Contigo no. (Pt. I)

De vez en cuando me toca sentir que estoy parada a la orilla de un acantilado cuando conozco a alguien. Que algo tan sencillo como un paso, me puede hacer caer, o no.

La mayoría de las veces no.

Me alejo cuando veo el precipicio, cuando veo lo profundo que podría caer si me resbalo o me dejo ir.

Me alejo cuando veo lo incierta que parece ser la caída, que no sé si termina con unos brazos abiertos o con agua que me golpearía como cemento.

Y aún así, no me alejé contigo.

Nos acercamos, caminando de la mano, y saltamos al vacío. Sabiendo que solo uno de los dos traía paracaídas.

Durante la caída, tú te aferraste a tu seguro de vida y yo me aferré a la esperanza de que la fuerza de tus manos sería suficiente para no dejarme caer.

Pero me equivoqué, porque cuando me lancé con una velocidad mayor a la de la luz, choqué contra la superficie más dura de todas: la realidad.

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