Pescado Frito

La cocina estaba impregnada con el olor a aceite quemado. El tacho que tenía el pescado bailando adentro estaba sobre un fuego espeso. Había mucha gente en las mesas, afuera. Se escuchaba el bullicio.

Se escuchaba, también, el ruido de los motores de las lanchas, y el olor del combustible se mezclaba con el humo que salía de la pieza de madera donde Elvira cocinaba el pescado fresco. El pescado estaba recién sacado del mar. Jacinto lo había traído en su lancha.

La arena volaba con los pasos de los turistas apurados por comer. La cocina de Elvira era famosa en la isla. Todos querían comer su pescado frito. El secreto de Elvira: el aceite cocinado una y otra vez hasta que quedaba negro. Una bomba.

La gente esperaba paciente. Elvira se tomaba su tiempo y los pescados iban saliendo despacio mientras los turistas pedían una cerveza detrás de otra debajo de las palmas inclinadas. Las palmeras barrían la orilla mansa de un mar Caribe de un azul intenso.

Cuando llegaba el pescado frito la mayoría de la gente, con excepción de los lugareños que conocían el truco de la demora, ya estaba borracha. La broma en el pueblo era que Elvira emborrachaba a la clientela para que no le sintieran el gusto al pescado frito con aceite de lancha. Elvira, cuando escuchaba el chiste, hacía una mueca. No negaba ni afirmaba, solo hacía una mueca que era un gesto. Un gesto, nada más, era lo que ella le daba como respuesta a los chistosos.

Nunca supimos si comíamos pescado freído con aceite de lancha o no. No nos importó, tampoco. Hasta ahora. Ahora a mucha gente sí le importa, (a mí también, aclaro), si el pescado de Elvira estaba frito con aceite comestible o no.

Las cosas se aceleraron y vino un caos. Los huracanes ese verano habían castigado con una hostilidad inusitada la isla. Un ensañamiento desconocido hacía que las tormentas pasaran incesantes y nos dejaran como resabio de su paso por la isla la confusión. La industria del turismo se había ido a pique. Todos estábamos sin trabajo y los de tierra firme solo aparecían de vez en cuando con el transbordador que traía las provisiones.

Ese fue el verano en que a Elvira la llevaron presa. Nadie supo enseguida porqué se la había llevado la policía. Ni Jacinto que en el último tiempo había sido como su sombra. Jacinto estaba tan sorprendido como el resto de los isleños. Algunos mencionaron la palabra política enseguida detrás de la palabra presa. Pero no. Elvira no fue una presa política.

A Elvira se la habían llevado por otra cosa. Nadie sabía por qué hasta que a uno se le ocurrió que podía ser por lo del pescado. Ninguno le prestó atención.

El muchacho insistía con que la causa del procesamiento de Elvira en el continente era por lo del pescado frito. Seguíamos sin hacerle caso hasta que un día, otro se apareció con un diario. Estaba claro en el diario, que la causa por la que Elvira estaba presa era el pescado. Lo miramos al muchacho que no dejaba de sonreír con satisfacción. No porque Elvira estuviera presa (extrañábamos su comida) sino porque había tenido razón desde el principio.

Nadie leyó la nota completa. Yo sí. En el titular decía algo así como: Cocinera lleva años envenenando turistas Me reí. Un título así me hizo gracia por dos cosas: conocía a Elvira y, además, desde que se había puesto a vender el pescado frito hasta que llegaron los huracanes había pasado solo una temporada. En todo caso había envenenado a una sola camada de gringos. Porque más abajo la nota explicaba que habían investigado a “la cocinera”, siempre la llamaban así, como si fuera un eufemismo por asesina, a partir de la denuncia que una familia americana había dejado asentada después de que a uno de sus hijos se le había diagnosticado un cuadro de intoxicación grave. La familia poco contenta con la respuesta local a sus reclamos había llegado hasta el cónsul y había sido este último el que había insistido para que la justicia local investigara a la dueña del comedor de la isla. Obviamente la nota abundaba en detalles que le daban al caso de Elvira el tinte de un film noir. Una exageración que, a pesar de que estaba triste porque ella no estaba en la isla y nos había dejado sin el pescado frito, me hizo reír mucho.

Les agradecí sin agradecer la diversión a los redactores del diario y después me recosté en la arena a mirar cómo se ponía el sol que en esa época del año parece que se suicida en el horizonte de lo rápido que se zambulle en el mar.

Mareado por las estrellas me distraje mirando cómo las lagartijas subían por las palmeras. Hacía mucho que vivía en la isla y había dejado de prestarle atención, justamente, a las cosas que habían hecho que me quedara allí. El suicidio del sol me había impresionado tanto como el capote de estrellas que me acribillaba, esa noche, desde lo alto.

