Coro Trágico

Todos los días hacía lo mismo. Se despertaba cuando sonaba el reloj del teléfono celular y repasaba mentalmente la monotonía que lo esperaba. Era una agonía. No le gustaba despertarse con ese ruido pero no se despertaba si no ponía la alarma.

Todos los días hacía lo mismo. Dormía hasta cualquier hora e intentaba ordenarse para ver si tenía alguna cosa pendiente. Era una agonía. No le gustaba despertarse y empezar a pensar qué tenía que hacer pero no podía no pensar.

Después se levantaba de un salto, llegaba hasta el baño, echaba un meo y se lavaba la cara.

Después se levantaba de un salto, iba al baño, hacía lo que tenía que hacer y se lavaba la cara y los dientes.

Cuando salía del baño se vestía con el uniforme que le habían dado en la empresa y entraba en la cocina a prepararse un café.

Cuando salía del baño se fijaba cómo estaba afuera y si era un día lindo abría el ventanal de par en par para que entrara el sol en invierno, pero no lo hacía durante el verano, porque a la hora de la siesta el calor era intenso.

Cuando terminaba el café preparaba el bolso que se cruzaba para que no se lo robaran cuando tomaba el colectivo y salía de la casa hasta la parada.

Después de abrir la ventana llegaba a la cocina donde siempre encontraba algo que había sobrado de la cena y comía con hambre pero con desgano. Prendía la cafetera y esperaba semidormida a que se hiciera el café.

En la parada tenía frío en invierno pero en verano el aire era agradable. Esperaba el 107 especial y cuando llegaba subía como podía porque a esa hora siempre llegaba lleno.

En la cocina tenía la laptop y mientras tomaba el café, la abría y navegaba por internet. Miraba las noticias, leía los chismes, conseguía datos de lo que le interesaba pero perdía la mayor parte del tiempo en boludeces.

Llegaba al portón de la empresa justo cuando sonaba la sirena. Era una costumbre antigua. Los nuevos dueños no entendían cómo esa sirena tiránica funcionaba como el flautista de Hamelin con los empleados que entraban sonriendo. Él no. No sonreía. Nunca.

Se entretenía tanto con internet que cuando se daba cuenta ya era de noche y seguía sin vestirse y la mayoría de las veces sin saber qué cosas tenía que hacer.

Cuando le pasaba eso pegaba un salto, corría al baño a ducharse, se cambiaba rapidísimo porque era buena bajo presión, y bajaba a la calle.

Pasaba el día haciendo las mismas cosas en una habitación con luz artificial. Ensamblaba cajas de cartón que servirían de envase para alguno de los productos que fabricaban.

En la calle caminaba hasta la esquina y se metía en el maxikiosko porque era amiga de los dueños. Conversaban de todo y de nada, se reían mucho y a veces hasta se fumaba un par de porros con ellos.

Cuando sonaba otra vez la sirena él sabía que había terminado el turno. Se sacaba el guardapolvo que le hacían usar encima del uniforme para no ensuciar las cajas y se iba por un pasillo ancho hasta el portón azul de la libertad transitoria. La parada estaba a unos metros y casi todos los días no tenía que esperar el bondi que llegaba junto con él.

Como se despertaba tarde nunca tenía sueño y se quedaba hasta la madrugada porque el kiosko era 24 horas.

Llegaba a su casa cansado de haber hecho durante muchísimas horas exactamente lo mismo. Comía y se iba a dormir temprano hasta que el despertador le hería los tímpanos para despertarlo a las cuatro y media de la mañana.

En el maxikiosko ella a veces, cuando la conversación decaía, se ponía a atender para no aburrirse. La madrugada era floja pero cada tanto alguno caía.

Todos los días, antes de tomar el bondi paraba en el kiosko a comprar cigarrillos. Le llamaba la atención una rubita que lo atendía a veces.

Cada vez que decidía ayudar en la venta lo hacía con la secreta esperanza de que se apareciera un morocho intenso que la hacía temblar mientras le daba el vuelto.

15 de junio de 2014

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