La bolsa de polietileno

Terminaba de cerrar un paquete y lanzaba un suspiro ruidoso. Lo hizo tres o cuatro veces hasta que Marco, fastidiado, la miró dándose vuelta (estaba acomodando en la estantería las latas de tomates al natural que recién había traído el proveedor) y le dijo:

-¿Qué te pasa, Camila? Estás insoportable.

Camila, sin mirarlo, le contestó que nada, mientras quedaba un poco ciega porque la Sra Alvarado acababa de entrar al almacén y la luz del mediodía le atravesó los ojos.

Marco siguió acomodando las latas y ella atendió a la Sra Alvarado. Cuando terminó de armar el pedido, en vez de envolverle las cosas con papel, se las puso todas juntas en una bolsa de polietileno, blanca y enorme, que manoteó de debajo del mostrador.

La Sra la miró con una cara de sorpresa que no escondía para nada la decepción que, Camila, perspicaz, entendió como enojo. La Sra Alvarado no dijo nada, le pidió que le anotara el pedido en la libreta y se fue.

Apenas quedaron otra vez solos, Marco, que ya había terminado con los tomates y ahora estaba metiendo botellas en la heladera que estaba al lado de la puerta, le preguntó:

-¿Por qué le pusiste las cosas en una bolsa?

-Qué se yo. Le respondió Camila, mientras pasaba el trapo por el mostrador que había quedado con un poco de azúcar que se había zafado de uno de los paquetes.

-¿Cómo qué no sabes? Le volvió a preguntar Marco, esta vez con el tono de voz un poco subido, y agregó:

-Además ¿te diste cuenta de que la bolsa que usaste es de las grandes? y la vieja llevó tres cosas. Tendrías que haberle envuelto la compra con papel, no deberías haber usado la bolsa, esa bolsa es para pedidos grandes y como acá todos vienen y compran dos o tres cosas nunca usamos las bolsas grandes ¿Entendés lo que te digo, Camila, entendés?

-Sí, sí. Respondió Camila, mecánica, cuando terminaba de repasar el mostrador.

Después de acomodar las botellas en la heladera, y de revisar que no hubiera verduras tiradas afuera de los cajones de madera. Mientras le tiraba agua a la fruta con un difusor, Marco le preguntó a Camila qué por qué hacía esas cosas.

Camila, que estaba dando vuelta las hojas de un diario viejo, antes de usarlo para envolver el próximo pedido, levantó la vista de las fotos de un accidente de tránsito que estaba mirando y, le preguntó, sincera:

-¿Qué cosas, Marco? No te entiendo.

-Eso, hacer las cosas así, “a la que te criaste” como dicen los viejos. Sin pensar.

-Yo pienso lo que hago, le dijo Camila mientras una sombra le bajaba desde la frente para apoyársele en el mentón.

-No te creo, Cami.

-¿Cómo que no me crees? ¿Qué no me crees?

-Que pienses lo que haces. No te creo que pienses nada porque si meditaras…

Camila lo interrumpió, se sacudió la sombra del mentón, y repitió sonriendo:

-Si meditara… mira vos…

-Sí, no me tomés el pelo. Si pensaras las cosas a conciencia nunca hubieras metido la compra de la vieja en la bolsa. Agarraste la bolsa sin pensar.

-Agarré la bolsa porque era más rápido. Porque, además, vos me dijiste que dejara de suspirar que te tenía harto.

-No te dije que me tenías harto.

-Sí. Me dijiste que estaba insoportable. Y yo pensé, que si usaba una bolsa iba a hacer más rápido y entonces no iba a suspirar… Por eso agarré la bolsa, para que te quedaras contento porque no suspiraba.

-¿Ves? Es eso.

-¡Marco! gritó Camila furiosa. ¡Me tenés harta, harta! ¡Estoy cansada! Resulta que ahora tampoco pienso.

-Dejá de gritar. No se te puede decir nada. Solo aceptás elogios.

-Uf, sí… como vos me decís tantos.

Marco no contestó y Camila se quedó quieta mientras la sombra le subía esta vez en sentido contrario: desde el mentón hasta la frente. La cara de Camila se apagó después de la discusión y la de Marco estudiaba que todo estuviera en su sitio.

En los cinco minutos que siguieron el almacén se llenó de vecinos que buscaban mercadería de última hora para cocinar: una cebolla, sal, cien gramos de pasas de uva, crema de leche.

Camila los atendía rápido y les envolvía las cosas con el papel del diario que tenía las fotos del accidente. Marco se había ido para adentro pero volvió cuando Camila atendía a la última clienta. Lo miró sin que él se diera cuenta y, cuando terminó de atender a la Sra Pizzi, agarró las tres cosas que había comprado y las metió en una bolsa blanca que manoteó de debajo del mostrador. Después, mientras la Sra Pizzi salía del almacén, miró con fijeza a Marco mientras la sombra se le caía de la cara y se iba rodando por el mostrador. Camila sonreía.

20 de mayo de 2015

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