El camino de los astilleros

“Grisáceo como el trozo de un film pasaba el recuerdo…” (Arlt)

Los árboles eran extraños. Iba por una ruta vacía, atravesada por unas lianas que bajaban desde las copas y se anudaban en la banquina.

Estaba sorprendida porque en ese lugar todo era vigorosamente exuberante. Desde que me había subido al auto en el aeropuerto, después de haber cruzado un par de puentes, me había metido en un camino alejado de la autopista principal y solo había visto un paisaje tan tropical como agobiante.

Todo brillaba detrás de una bruma que, lejos de aplacar, resaltaba los colores. Una pátina hacía brillar las superficies y le daba a las cosas dos tonos de brillo más alto que lo habitual.

Parecía un paisaje sacado de una película de principios de los noventas: Wild at Heart, de David Lynch, era un buen ejemplo. La diferencia era la selva. En la película predominaba el desierto pero en este caso sobraba la vitalidad.

No entendía cómo había llegado hasta ahí. Me preguntaba por qué había elegido ese camino y no el de la autopista pero sabía que lo que quería era ver qué había más allá.

Quería llegar hasta el corazón del lugar donde estaba para poder, después, intentar comprenderlo.

Esto último es lo más complicado. Pero cuando uno trabaja de lo que yo trabajo tiene que tener presente estas cuestiones para después poder hacer algo con lo que vio, escuchó, leyó o hasta, por qué no, también, imaginó.

Así estaba yo, esa mañana, yendo por una ruta desconocida llena de bejucos y lianas. Me acordé de alguna película de Walt Disney pero no pude decidir cuál.

Tenía que encontrarme con Tony a las tres de la tarde y el desvío me estaba consumiendo mucho tiempo. No me importaba demasiado, porque a pesar de que iba por la ruta del cine, valía la pena. Y mientras pensaba en que Tony me tendría que esperar vi un cartel que anunciaba un restorán. Como era casi mediodía, salí de la ruta y me metí en el pueblo por un camino que me alejaba todavía más.

El primer cartel que vi decía: Dwell 1003 population. Pensé que la comida del restorán debía ser casera porque en ese pueblo no vivía mucha gente. No me equivoqué. La comida era casera y muy buena.

Cuando entré al pueblito no me crucé con un alma. Después, esperando la comida en mi mesa, vi que no era mucha la gente que había en el lugar, tampoco.

La que servía los platos era la misma mujer que hacía la comida y cobraba. Una mujer vieja con ojos oscuros; casi tan oscuros como las plumas de los cuervos cuando brillan en el sol.

Me impresionó el contraste de esos ojos con su piel que era blanquísima, enharinada. Tenía puesta una camisa leñadora que sobresalía de unos pantalones de jean gastados. El pelo gris podía verse debajo de una cofia que se lo sostenía, supongo, por cuestiones de higiene.

La mujer me causó, por contraste, la misma sensación que me había provocado la exuberancia del paisaje de la ruta que me había llevado hasta ahí. Esa vieja tenía, también, un brillo difícil de describir.

Después de comer un Cherry Pie de postre y, mientras esperaba que la mujer me trajera la cuenta, oí, sin buscarlo, de pura casualidad o coincidencia (que a veces son la misma cosa) la conversación de dos tipos que estaban en la mesa de al lado.

Eran hombres maduros, y como todo el que vivía por esa zona, o se dedicaban a la pesca, o estaban empleados en algún emprendimiento que tuviera que ver con la pesca. Estaban discutiendo por algo.

No podía entender mucho porque tenían el acento cerrado que tiene la gente por esos lugares y, además, la conversación estaba plagada de modismos, localismos y todos los ismos habidos y por haber.

Como no entendía casi nada de lo que hablaban empecé, por costumbre, a llenar los blancos de lo que oía siguiendo la entonación de los tipos. Era un ejercicio muy tonto, que hacía mucho tiempo que no hacía, pero como la vieja no me traía la cuenta, yo mataba el tiempo imaginando la conversación de los de la mesa de al lado.

