La pérdida

Eme DN
Eme DN
Jul 22, 2017 · 5 min read

La historia era así: dos amigas se encuentran para ir a un shopping y una le dice a la otra que tiene cáncer. Estas dos amigas, últimamente se ven poco pero se mantienen en contacto por las redes sociales.

La mujer que escribió la historia se siente espiada. Es una escritora inédita con muchos problemas de seguridad. Siente que lo que hace nunca es lo suficientemente bueno.

Esta historia ya tenía escrita, aproximadamente, trece o catorce páginas donde, de a poco, la mujer que escribía el relato, sentía que empezaba a redondear la historia. Como esta autora es muy insegura, pero, a la vez, quiere mantener la privacidad cuando está en el medio de su proceso creativo, guarda celosamente los documentos en su computadora. Cosa que por otra parte le da mucho trabajo porque su computadora anda mal.

Esta mañana, la escritora se despertó y, como todos los días, se dispuso a escribir, pero no pudo seguir con la historia que había empezado porque se le perdió entera. La autora estaba contenta con lo que había escrito hasta ahí. De todos modos, lo importante, y ella, ahora lo sabe, es que no tiene nada. Perdió todo.

Lo mismo, yo voy tratar de reconstruir -más o menos- cómo era la historia, para que ustedes conozcan a estas dos amigas; o -por lo menos- algo del relato que la escritora de la que les hablo, acaba de perder.

[Me da pena pensar en cómo debe sentirse ella al haber perdido el trabajo de casi una semana.]

La historia en cuestión era, más o menos, así: La amiga con cáncer se llama Lucia, sin acento en la í. Está casada con Manuel, y tienen cuatro hijos: Ángeles, Agustina, Andreína y Alejo. La otra amiga se llama Carla, está casada con Eugenio y tiene tres hijas que, a la altura en que la autora perdió el relato, todavía no tenían nombre. Estas dos mujeres, según lo que estaba desarrollado hasta ese momento, eran amigas de toda la vida. Hicieron un viaje a Nueva Zelanda a los dieciocho años y son bioquímicas. Una trabaja en una farmacia con su marido y la otra en un laboratorio: Carla y Lucia, respectivamente.

[Mientras yo narro esto, la autora, a la vez, piensa en que quizá el (o la) que propició la pérdida, se sienta feliz porque logró lo que quería: apropiarse de lo que no era suyo -o, en todo caso, de lo que todavía no estaba listo para ser compartido- y, además, en una de esas (a partir de ahí) generar un producto rentable. Pero como me enojo porque el pensamiento de la autora me interrumpe la narración, no le hago caso y sigo narrando.]

¿Dónde estaba? Ah, sí. Contaba que estas amigas eran amigas desde siempre. Sin embargo, tengo que confesar que lo que más me había impresionado era el comienzo del relato, donde la amiga enferma le decía a la otra: “¡Se me despertaron los lunares, Carla! Tengo cáncer de piel.” y, después, se reía de una manera franca, musical. La amiga pensaba, en ese momento, que hacía un montón que no escuchaba reírse así a su amiga. [Esta línea del comienzo, se le había aparecido a la autora, así de repente, mientras hacía otra cosa (limpiaba la casa o algo por el estilo) y la había guardado en las notas de su teléfono celular para, alguna vez, contar una historia a partir de ahí. Ese “alguna vez” solo habían sido. un par de horas más tarde (a todo esto lo supe después).]

Como Carla no le creía lo del cáncer a su amiga, porque según nos enterábamos en el relato: “Lucia tiene un humor muy particular” ella sacaba un sobre y le mostraba los estudios que le había dado la médica. Lucia, en el relato, corrige a Carla que se refiere al especialista como un varón, indicándole que quien la atiende a ella es una doctora.

Después había una ida al baño del shopping, donde la amiga enferma llevaba a la amiga sana, que se había largado a llorar desconsoladamente al enterarse de la noticia, para que se tranquilizara. En el baño, Lucia le contaba a Carla que había llamado a su amante. Carla se indignaba y le preguntaba por qué no había llamado a Manuel. Lucia, palabras más, palabras menos, le explicaba que era porque quería sentir sin tener el peso de la muerte encima suyo y eso, con Manuel, hubiera sido imposible. Y que, en cambio, estar con Rodi la iba a hacer sentir viva. Algo así, no recuerdo bien… Aunque, aparentemente, en este momento, a la autora le vinieron ganas de hacer un “statement” porque la conversación entre las dos amigas giraba alrededor de por qué algunas cosas son más toleradas en los hombres que en las mujeres. Contado así parece que estaba narrado de un modo explícito, pero no.

La verdad es que me empiezo a enredar en el relato del relato perdido, porque me doy cuenta de que no puedo transmitir con fidelidad alguna de las “atmósferas” (me sopla la autora al oído y yo tipeo obediente) que se habían empezado a generar. Lo importante es (y es lo que me parece a mí, por suerte la autora se fue) que ahí, en ese baño, estas mujeres están en una especie de “intimidad frágil” tratando de armar algo con lo que la vida, o mejor -la perspectiva de la muerte- les pone adelante. No sé, tal vez, estoy tomándome libertades que no me corresponden -porque no quiero interferir con el trabajo frustrado de la autora inédita en cuestión-, pero considero que en ese momento de la historia es donde se empezaba a engordar ¿psicológicamente? a estos personajes. Porque, a su vez, existe una especie de fluir de conciencia en el que Carla va cotejando su propia vida con la de su amiga. Lamentablemente para la autora, el día de trabajo pensado para hoy estaba dedicado a delinear con mayor fuerza el carácter de Carla y, por ende, nos quedaremos sin saber a qué se refería Lucia, cuando hacia “el final del relato inconcluso” ¿tiene sentido decir así? le decía a Carla que era una “suicida potencial”.


Lo que acabo de escribir es, más o menos, lo que pude hacer/rescatar con los restos de mi memoria naufragando en la rabia. Perdí mucho, perdí todo. Espero, sinceramente, que esto le sirva para algo a alguien, porque a mí solo me trae muchísima frustración. Discúlpenme, pero -ahora- solo quiero irme a llorar tranquila.

Atte

la autora

21 de julio de 2017

    Eme DN

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