Subterráneas

¿Un recuerdo imperfecto? ¿Una absoluta mentira?¿Una verdad con tropiezos?¿Un deseo silencioso? (Maurice Blanchot -El paso (no) más allá.)

Hizo lo que hacía todos los días. Apagó el despertador y siguió durmiendo hasta que le dolieron los huesos y tuvo los músculos rígidos.

Cuando el dolor la empezaba a despabilar agarró la laptop y la abrió. La pieza oscura reverberó de azules. Su cara brilló por el reflejo de la luz de la pantalla y le dolieron, también, los ojos. Un poco dormida empezó a navegar sin entender mucho por dónde andaba. Leyó y la deriva la dejó un poco inquieta.

No tenía claro qué haría ese día. No lo había tenido claro el día anterior, tampoco, y sabía que menos sabría qué hacer al día siguiente. No le importó.

No quería pensar. No. Estaba cansada de tanto pensamiento y por eso el dolor corporal no era tan malo. Después de todo era lo que le recordaba dónde estaba y, más allá de su disgusto, cómo estaba. El cuerpo no miente, no puede mentir. El cuerpo no hace trucos. No puede porque se queda sin aire y porque, además, hace por sí solo.

Buscó música en la computadora sabiendo que el ritmo que eligiera decidiría su humor. Nunca era al revés: la música hacía con ella y ella se dejaba hacer.

Estaba ocupada pensando qué música elegir, (algunos días le costaba un montón encontrar la melodía), cuando fue asaltada por el recuerdo de lo que había soñado.

Los pedazos de sueño aparecían desordenados, mezclados con el recuerdo de una serie que había mirado el fin de semana. No tenía claro, (estaba un poco somnolienta), qué era sueño y qué era recuerdo. No tenía claro si el recuerdo estaba dentro del sueño o si solo era eso: recuerdo. Los personajes de la serie se mezclaban con sus familiares. Aparecían la tía, la prima, su hermano.

No podía hilar los acontecimientos, le costaba narrarse lo que había soñado, era imposible juntar la incongruencia y, sin embargo, insistía. Como el intento era persistente los pedazos fueron cobrando una nitidez nueva; pero también tomaban autonomía lo que le dificultaba la narración. No lograba contarse nada de lo que había pasado en ese sueño. Llegó, incluso, a dudar de que fuera el sueño lo que se le aparecía.

Sin embargo, siguió cosiendo retazos porque aunque fueran cosas sueltas le iba a encontrar un orden al desorden. Haría inteligible esos recuerdos autómatas (como bautizó a los pedacitos de sueño). Si estaban invadiéndola ella tenía que hacer algo. No los iba a descartar, ella nunca descartaba nada. O eso creía.

El dolor. La intensidad del dolor en el cuerpo era algo nuevo. Estaba despierta pero inmóvil. No hacía nada.

¿Por qué el dolor aparecía en el medio de la necesidad de narrarse el sueño? No entendía. No quería entender. No quería estar despierta, tampoco. Por eso se obligaba a dormir. Quería estar dormida pero no quería los sueños, tampoco.

No quería nada. Pero el dolor la había despertado. Era eso. Lo que pensó que la aliviaría se hizo insoportable y el dolor, como una mancha de aceite oscura, empezaba a lamer los muebles del cuarto.

La pátina aceitosa se escapaba por la puerta y subía por los azulejos del baño. Entraba, sin pedir permiso, por las cañerías de su casa, y empezaba a circular por las paredes.

Supuso, que si se levantaba y llegaba con esfuerzo hasta la cocina, de las canillas también brotaría esa oscuridad pegajosa que se le había escapado del cuerpo. Tuvo miedo.

La luz azul seguía brillando sofocada, salía de la laptop y teñía levemente las cosas que la rodeaban. No haría nada. Sabía que no iba a hacer nada.

La mancha de aceite iría cediendo y ella, cuidadosa, no iba a tropezar porque había aprendido a convivir con lo resbaladizo.

22 de mayo de 2015

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