Seguimos.

En este mundo de mucha guerra y poca paz, todo sigue igual. Siguen habiendo personas que prefieren tener nudillos ensangrentados que un corazón moretoneado. Llueve muchísimo y nosotros también seguimos convirtiéndonos en aguacero.

Nos siguen dando clases sobre la Primera y Segunda Guerra Mundial, y escuchamos con atención, inundándonos de conocimiento y pensando que aprender sobre el tema nos salva e impide que se repita. Queremos saber más y más sobre matanzas que ocurrieron hace setenta años pero apartamos la mirada cada vez que leemos sobre armas, terrorismo o dolor en los periódicos.

Seguimos siendo unos farsantes, unos niños jugando a ser adultos idiotas que piensan que la única manera de sobrevivir es combatiendo contra al mundo. Nos convertimos en prisioneros de una cárcel sin rejas, con mentes cansadas de buscar respuestas y encontrar preguntas.

Seguimos vomitando palabras sin sentido porque el sonido nos tranquiliza y el silencio nos mata.

Y seguimos esperando que todo esto cambie, deseando que las personas dejen de vivir a ciegas, se curen de esta enfermedad amarga y se deshagan de la parafernalia que adorna sus vidas.

Pero seguimos sin hacer absolutamente nada.