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Lo tiene que hacer. No tiene otra cosa más que hacerlo. No es fácil, no es agradable y casi siempre se queda con la sensación de que lo hizo mal. Pero, trabajo es trabajo y no hay que sacarle el cuerpo a la obligación. Especialmente cuando la obligación viene untada de billete.

No sabe porqué ni para qué. Su vieja ya le dijo que deje de meterse en líos y que esta vez no lo va a ir a ver. Nunca, ni aunque le llore.

Él sabe que de todos modos la vieja, si le pasa algo, va ir igual. Pero esta vuelta es distinto. Esta vez sabe, también, que si las cosas salen mal su mamá no va a encontrar el lugar dónde ir a visitarlo. Es así de complicado este laburo, pero lo quiere hacer porque si sale bien se va a ir de vacaciones.

Tanto trabajo para estar tirado panza arriba en una playa ¿cuánto? ¿un mes? La verdad es que no quiere ponerse a pensar porque se deprime. Pero piensa igual. Lo que no piensa mucho son los trabajos que hace y siente que siempre le salen mal. No es que los ande por ahí mostrando. Su trabajo es arduo y, además, es de los que no se notan.

Para él es mejor así porque la plata que llega fácil se va rápido y siempre anda sin un peso. Toda la plata que tuvo siempre le duró lo que la llama de un fósforo. Nada. Pero nada de verdad. Es más, no se acuerda si alguna vez, después de laburar, llegó a su casa con plata en la billetera. Nunca.

Llega con cosas, eso sí. Cosas que compra o que cambia o que manotea en el medio del trabajo. Pero con plata nada, solo le queda la madera del fósforo chamuscado oliendo a carbonilla. Como la que usa para dibujar, su hobby. Dibuja mucho, le gusta y lo relaja.

Él es el que hace, también, los planos. Se le ríen porque no quiere usar la computadora y prefiere, paciente, trazar todo con una Pilot V5 azul.

Después, cuando los otros miran el papel vegetal todo dibujado, sabe que impresiona. Se les nota en la cara cuando ven el rollo estirado sobre la mesa pero no dicen ni mú. A él no le importa, la verdad. El dibuja porque le gusta. Dibuja para él y hacer los planos es la excusa que lo ayuda a pensar en que no está trabajando. Pero trabaja. Sabe que aunque haga otra cosa, siempre está trabajando.

La Pilot V5 y el mp3. Los lleva a todos lados. Una vez, en el medio de un laburo, se le reventó el tanque de la Pilot y se le dibujó un lago en el bolsillo de la camisa. No le importó tanto la camisa como la Pilot arruinada. Iba a tener que esperar hasta el otro día para terminar el dibujo de los planos del trabajo siguiente que pensaba seguir cuando salieran de donde estaban. Le dio más ansiedad saber que no iba a tener con qué dibujar que pensar en todos los detalles de lo que estaban haciendo.

Porque él es el que está encargado “de las minucias” como le dice el jefe. Las minucias, él sabe, son las que salvan cualquier trabajo y, a pesar de que son imperceptibles para la mayoría, sin esos detalles, no solo su trabajo, más bien todo, sería un caos. Pero un caos no del tipo apocalíptico o catastrófico, otro tipo de caos. Un caos lento y pesado, un caos como arañazo de moribundo.

La música también lo relaja y, extrañamente, porque no es demasiado fan, cuando trabaja solo puede escuchar tango. Le da como una cosa telúrica.

El tango y la Pilot son su amuleto. Y la vieja, la vieja también. Nunca se lo dijo. No se lo piensa decir porque ella no sabe bien que trabajo hace. Sospecha, porque la vez que salió mal ella estuvo. Nunca le preguntó nada, sin embargo.

Piensa mucho y es un problema. La cabeza le maquina el doble de lo que le trabaja al resto. Es un problema porque siente que pierden tiempo y, entonces, a la gente le parece que él siempre anda apurado. El resto no lo entiende. Nunca lo entendieron.

Pero es porque él puede ver las cosas antes de que pasen, no porque sea adivino ni nada por el estilo. El ve las cosas antes porque está atento a “las minucias” como le dice el jefe a lo que el hace. El jefe es un tipo vivo. Y para que él diga que alguien es vivo es porque tiene que ser vivísimo. Se dio cuenta de que el tipo era vivo cuando lo conoció y le sacó la ficha en el acto. El jefe supo como era él antes de que él le dijera nada. Otro tipo de minucioso, el jefe. Distinto a él, se complementan. Sabe, por ejemplo, que a él le revienta que le diga que se haga cargo de las minucias y sin embargo va y se lo dice todo el tiempo. Es sencillo, el jefe quiere enterarse de cuánto es capaz de aguantar.

Este trabajo, sin embargo. No sabe porqué pero este trabajo le da como una mala espina. No entiende. Ya miró todos los detalles, estudió hasta la última minucia pero algo no le cierra. No termina de sentirse tranquilo. No es que alguna vez haya hecho un trabajo con satisfacción, nunca. No siente jamás que algo le salió bien. Lo que le pasa es que como está tan atento a los detalles cuando terminan el laburo y repasa metódico cómo hicieron las cosas siempre hay algo que hubiera podido hacerse mejor.

Bueno, ya está, le tiene que poner el cuerpo al trabajo y dejar de pensar porque eso es lo que le esta dando la mala espina. Es mucha plata y está bueno, después de todo, poder tomarse unos días de vacaciones en el mar. No falta tanto para el verano.

La vieja ya está despierta y le alcanza un mate antes de que se vaya. Son las ocho de la noche y, como él no se afeitó, ella ya se dio cuenta de que no se va de joda, le adivina que va a trabajar.

Ojito -le dice- tené cuidado que yo ya te dije que otra vez no voy a verte”. Él, le besa la frente (a lo mejor un poco influenciado por los tangos que estuvo metiendo en el mp3) y sale para la calle.

Se sube a un taxi que está parado en el semáforo y, cuando ya hicieron un par de cuadras, se palpa el bolsillo de la camisa y comprueba con pánico que se dejó la Pilot.

Es tarde y ya no puede volver.

11 de agosto de 2015

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