Estaba a puro placer creativo cuando volvió la mujer, me dio el ticket y me dijo, antes de darme tiempo de abrir la billetera, que solo aceptaba efectivo. Después, como al descuido, me dijo que no hacía falta propina porque estaba incluida en la cuenta. Lo mismo le dejé un billete de cinco porque la comida había estado buena.

Cuando pasé por enfrente de la mesa de los tipos a los que les había inventado la conversación, ellos me sonrieron amables. Pero como yo los había imaginado asesinos desconfié de su amabilidad. Los asesinos nunca son amables.

Miré la hora, no llegaría a tiempo al encuentro con Tony y él se iba a enojar mucho. No tenía cómo llamarlo porque mi teléfono no pescaba señal y yo no tenía ganas, tampoco, de darle explicaciones. Me había demorado porque me había demorado y listo.

Como no tenía señal en el teléfono tenía que mirar los mapas que me habían dado con el auto. Cuando me di cuenta de que no estaba en el camino anterior era tarde. Estaba perdida entre medio de los bayous.

Resignada seguí por ese camino esperando el próximo cartel. Cada tanto aparecía, a lo lejos, la impostura de un astillero clavado en el paisaje.

Esos barcos en el medio de algo, que visto desde donde estaba, era tan pampeano, le daban a mi desorientación un tinte onírico. También tenía sueño porque había comido un montón.

La cuestión es que pasaban las millas y yo seguía esperando el cartel que no aparecía. Lo tropical a mis costados era lo único que se mantenía inalterable. Además, todo seguía neblinoso y brillante como cuando me había subido a la ruta.

No tenía idea de dónde estaba y salvo por el asfalto del camino y los barcos que aparecían de vez en cuando, hubiera pensado que la civilización se había mandado a mudar y yo me había quedado sola boyando en el mar.

Un par de millas más adelante del último barco empecé a ver gente que caminaba, por el costado del camino, esquivando los nudos de las lianas. Algunas personas iban, directamente, por encima del asfalto.

Tuve que aminorar la marcha para no pisarlos. Me llamó la atención el modo en el que se movían porque parecía una coreografía estudiada. Había de todo: viejos, jóvenes, mujeres, niños.

Todos caminaban igual, con la familiaridad que solo da el parentesco. Era una cosa tan extraña que me asusté porque me acordé de los zombies. Además, la atmósfera tropical ayudaba a que mi imaginación (siempre a punto de desbarrancar) me mostrara las caras, que obviamente no veía desde el auto con claridad, exactamente igual que las de los muertos vivos.

Me acordé de la mirada de cuervo de la vieja, de los tipos que discutían en el restorán, de los carteles que faltaban y de los barcos varados en los canales. Todo eso mientras con una mano sostenía el volante y con la otra buscaba el mapa para ver, otra vez, dónde estaba. Cuidando, además, de mantener la mirada para no pisar la procesión de gente que, a medida de que el miedo me tomaba, iba aumentando.

Mi cabeza no paraba de procesar imágenes de la gente caminando y era muy difícil leer el mapa porque la mano me temblaba. Estaba asustada y se hacía de noche.

Después de un rato de ver pasar gente y frenar el miedo de imaginar que se me tiraban encima del auto y empezaban a golpear los vidrios, la procesión se raleó y solo quedaban uno o dos caminantes cada tanto.

Cuando pude volver a imaginar las caras como las que tiene la gente corriente vi que eran campesinos que volvían de trabajar porque estábamos entrando en el crepúsculo.

Supuse que esa gente tendría que ir a algún lado y me calmé porque ver seres humanos me sacó del mar y me puso otra vez en el camino.

Me acordé de Tony y de que nunca llegué a la cita. Pensé en su enojo. Le explicaría después y él, como hacía siempre, me entendería porque sabe que soy muy despistada.

Miré el teléfono que seguía sin señal. Pensé en los árboles y en las lianas como la causa de que la señal no llegara hasta mi auto y los odié. Encontré la excusa que necesitaba para volcar mi furia en contra de la exuberancia de ese trópico que se levantaba orgulloso entre mi auto y el mundo exterior. En este caso, Tony.

