Las afueras

El edificio era blanco, enorme. Parecía un elefante estacionado. Abundaba el cristal pero, curiosamente, no había acero.

Era una mole blanca que refulgía en contra de un cordón montañoso color arena. Arriba el cielo color turquesa. Blanco, amarillo y azul.

Sonó la alarma que le indicó que el sedán se había cerrado y sus tacos retumbaron sobre el asfalto oscuro del estacionamiento. La empresa. Había llegado a la empresa.

Era su primer día de trabajo. Le costaba caminar porque la pollera era demasiado estrecha pero llegó hasta la puerta y entró.

Las entrañas del elefante eran igualmente monumentales: mármol blanco, negro y cuero. Al final, en contra de una pared había algo. Arte contemporáneo, pensó.

Navegante sereno en un mar de frialdad encontró al escritorio de informes. Llegó, preguntó y le indicaron.

El ascensor era enorme y ahí sí encontró todo el acero retaceado en el exterior de la mole. No tiene espejos pero su imagen se multiplica indiferente a la ausencia de cristal. Llega al piso once. Un vidrio le devuelve el reflejo de una mujer arreglada. Envalentonada sigue hasta el final del pasillo: los superiores la esperan.

Entra, saluda y recibe las órdenes. Pasan unos minutos y sale.

En el ascensor, mientras baja, repasa el «briefing» que le dieron.

Atraviesa el hall de entrada como si fuera una pila de escombros. Sale al estacionamiento. Llega hasta el auto y, sin darse cuenta, está manejando.

Llega a su casa y estaciona. Su casa parece una rata asustada. Es gris y tiene algunos parches del color del ladrillo.

Cuando entra, se descalza y corre hasta el baño. Vomita. Sale y se encuentra con su marido en la cocina.

-¿Y? ¿Cómo te fue?

- Bien.

- ¿Te gustó?

-No importa.

-¿Cómo que no importa?

-Y sí, no importa… ¿Tengo otra opción?

Silencio. Una pausa eterna que ella aprovecha para ir hasta la heladera, sacar una jarra con agua y servirse un vaso. Empieza a tomar y él recupera el habla y le dice:

-Después fijate si te gusta. Hoy terminé de pintar la cuna.

24 de febrero de 2017

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