El disloque

Quería pero no podía. Nunca le había salido. Nunca había podido romper la marca.

Era malísimo en las competiciones de velocidad porque lo suyo era la resistencia. No entendía por qué se había dejado convencer tan facilmente.

No entendía. No podía irse. No debía.

Ya estaba con una pierna delante y la otra flexionada detrás de la marca inmaculada de la raya blanca de la partida esperando la señal de la largada.

Emocionante para el resto, para él no.

Había empezado a experimentar lo que le pasaba bastante a menudo: Tenía un ataque de pánico. Pero no podía abandonar la pista porque él no era un desertor. Podía ser cualquier cosa menos alguien que se retirara sin avisar.

Eso era lo que hacían los cagones y él no era un cagón.

Era una mentira pero no le importaba decírsela para frenar al pánico. Tenía que gastar esa adrenalina en la carrera y no en el ataque.

Perdía sales por la transpiración equivocada. Se estaba traicionando a sí mismo y un odio comenzó a dominarlo.

No podía boicotearse de esa manera, era un pelotudo de mierda.

Miró a un costado y pudo sentir la fiereza del que estaba en el track contiguo, un poco delante de él presto para arrancar. No se perdonaba la ansiedad.

Respiró hondo y oyó la señal.

Salió como un ciclón hasta que algo le hizo crack y fue como si un rayo lo hubiera partido en dos: Un ligamento cortado.

Fue una excusa más que digna. No volvió a correr porque quedó rengo, pero jamás le importó, porque ese día, nadie se había dado cuenta del miedo que había tenido.

15 de junio de 2014

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