Lampedusa

Soy una sobreviviente. Tengo treinta y siete años y me salvé del naufragio en el que se murieron trescientos setenta y cinco personas. Una barbaridad de gente ¿no? Bueno, yo y otros tres, nos salvamos ¿Por qué se murieron los otros trescientos setenta y cinco y nosotros no? No lo sé. Nosotros nos salvamos porque sí.

Una estupidez quiso que cayéramos en una parte del mar con una corriente que nos arrastró hacia aguas más cálidas. No sé, la verdad es que no sabemos por qué nos tocó a nosotros y no al resto. No importa. Lo único que me importa a mí es seguir viva.

A veces hubiera preferido ser la víctima trescientos setenta y seis pero no pude. O no quise, de terca. A lo mejor es por eso que ahora me da culpa. De los otros tres sobrevivientes no tengo ni idea y no quiero saber, tampoco. No me interesa. Nos buscaron mucho para que contáramos la historia pero, sin ponernos de acuerdo, todos respondimos que no estábamos interesados. Supongo que el peso de ser los únicos cuatro sobrevivientes de un pasaje de trescientos setenta y nueve es algo que no es fácil de digerir para nadie.

Nos salvó una balsa de ilegales. Así, sí. No fueron los rescatistas que hacía días que revolvían la zona, no. Fue en una patera repleta de gente esperanzada y llena hasta el tope de mujeres, niños y hombres que se escapaban de la miseria, donde nos hicieron un lugar.

Estábamos perdidos desde hacía muchas horas y la verdad es que los recuerdos que tengo son los que me contaron. No sé bien cómo fue. Solo se que esa gente nos ayudó. Y con ellos llegamos a una isla donde nos estaban esperando. Había un operativo montado para atender a los ilegales y nosotros llegamos con ellos. Fue una sorpresa. Después vinieron los trámites y nuestras declaraciones. Recién en ese momento tuvimos conciencia de la catástrofe.

No quiero, sin embargo, hablar del desastre. Necesito hablar del después del desastre. Tengo que ordenar el ahora y el motivo de este discurrir es ése. No creo que mi aporte sirva para nada. No tengo idea qué es lo que podrían aportar las palabras de alguien que sin saber por qué o para qué tuvo la suerte, la gracia, o la pericia de salvarse y sobrevivir. Nunca hablé con el resto de estas cuestiones así que no sé que será lo que ellos piensen al respecto.

No me pasa lo que he leído, visto o escuchado, que le pasa a otros después de estar en una situación parecida a esta.

Yo no me convertí, no vi ninguna luz y, tampoco, le encontré un sentido pleno a la vida. No me cambió en lo más mínimo el pesimismo que habito desde que tengo conciencia y al que todavía no podía ponerle nombre porque no conocía la palabra. Sigo desesperanzada y con ganas de morirme a veces. Pero lo de las ganas de muerte tampoco tiene que ver con el accidente, las ganas de muerte son algo que, también, me acompaña desde siempre aunque sepa que soy (y pude comprobarlo con lo del naufragio) una empecinada de la vida.

“Ponerle palabras a lo que te pasó”, me dijeron que tenía que hacer. No sé. No puedo ponerle palabras. No las encuentro. Como si las palabras fueran adornos. Es difícil imaginar el collar de palabras que quedaría mejor para contar con justicia cómo fue que la patera nos socorrió. No puedo hablar del desastre y por eso es que me concentro en el después del desastre que es el ahora del que tampoco puedo hablar. No puedo usar las palabras más que para decir que no puedo decir y eso me da mucha impotencia.

Sin embargo sí hay una cosa que puedo decir y es esta: Tengo treinta y siete años y soy una sobreviviente de un naufragio en el que murieron trescientos setenta y cinco personas y nos salvamos cuatro ¿Por qué? No sé. La suerte nos acompañó, supongo.

14 de agosto de 2015

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