La manera belicosa que tiene la naturaleza en algunos lugares para hacerse notar no deja nunca de sorprenderme. Los huracanes que habían hundido al turismo eran una prueba de eso. Elvira no estaba, no había pescado frito y más allá del chiste de la nota del diario yo ya empezaba a aburrirme. La isla se había puesto dull como dicen los gringos con una palabra tan exquisita en su sonoridad como falta de su equivalente en español.

Lentamente, con el paso de los días, y sin que nadie, tampoco, supiera cómo, las cosas se acomodaron, los turistas volvieron y los huracanes se tomaron un descanso.

Elvira seguía presa o procesada. No sabíamos con claridad. Estaba en el continente y nosotros estábamos en la isla. De a poco la olvidamos. Olvidamos a Elvira pero no olvidamos su pescado frito.

Los gringos (con bastante malicia porque sabían que un compatriota había sido la causa de la encarcelación de “la cocinera”) preguntaban por ella y por su pescado frito.

La mujer de Jacinto intentó suplir la falta de Elvira haciéndose cargo de las cosas que habían quedado en la pieza. No pudo. Amaira nunca pudo con el secreto de Elvira con la fritanga. Su pescado era desabrido, comerlo te daba en la boca la misma sensación que provoca un pan mojado. Jacinto estaba desesperado porque desde que Elvira estaba presa él no tenía a quién venderle su pesca. Había renunciado a la cooperativa y ahora no lo querían de vuelta. Jacinto había sido siempre un idiota. Lo seguía siendo. La gente, aunque lo intente, no cambia.

Yo miraba, un poco sorprendido, cómo a nadie, todavía, se le había ocurrido probar con lo del chiste. El chiste de que el secreto de Elvira era el aceite de los motores de los botes.

Ninguno de los principales bromistas había, siquiera, imaginado que como en todo chiste siempre se esconde una pizca de verdad, quizá en el gesto de Elvira estaba encerrado su secreto.

No dije nada pero durante días seguí pensando en eso. Daba vueltas por la isla y veía cómo los gringos comían (porque no les quedaba otra) las comidas desabridas de la mujer de Jacinto. Amaira era más joven y mucho más bonita que Elvira y por ese lado compensaba su falta de destreza en la cocina. Jacinto no iba a quebrar porque su mujer lo estaba ayudando con su belleza. Una belleza que él tantas veces había celado y que ahora la incitaba a desplegar.

La temporada pasaba sin novedades y sin que ninguno recordara el chiste (probablemente el gringo de la denuncia lo hubiera escuchado; algunos hablan español a pesar de que los isleños se empeñen en hacerlos quedar como tontos) que quizá había hecho encarcelar a Elvira.

Yo seguía con lo del aceite de los motores. De a poco, y como tenía mucho tiempo libre, un pensamiento se fue comiendo a todos los demás: el tacho con el pescado nadando en la pieza de Elvira; alguna vez, ella me había pedido que le cuidara el fuego.

La humareda ocupaba todo el recuerdo. Era un humo denso, oscuro. Y el olor. También recordaba el olor y se me mezclaba con el del puerto de los botes que estaba enfrente de donde Amaira hacía la mímica de Elvira.

No me quedaba claro, sin embargo, en el recuerdo, si el olor era del tacho en el fuego o de los botes entrando y saliendo del puerto. Lo pensé muchas veces y hasta me compré una lancha por las dudas que llegado el momento tuviera que justificar mi pedido de aceite.

Con la lancha empecé a pasear por los manglares y hasta descubrí mi pasión ornitológica. Pero no me atrevía a dar el paso. Una mañana, mientras esperaba que aparecieran una garzas en un recodo que hacía el río, antes de que los manglares se deshicieran en el agua, me bajé del bote.

Después, en lugar de tirar aceite comestible en la olla donde preparaba la fritanga, tiré un poco del aceite oscuro del motor de la lancha. Acomodé el pescado en el interior y esperé.

Con una emoción que solo puedo describir como violenta esperé que se cociera y cuando estuvo listo le di un mordisco. La lengua me ardió porque el bocado estaba hirviendo. Después, más calmado, saboreé con sorpresa y satisfacción el resultado. Estaba comiendo el pescado frito de Elvira.

Cuando volví al pueblo, le expliqué a Jacinto que si me dejaba cocinar a mí el pescado, no se iba a arrepentir. Él no quiso. Después, Amaira lo convenció con el pretexto de que ella seguiría en el comedor y yo estaría en la cocina.

Empecé al día siguiente. El negocio arrancó bárbaro y, por suerte, sigue de lo más bien. Todos piensan que Elvira me contó el secreto y estan resentidos con “el rioplatense” como me dicen los pescadores del pueblo. De Elvira no supimos nunca más nada pero hay quienes dicen que se puso una peluquería en “Nueva Yolk”.

23 de julio de 2015

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