi hermano, mi familia en general me quiere, no puedo decir que no. Pero entonces me atrevo a decir que las ofensas se dan por no tener una mínima sensibilización del otro, que no existe conciencia de lo que vive y siente el otro. Entonces, para mí, es ese un muy buen punto de partida para enfrentar los machismos cotidianos e “invisibles”. Respeto, comprensión.

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