La Profe

Miraba sorprendida el redondel amarillo como un huevo frito en el medio del césped del jardín y no comprendía.

Chequeaba alrededor y nada. Ni un rastro de ninguna cosa que le explicara lo que había pasado. Trataba de recordar si el día anterior había venido alguien que hubiera podido tirar algo para ¿quemar? el pasto, pero no, no había venido nadie.

Estaba sorprendida. Realmente muy sorprendida y eso le resultaba extraño porque Rosita ante todo era una escéptica, una completa y total escéptica. Rosita no creía en nada. Nada. Pero esto la tenía confundida.

Lo primero que pensó fue en sus sobrinos. Seguramente esos demonios le habían hecho una broma. Sin embargo, cuando ya estaba respirando aliviada se acordó que estaban de viaje con el colegio. Su hermana la había llamado para que le prestara un tapado porque viajaban al sur a mirar ballenas y ella los acompañaba.

Sus sobrinos eran mellizos: Marcos y Martín. M y M. Por si fuera poco su hermana Marisa se había casado con Manuel Montalbán. Puras emes en esa familia.

Ella se había casado con Roberto Rossi, así que mucho no podía decir porque en su caso lo que abundaban eran las erres. Sin embargo Rosita y Roberto habían sido renuentes a procrear porque pensaban que traer niños a este mundo destartalado era un despropósito.

A pesar de no tener hijos a la pareja le gustaban mucho los chicos y por eso los mellizos de su hermana eran como hijos para ellos. Con la ventaja de la devolución, claro. Rosita y Roberto habían visto crecer a los “melli”, como les decía todo el mundo, y se habían dado cuenta de que eran especiales. Los chicos podían comunicarse entre sí sin hablarse y hasta adivinaban algunas cosas de los demás con solo intercambiar un par de miradas.

No obstante, y a pesar de haber comprobado en más de una oportunidad estas facultades “especiales”, ni Rosita ni Roberto creían que fueran algo más que un par de casualidades. Hechos fortuitos que acomodados en una cadena de acontecimientos hacían aparecer un relato fantástico. Además como su hermana y su cuñado no eran demasiado avispados nunca les habían preguntado nada.

Ese día, Rosita miraba el círculo pelado y no entendía.

Lo que veía era una circunferencia perfecta con el piso apisonado de tal manera que casi brillaba. Esto era extraño, realmente raro. Nunca había visto nada así.

Pensó en que a lo mejor había caído una helada pero descartó la hipótesis, porque: a) estaban en primavera y b) ninguna helada era así de selectiva.

En todo caso, selectivas eran las lonjas de granizo que caían en el verano de su infancia en el campo sembrado de su papá y dejaban intacto el del vecino.

Pero las lonjas de granizo blanco eran rayas, no redondeles como éste. Además no había granizado. Para cuando Rosita llegó a este punto del razonamiento se retó a sí misma por idiota y por estar gastando el tiempo en estas estupideces.

Cerró el asunto, abandonó la circunferencia y se metió en su casa a leer un libro sobre astronomía. Rosita era profesora de física y tenía que preparar un parcial para los de sexto A.

Estaba enredada pensando problemas de la vida cotidiana para que pudieran ilustrar alguna de las leyes físicas que les quería enseñar a sus estudiantes cuando llegó Roberto Rossi con un ramo de jazmines. Rosita se había olvidado de que ese día festejaban las bodas de acero.

Al ver a Roberto con los jazmines a Rosita se le iluminó la cara y saltó como un resorte de la silla para abrazarlo y llenarlo de besos. Siempre le daba mucha culpa que él estuviera pendiente de los detalles porque ella era muy distraída.

Mientras Roberto llenaba de agua el jarrón donde pondría los jazmines y le adelantaba a su mujer que irían a cenar al restaurante de un amigo, ella que había vuelto a sus ejercicios de física, asentía con la cabeza sin prestar demasiada atención.

Sin embargo, hubo una frase de Roberto Rossi que la despertó y le hizo dejar de pensar en problemas físicos. La frase fue en realidad una pregunta, ésta: “¿te diste cuenta de que en los jardines de todas las casas de la cuadra hay unos dibujos rarísimos?” Ella conmovida lo miró y le respondió con otra pregunta que se escapaba desde el borde de su escepticismo:

-¿Viste el círculo?

-¿Cuál? preguntó Roberto.

-Vení que te lo muestro, dijo Rosita levantándose de la silla, yendo a agarrar a Roberto de la mano.

Cuando llegaron al jardín, el círculo estaba mucho más amarillo y su perímetro hacía un movimiento rítmico extravagante. Rosita y su marido se miraron sorprendidos. “-Los melli” , dijo Roberto suavecito. “-No están”, respondió Rosita con un suspiro.

Tomados de la mano miraban el círculo que había empezado a brillar en contraste con la noche que había cubierto el jardín .

-¿Los de los vecinos también respiran? le preguntó Rosita a Roberto.

-¿Qué cosa? dijo él un poco distraído.

-Si los que viste en las casas vecinas son como éste, que brillan y se mueven.

-No sé, Rosi, era más temprano y no estaba oscuro… capaz que sí pero no me acuerdo.

Roberto y Rosita no se movían, agarrados de la mano, miraban atónitos el huevo frito que les había aparecido en el jardín de su casa sin entender. Trataban pero no podían explicarse qué estaba pasando. La transformación del jardín los había tomado por sorpresa y no les había dado tiempo a nada.

La mañana siguiente fue una mañana espléndida. Los estudiantes de sexto A estuvieron más felices que de costumbre porque no tuvieron el examen de física. Marisa nunca le pudo devolver el saco a su hermana y la cuadra está llena de vegetación porque las familias se fueron yendo de a una de ese vecindario.

A veces, cuando les preguntan algo, los melli les cuentan a sus amigos que sus tíos están bien y que siguen, ahí donde están, tomados de la mano.

26 de setiembre de 2014.

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