El patio

Conversaban debajo de la parra con las patas metidas en la palangana mientras les caía el agua de la manguera. La manguera estaba atada a uno de los alambres que sostenían la parra. Hacía un calor infernal. Adentro todos dormían la siesta pero ellos estaban atentos a lo que pasaba afuera.

El patio bullía de insectos, casi fritos, que caminaban desorientados por la plancha de cemento de la galería. Algunos pájaros se acercaban atraídos por las salpicaduras del agua de la manguera. Todo estaba dos tonos más claro por el reflejo del sol de la siesta pegando casi derecho sobre esa casa en el medio de la nada.

Hacía mucho que no se veían y se estaban poniendo al día. Cada uno tenía una vida que contarle al otro. Eran primos y habían pasado la infancia como si fueran hermanos. El invento de la palangana y la manguera venía de aquellas épocas en las que pasaban los veranos todos juntos.

Esa siesta iban por turnos deshilvanando las anécdotas y, mientras se reían y exclamaban, sacaban cervezas de una heladerita de tergopol que tenía hielo hasta el tope. No estaban borrachos pero casi. No les importaba porque eran chicos de nuevo y eso los hacía felices.

La parra colaboraba muy poco y como el agua de la palangana se calentaba rápido la tiraban al pasto que estaba detrás de ellos y la llenaban de nuevo con el agua que caía desde el cielo entubada por la manguera. Habían hecho un barrial pero como le daban la espalda no estaban enterados.

Ya habían recorrido toda la infancia y estaban repasando los veranos adolescentes en esa playa. Todo había cambiado mucho y sin embargo todo seguía igual. O eso les parecía.

Antes de sentarse a la sombra de la parra habían ido a la playa y se habían encontrado con algunos conocidos. La misma gente sentada en las reposeritas como hacía veinte años. Tomaron unos mates y volvieron a la casa donde, después de almorzar con el resto de la familia, se instalaron en el patio.

A medida que avanzaban con los cuentos que se hacían entre ellos algo se apagaba.

No se daban cuenta pero una capita viscosa y opaca les había empezado a cubrir el cuerpo. La cerveza ya los había emborrachado y conversaban incoherencias que se cortaban cada tanto por los bostezos.

Seguían plantados en la palangana con el agua cayendo pero con los cuerpos más opacos y rígidos, porque a pesar del agua que les caía encima, esa cosa se endurecía y parecían dos cascotes. Por esa razón los movimientos que hacían eran cada vez más toscos pero como estaban adormecidos por el alcohol no se daban cuenta.

Ya no eran ellos pero no lo sabían porque seguían hablando con la misma voz, pensando las mismas cosas y tomando cerveza sin parar.

La siesta en el patio debajo de la parra los había transformado en otra cosa y ellos habían sido testigos sin saberlo, o sabiéndolo cuando ya era tarde.

La sobrina más chica abrió la puerta con mosquitero de la cocina y los llamó. Se quisieron levantar pero estallaron en mil pedazos que la familia hace una semana está intentando encastrar. La nena les jura que ella no tuvo la culpa de nada pero no le creen.

16 de mayo de 2014

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