Nené

El piso encerado reflejaba las piernas de los que caminaban por ese hall marmóreo. Los pasos sonaban como el eco frío de un hielo que se desgaja de un iceberg. Marianela trataba de no pensar. No quería ponerse nerviosa. Tenía que desestimar cualquier indicio que la hiciera dudar. Tenía que hacerlo. No le quedaba más alternativa porque sino Ernesto le quitaría la tenencia de Tinita.

Era una situación de mierda. Ella yendo a declarar en contra de su mamá para poder quedarse con su hija.

Ernesto había sido claro. Si Marianela no declaraba, él iba a tener que usar todas las pruebas que tenía en contra de Nélida para anular la tenencia compartida.

Sabía que era lo más saludable, sabía que Ernesto no solo estaba haciendo esto por la salud de Tinita sino, y eso era lo que la tenía más consternada, lo estaba haciendo por su propia salud.

Su ex, a pesar de que estaban separados desde hacía más de un año, le daba en bandeja de plata la oportunidad para cortar, de una vez por todas, la relación enfermiza que había mantenido con su mamá, desde siempre.

Nélida le había hecho mucho daño. Marianela había gastado un dineral en terapia para que los psicólogos le dijeran lo que ella ya sabía: su madre era nociva.

Si quería estar bien tenía que alejarse de ella. Sin embargo, Marianela nunca había podido cortar su relación con Nélida, al fin y al cabo, era su madre. Y ya se sabe… las madres no se eligen. Ellas tampoco eligen los hijos y por eso se trata, sobre todo, de poder balancear el cúmulo de expectativas y decepciones que acarrean estos vínculos.

Nélida nunca había sido buena procesando los fracasos y Marianela, por eso mismo, se había vuelto una experta en manejar los estados de inestabilidad familiar. Tenía la espalda doblada de tanto cargar con las cosas ajenas. Las propias eran livianas porque casi no había tenido tiempo de desarrollarlas ocupándose siempre de los problemas de los demás.

El hall parecía calcado de una película de juicios de mafiosos. Marianela no tenía idea de que acá hubiera ese tipo de edificios. Caminaba y pensaba en la fastuosidad del mármol. Le parecía un derroche de frialdad. O era su cabeza, que como se dirigía al juzgado donde tenía que declarar que su mamá estaba loca, le estaba armando el decorado.

Los pasos tronaban. A Marianela, mientras caminaba y caminaba, le parecía estar pisando suelo antártico. La blancura grisácea, y por momentos celestona del mármol, colaboraba con la sensación. Pero no estaba en ninguna estación experimental austral, estaba caminando por el hall de los Tribunales porque tenía una entrevista con una jueza que tenía que determinar si ella podía seguir manteniendo la custodia compartida o no.

No le había dicho a Nélida que tenía que ir al juzgado y había dejado a Tinita con Patricia su amiga de la infancia. Patricia tenía un hijo de la edad de Tinita y sabía que cuando la pasara a buscar a la vuelta, ella le iba a contar que la había pasado bárbaro jugando con Matu y eso le aminoraba la doble culpa: la de haberla dejado sola y la de privarla, de ahora en adelante, de Nélida.

Tinita amaba tanto a su abuela que en más de una ocasión ella se puso celosa. Nélida tenía, también, debilidad por Tinita que era su nieta más chica. Fue la nieta que le llegó cuando los otros ya empezaban a darse cuenta de que sus rarezas los lastimaban.

Tinita todavía estaba en la edad en la que veía a Nélida como si fuera un hada… y Marianela sabía que, cuando ella le pidiera por su abuela, iba a tener que armarle una explicación sólida porque su hija no se iba a convencer, así como así, de quedarse sin los paseos con Nené.

Cuando, finalmente, llegó al final de la Antártida, se encontró en una sala monacal llena de bancos de madera oscura y lustrada. Había una mujer en la puerta que la acompañò hasta el estrado donde estaba la jueza. Si no hubiera visto al final de ese salón el estrado, hubiera pensado que se trataba de una iglesia.

Marianela y la jueza estuvieron conversando un rato, después firmó toda la documentación necesaria y, mucho más rápido de lo que había pensado, terminó de tramitar su declaración.

La jueza le dijo que el dictamen iba a estar en un par de días pero la tranquilizó porque le aseguró que era imposible que a partir de lo testimoniado el abogado de la otra parte (Ernesto) pudiera esgrimir algún tipo de argumento que habilitara el amparo.

Según pudo entender Marianela, la tenencia compartida seguiría en vigencia hasta que Tinita entrara en la mayoría de edad. Sintió un alivio grande. Estaba bajo presión desde que se había separado. Ernesto no quería que Tinita y Nélida se vieran a solas.

No quería, bajo ninguna circunstancia, que su hija quedara tutelada por la madre de Marianela. Ella nunca le preguntó con precisión qué fue lo que le hizo tomar esa postura; pero conociendo a su mamá podía inferirlo, y como no quería la confirmación de un nuevo dolor adjudicable a su madre decidió no pedir detalles.

Agobiada como había estado en el último tiempo, al principio pensó que lo que le decía Ernesto de que no quería que Tinita y Nélida estuvieran a solas, era una exageración propia de los tiempos en los que los sentimientos todavía estaban a flor de piel por la separación.

Nunca imaginó que era una amenaza y, muchísimo menos, que su ex llevaría la cuestión a la Justicia. Por ese motivo, un par de veces había dejado a Tinita con Nélida en el apuro de tener que terminar algún trabajo y, a veces, para poder tener un tiempo propio. Nélida era loca pero con un locura que no ponía en peligro la integridad de las personas.

Tinitia le había contado a su papá las cosas que hacía con la Nené como le decía a su abuela y Ernesto había enloquecido. De ahí hasta la declaración que acababa de terminar de hacer en Tribunales habían pasado un par de meses.

Nunca le había dicho una sola palabra a Nélida que no entendía por qué estaba siempre tan nerviosa. Parecía un chiste, pero en el último tiempo, la cordura estaba en la protección que su madre le daba, sin saber por qué y, sencillamente, porque la veía mal.

Ese día, cuando terminó de bajar los escalones que la sacaban de ese continente helado, y llegó a la calle, mientras esperaba un taxi para ir hasta la oficina de Ernesto para decirle que se quedara tranquilo, que ya había hecho lo que tenía que hacer, pensaba en que iría a buscar a Tinita a la casa de Patricia y, después, pasaría por lo de Nélida para invitarla a cenar afuera con ellas.

No tenía mucha plata, pero era veintisiete y su tarjeta cerraba los veinticinco así que podrían inclusive ir a un restaurante caro y todo.

4 de diciembre de 2015