Mi compañero me esperaba para que hiciéramos lo que teníamos que hacer en Jacksonville y a esta altura del día, con mi retraso, ya estaría intranquilo.

Este trabajo era importante porque cobraríamos una buena plata que, en mi caso, iba a poder mantenerme sin trabajar por un tiempo largo, y a él, seguramente, le serviría para pagar alguna deuda de juego.

Como cada vez estaba más oscuro volví a sentir intranquilidad. Me di cuenta, también, de que no me había cruzado con un solo auto desde que me había perdido. Solo había visto los barcos en los canales y la gente caminando. Tampoco me había distraído ninguna construcción. No había nada más que naturaleza alrededor. Pensé de nuevo en la furia vital que me rodeaba y me sentí ahogada. Estaba cansada y el cansancio me traía el malhumor.

No sabía si llorar o gritar. Tenía otra vez sueño y las lianas, a medida que se opacaba la tarde, se iban transformando en víboras. También empecé a ver los árboles como una amenaza y las moles de hierro lejanas que vigilaban mi paso por ese camino me paralizaban de terror. Al final, más por el miedo que por otra cosa, decidí estacionar el auto para mirar el mapa tranquila porque me quería ir de ahí. No entendí por qué no lo había hecho antes, cuando era de día, pero no tuve tiempo de contestarme porque las luces de un camión me bañaron. Después sentí los frenos y la sombra de un hombre que se acercaba.

La sensación que tuve fue de muerte. Quedé congelada de miedo y sentí que se me había ido la voz, sin embargo, cuando el tipo le dio un tincazo al vidrio de la ventanilla, lo saludé calmada.

El hombre me hizo una seña para que bajara el vidrio y yo, temerosa y todo, le hice caso. Cuando estuvimos cara a cara me preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que gracias, pero que no, que estaba bien, que solo había parado a chequear el camino. Me preguntó adónde iba y cuando se enteró de que iba a Jacksonville dijo, un poco sorprendido, si no sabía lo que había pasado. Le contesté que no, que había estado todo el día viajando y que había preferido las estaciones de música a las de las noticias y que por eso no sabía en qué andaba el mundo ese día.

Me dijo que lo esperara y yo (a esa altura de la charla había empezado a tenerle un poco de confianza) lo esperé. Volvió con un termo de café y me ofreció un poco. Ya sin miedo me bajé del auto y me apoyé en el guardabarros. Mis piernas me agradecieron el estiramiento y yo le agradecí al camionero el café.

Mientras me contaba dónde iba y cuántos hijos tenía yo lo interrumpí porque no me había dicho qué había pasado en Jacksonville.

Él, entonces, me contó que como Jacksonville era una ciudad chica estaba conmocionada porque desde las cuatro de la tarde, más o menos, un loco, armado hasta los dientes, y enojadísimo porque según lo que decían las noticias que él había dicho, su socia lo había dejado plantado y había perdido un montón de plata, entró a la estación de trenes y amenazaba con volarse.

No había manera de hacerlo entrar en razón y el problema era que, además, había sembrado de minas las salidas de la estación y, entonces, tenía un montón de rehenes.

Mientras tomaba el café, enmudecida, solo le pregunté si ya se sabía el nombre del loco. Me dijo que no, que hasta que había parado a socorrerme, en la radio no habían dicho nada.

Después de escucharlo, miré el bolso que había tirado en el asiento de atrás del auto y, fingiendo preocupación, le dije que iba a regresar a la ciudad y que, si no le importaba, prefería seguirlo a él, para no tener otro inconveniente con los mapas.

El camionero me dijo que no tenía problema, que lo siguiera tranquila. Me subí al auto y, antes de arrancar, dejé el bolso en la banquina porque no quería correr riesgos. Apreté el acelerador y me fui.

No me acuerdo si pasé o no de nuevo por Dwell.

20 de julio de 2015

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