Crítica: La guerra del planeta de los simios

Maat Reeves

Hay que poseer enormes dosis de talento, una fe ciega en tus propias capacidades y en el de tu equipo, la audacia sin límites que supone aceptar el riesgo de un proyecto que exige tanta sabiduría como atrevimiento y, finalmente, el genio narrativo que requiere mantener al espectador más exigente totalmente sumergido en un profundo éxtasis durante casi dos horas y media. Pues todo eso y más logra la prolífica imaginación de Maat Reeves en esta maravillosa, sorprendente y alucinante realización que es “La guerra del planeta de los simios”.
No se trata de una nueva pantomima bélica entre hombres y monos, ni la caricaturesca producción de una aproximación al cómic sin más ambición que la de mostrar su virtuosismo, ni siquiera la gratificante versión de una película de aventuras sin otra intención que la de procurarnos una función de relajante entretenimiento.
No, lo que nos propone es una amarga reflexión sobre la naturaleza del ser humano contada de manera formidable; una fábula singular de extraordinaro poder metafórico convertida en soberbio espectáculo; es, en suma, el feliz advenimiento de una cinta que huye de la retórica y los estereotipos tanto como de todos aquellos escenarios comunes y cien veces vistos que, con mayor o menor fortuna, han dado origen a esta interminable saga de hombres y simios.
Reeves se muestra insobornable y cínicamente sardónico al colocarnos frente a un espejo que refleja con total nitidez la deriva suicida por la que la humanidad se desliza en la tenaz labor hacia su definitivo exterminio; odio y compasión, esclavitud y libertad, venganza y perdón, valor y miedo, ira y templanza, amistad y rivalidad, esas eternas y antagónicas luces y sombras que componen nuestras señas de identidad, se derimen aquí con asombrosa lucidez.
Y mientras, entre paisajes de una belleza indescriptible, sobrecogedoras explosiones, deslumbrantes avalanchas de nieve, infranqueables muros que paradójicamente se convertirán en nuestras propias cárceles, el atronador horror de la guerra, la locura, la furia y el caos unidos a la intensidad de una banda sonora tan vibrante y rotunda como efectiva, una dulce criatura -Amiah Miller dando vida a Nova- de mirada azul y transparente, símbolo de la aceptación y la concordia, nos irá robando el corazón hasta hacerlo suyo.
Y es así como tan sugerente, inteligente, original y deslumbrante película, que este humilde cronista ha disfrutado con el mismo asombro y emoción de un niño, me ha transportado de pronto a los lejanos días de mi adolescencia cuando la delicada tersura de la inocencia prevalecía aún sobre la áspera piel de la culpa.