Lita, Ramón y yo.

“A mí me hubiera gustado mucho ir”, dije con timidez. Los que estaban en el auto me miraron con asombro y Lita, que era la que manejaba me gritó, supongo que pensó que si no, no la escucharía. “¡Pero vos nunca nos dijiste nada!” Yo me encogí de hombros mientras José cerraba la última puerta abierta y Lita apretaba el acelerador.

Me quedé en la orilla de la calle de ripio y el polvillo que levantaron las ruedas traseras me hizo estornudar.

No sentí bronca pero sí una languidez en el estómago y entré rápido a la casa. Manoteé un pedazo de pan con queso que había dejado Ramón preparado en la mesa antes de irse a dormir la siesta. Después le iba a explicar que me lo comí de tristeza y le iba a preparar otro para que no se fuera a la obra sin merienda.

Terminé de comer y encendí la tele. La languidez no se me pasaba y aunque estaba tomando unos mates seguía pensando en por qué no me habían invitado a ir con ellos. Lo que más rabia me daba era que llevaban a la Cata que era insoportable. Hasta ellos decían que no se la aguantaban… entonces ¿por qué la invitaron a ella y no a mí?

En la novela todo pasaba lento y yo, con la tristeza que tenía, me llené de una ansiedad que hizo que le gritara al de la tele que la besara de una vez a la chica. Al final, creo que del grito que pegué el galán le dio un beso a la piba y el Ramón se despertó y me aulló desde la pieza que no fuera tan loca y que lo dejara dormir.

Mientras pasaba todo esto yo pensaba que ellos ya debían haber llegado a la curva de las vías y rogué que pasara el tren, no para que los pisara, no soy tan yara, sino para que los hiciera llegar tarde. Además, aproveché para desearles -no tenían entradas- que estuviera todo lleno. Sabía que no iba a pasar nada porque el anfiteatro es gigante y porque como estamos a fin de mes mucha gente no iba a ir, al menos no los de por acá, que son todos unos muertos de hambre.

Me aburrí de la novela y me paseé un rato por los canales pero no había nada como la gente y entonces salí al patio. Hacía un calor bárbaro y los perros andaban dando vueltas como abombados. No había ni moscas, supongo que tanto calor las aquietaba.

Seguía enojada pero ya me había acostumbrado a no haber ido y entonces empezaba a pensar en otras cosas cuando de atrás de las tiritas de plástico de la cortina de la puerta que daba la cocina salió Ramón ráscandose la entrepierna y me dijo: “Tuve un sueño raro… soñé que la Lita se hacía bosta contra el tren en el auto del padre.” Yo lo miré inquieta y justo en ese momento empezó a sonar la sirena de los bomberos. Ramón me miró y casi a los gritos me dijo: “Seguro que hubo otro accidente en la ruta ¿no?”

10 de febrero de 2015

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