Coraje

Sorbió el primer trago. Tosió. El hielo sonó en el vaso porque la mano se movió. No estaba acostumbrada a tomar una bebida fuerte así de golpe. El líquido le raspó la garganta pero se sobrepuso. Sorbió el segundo trago. Esta vez solo carraspeó. El hielo nada más se movió sin sonar porque el movimiento de la mano fue más suave. El líquido bajó cómodo por la garganta que empezaba a estar adormecida. Sorbió el tercer trago (el último) y con él se fue el hielo hacia su boca. Lo mordió. Definitivamente este tercer trago pasó sin problemas por la garganta dormida. El hielo dio el golpe de gracia: anestesió.

Sirvió el segundo vaso. Lo llenó hasta la mitad y esta vez el hielo fue solo uno. Aunque sospechó que la garganta estaría mejor preparada que con el primer trago, sorbió despacio por dos razones: no quería toser y, además, quería saborear la bebida. Se ordenó y, entonces, pudo encontrar las notas del sabor que el primer trago había ocultado.

Le gustó el sabor del líquido. Le pareció ahumado. Miró la etiqueta de la botella: había acertado. Se sorprendió porque, orgullosa, pensó que todavía podía confiar en su paladar.

Sintió un mareo leve. Sin embargo, dió el segundo sorbo y, enseguida, el tercero. Se terminó el segundo vaso. Miró la botella. Tres cuartos del líquido todavía estaban detrás del vidrio transparente. Volvió a servir.

Tercer vaso, un poco más lleno que el anterior. La botella esta vez quedó a la mitad (menos, tal vez). Miró la cubetera y dudó ¿con o sin? Sonrió porque se imaginó que el barman del bar al que iba siempre le hacía la pregunta. No respondió pero puso un cubito.

Pensó en dar un solo sorbo y lo intentó. No pudo, la tos le impidió terminar el fondo blanco. Fueron dos sorbos y la mordida de un hielo, menos derretido que los anteriores, que sonó entre sus dientes.

Todavía estaba entera. La lengua un poco adormercida empezaba a ganarle, definitivamente, a la garganta que no tenía que hablar, así que no había problema. La anestesia del alcohol iba coagulando en su boca. No sentía tampoco las paredes internas de sus mejillas.

Sin embargo, la coordinación le permitió servirse el cuarto vaso. Miraba cómo caía el líquido y le dieron ganas de hacer pis. Terminó de servir y mientras decidía si ir o no hasta el baño veía cómo flotaba el hielo dentro del vaso. Se imaginó un iceberg.

Las ganas de mear crecieron y no tuvo opción, se levantó. Mientras se paraba lo que sintió fue un sacudón. Tambaleando llegó al baño y, pudo, casi con normalidad, bajarse los pantalones y la bombacha para empezar a orinar. Todavía las cosas no se le daban vuelta. Terminó y volvió a la silla donde estaba sentada. Agarró el vaso que ya no tenía hielo y lo tomó entre suspiros. Era el cuarto.

La botella estaba más transparente que amarilla. Sirvió el quinto trago y esta vez estudió que el resto cupiera en un sexto y último vaso. Supo, sin embargo, que el contenido de este quinto vaso se iría más lento que los anteriores.

El sabor ya no le importaba, pero con el estómago vacío podría, tal vez, vomitar. No quería desperdiciar. Quería, además, que su cuerpo absorbiera la bebida porque ansiaba perderse en los laberintos de una buena borrachera. La estaba buscando desde que se había sentado a la mesa enfrentada a la botella.

Las cosas empezaban de a poco a destilar luces. Todo estaba encendido con un brillo como corrido de lugar. Pero, más allá del peso de la lengua y la garganta adormecida, todavía estaba lo suficientemente consciente como para recordar por qué había empezado a tomar.

Así, lentamente, terminó el quinto trago y otra vez la visitó el orgullo cuando vio que en la mesa no había ni una sola gota de whisky derramado, solo estaba el agua debajo de la cubetera que formaba un charco en el que se reflejaba la luz de la lámpara del techo.

Se sirvió el sexto y último trago. Paciente, esperó que cayera hasta la última gota de la botella que quedó reluciente y cristalina después de vaciarse por completo. Era una botella linda.

Miró el vaso con curiosidad. Estaba, ahora sí, torpe. Sabía que quería tomarlo pero le costaba mantener el equilibrio necesario para llevárselo a la boca sin que se moviera. Como aún tenía un atisbo de lucidez, entendía que era mejor esperar porque si no corría el riesgo de derramarlo y se tendría que tragar el orgullo que, unos minutos antes, había sentido al comprobar que en la mesa solo había chorreado el agua de la cubetera.

Respiró hondo y un calor le subió hasta las orejas para después irse corriendo hasta las mejillas y bajarle por el cuello hasta el inicio del escote. Estaba ardiendo.

Instintivamente agarró el vaso con las dos manos y el frío del hielo que había puesto (no recordaba cuando) la reconfortó. Se llevó con velocidad el vaso a la boca y empezó a tomar. Bebía frenética y, por eso, un hilo de líquido le empezaba a bajar por la comisura de los labios. Sin embargo, a pesar del peso, la lengua salía rápidamente y recolectaba lo que se derrramaba.

En cuestión de minutos terminó el sexto trago y con él la botella entera. Entonces, borracha y todo como estaba, pensó: es al pedo, ni en pedo tendré el coraje.

Después, un ruido seco anunció que su cabeza daba contra la mesa. El alcohol la había vencido.

23 de enero de 2015