El Rescate

Atónita miraba cómo un hombre se ahogaba. No podía hacer nada porque los rescatistas ya estaban nadando hacia donde estaba el accidentado.

El mar estaba bravo y ella estaba paralizada. Nunca pensó que ver un rescate la impresionaría tanto.

Los turistas se habían levantado de las reposeras, habían abandonado las sombrillas y formaban un diente humano que peinaba la arena de la playa para mirar las maniobras.

Ella se había quedado inmóvil y apenas se había sentado en la lona cuando empezó a escuchar el griterío. Desde allí había seguido los acontecimientos desde el minuto cero. Alejada y atenta.

Empezó como un murmullo que le traía el viento, mezclado con el ruido de las olas, que rompían más estruendosas que otras veces. No le dio bolilla porque empezaron los más chicos: chillaban como de costumbre. Estaba ensimismada y leía; quería ausentarse de la fiesta familiar que la rodeaba.

Pero como si una voz se metiera despacio por un amplificador, gritos adultos empezaron a colarse entre los chillidos infantiles. Ella prestó atención y vio las corridas.

Gente que levantaba las manos y los salvavidas yendo hacia el agua. La arena tembló cuando algunos que estaban detrás corrieron hacia la orilla. Se quedó quieta y solo estiró el cuello jirafescamente para ver mejor.

Mientras observaba con concentración, su corazón se oscureció porque pensó de repente en qué andaría la mente del hombre mientras luchaba por no ahogarse ¿Estaría asustado? ¿Se acordaría de todo lo que faltaba hacer? ¿Se daría cuenta? ¿Era solo puro instinto lo que lo movía a la pelea feroz que mantenía con el agua?

Estaba, por primera vez, mirando a alguien que transitaba el entresijo de la vitalidad que precede a la renuncia. Y eso la amargó hasta lo indecible.

La resignación siempre la había rebelado, pero la lucha del hombre, y los guardavidas que no llegaban porque el mar se empecinaba en tirarlos hacia atrás, la entristeció.

Finalmente el tipo se rindió y ella no lo vió más. Descansó su cuello y se recostó en la lona para seguir leyendo. Estaba otra vez perdida en la lectura cuando sintió el temblor de la arena. Los guardavidas pasaban con la camilla.

Levantó la vista y vio el cuerpo: era un hombre joven y hermoso, probablemente la vida se le fue sin que lo notara, y eso la reconfortó.

13 de junio de 2014

Like what you read? Give Eme DN a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.