Tres regresos y una llegada

Emilio Ibáñez
Sep 3, 2018 · 7 min read

En las universidades hay incertidumbre por un difuso receso invernal. En La Plata, los profesores se despidieron con un dudoso “hasta pronto” sin que ellos estén seguros de que así sea. Argentina está atravesando un derrumbe institucional asediado por intereses ajenos a los derechos de la población. Un formato neoliberal egoísta en la repartición es responsable de esta dudosa despedida que todos los estudiantes presenciamos a mediados de Julio. No hay dinero para sostener la educación pública, los recortes son exagerados, el presupuesto no alcanza, por este motivo y como medida de protesta también en defensa de la educación gratuita, se espera que se prolongue el receso y todavía no hay fecha definida para retomar el segundo semestre universitario. Por el momento es hora de poner la cabeza en frío, hay tiempo de descanso, y para quienes no somos de acá, es hora de volver a casa.

El pueblo mágico

El 13 de Julio fue el momento de partir para mí y mi hermano. Antes de regresar a nuestra querida provincia de La Pampa, hicimos una visita por Leandro N. Alem, pequeño pueblito de la provincia de Buenos Aires que no cuenta con más de 3.000 habitantes. Ahí nos esperan nuestros abuelos, apodados “pequecos” en nuestra familia, y “pichona” y Don Ibáñez por el pueblo. Llegamos el 14 de julio. El rebote metálico de la tapa de la Essen fue el primer indicio de que habíamos llegado a buen puerto, había pasta casera y todo un almuerzo por conversar. Mi abuelo, Roberto Ibáñez, padre de mi padre, también llamado Roberto Ibáñez, fue docente rural. Mi abuela, Ana Norma Pecollo, fotógrafa. Él, con sus 84 años, vé poco pero escucha mucho, ella con sus 79, escucha poco pero vé mucho (sin usar lentes). Mutuamente indispensables. Siempre visitar Alem conlleva adaptarse a un sistema de comunicación trabajoso pero práctico con la costumbre. Gritar para oír y explicar para ver.

En Alem, hay que saludar a cada persona con un breve asentimiento, las bicicletas pueden ser olvidadas por largas horas en una vereda y las puertas de las casas no conocen las llaves. Todos se conocen y todos tienen apodos. Como aquellos tres hermanos que eran llamados los “chupa focos” por su gran altura o “tetita”, un hombre que vive aún con su madre y toma Nesquik. Las insólitas historias de pueblo nunca faltan, la de aquel hombre que pudo morderse los dos ojos o la banda que tenían que ensayar sin falta en la casa del acordeonista porque tenía prisión domiciliaria. Todas, contadas con una llamativa normalidad.

Dentro del hogar de mis abuelos se deposita una sabiduría armoniosa. La memoria infalible de mi abuelo logra transportarte a hechos de hace cincuenta años atrás contados al pie de la letra, las creencias sobrenaturales de mi abuela te hacen levitar a diez centímetros del suelo y las visitas constantes de Manolo, viejo amigo de la familia, te llevan a las conversaciones más interesantes de interés general del siglo XX y XXI. Por las noches silenciosas se escucha a lo lejos la vibración de los rieles y la bocina del tren perdida en la nada, causando temor en más de un paisano que confunde la luz movediza en la oscuridad con la temida “luz mala”. En Alem la magia existe porque el pueblo la hace existir.

Es 20 de Julio, es el Día del Amigo. Mi hermano marchó hace días a La Pampa, yo decidí quedarme para partir hoy a la noche y llegar el 21. En Alem no hay terminal, por lo que cada viaje en colectivo es emprendido desde Junín, a 40 kilómetros de distancia aproximadamente. El pasaje dice 22 horas, el viaje comenzó a las 23. Al momento exacto de subir al colectivo ya noté que iba a ser un viaje difícil. Mucho calor y alborotadores infantiles. Dormir fue casi imposible.

Volver a casa

Estoy en Santa Rosa, son las cinco de la mañana. En la terminal me espera Tutu, un viejo amigo apodado así por su devoción por las tutucas, ahijado de mis padres, yo ahijado de los suyos. Esta vez mi primer indicador no fue el rebote de una cacerola hirviendo, si no el de mis dientes, el tiriteo inmediato al bajar del colectivo me hizo notar que ese inigualable frío seco de madrugada pertenece a mi querida ciudad. Estoy en casa.

Decidimos dar una vuelta por la ciudad en el frío sábado de madrugada, tanto para actualizarme un poco como para conversar con un viejo amigo. Todavía es de noche y muchos salen del boliche, el pavimento sigue roto y el centro tranquilo. Llegué a casa a las seis de la mañana y me fundí en un largo y profundo abrazo con mis dos mejores amigos, mis perros, Roco y Timy. Timy cada vez más viejo, Roco cada vez más gordo. Mis viejos y mi hermano duermen.

Santa Rosa es una ciudad calma, neoconservadora, todavía hay personas que se preocupan más por lo que hacen los demás que por sí mismas, las autoridades son nefastas y sus funcionarios incapaces. El principal atractivo es la vieja Laguna Don Tomás, donde todo santarroseño pasa largas tardes en compañía de amigos y mates.

El santarroseño cuando vuelve a Santa Rosa nunca encuentra grandes novedades, y eso es lo que resulta tan agradable. En Santa Rosa está todo como uno lo dejó hace tiempo, las personas, los objetos y los lugares. Te hace sentir que estuviste ahí hace tan solo días. Además de compartir tiempo con mi familia, tengo tres objetivos ineludibles ya decididos. Visitar a mis padrinos sanjuaninos, asistir a un cumpleaños de 50 antes de partir y ver a todos mis amigos.

Nuestro grupo de amigos es grande, somos todos diferentes, pensamos diferente, lucimos diferentes, pero andamos de acá para allá como si fuéramos lo mismo. Las historias en Santa Rosa son otras, acá no entran en juego duendes ni la famosa leyenda de “El Sátiro” como en Alem, acá hablamos de lo vivido, de momentos hermosos y terribles, experiencias, anécdotas, aprendizajes y de fútbol, mucho fútbol.

Las canchas de césped sintético siempre son protagonistas de nuestros primeros encuentros grupales en la ciudad, hecho que genera putear a un amigo a 10 minutos de haberlo reencontrado después de largos meses. Siempre reconfortante.

Los viernes y sábados son esperados como los días de gloria, rejuvenecemos y nos encontramos con todos aquellos personajes que vivieron con nosotros la adolescencia, algunos más calvos, más barbudos o panzones, pero con el mismo espíritu guerrero de un sábado fortuito por completar de pie.

Es 1 de agosto, mañana regreso a La Plata, hoy es el cumpleaños de Cristina. Ella ocupa el podio junto a mi vieja y mi madrina como una de las responsables de ser quien soy hoy. Y antes de partir, no puedo fallarle. Compartimos una tarde muy agradable con ella y todas sus amigas. Tomamos mates extremadamente dulces y comimos torta sin cesar. Fui el más joven del lugar, pero fácilmente pude adaptarme y compartir una tarde de risas y charla con toda ellas. La ciudad está bien, mis amigos están bien y mi familia está bien. Es hora de regresar.

Una promesa cumplida

Revitalizado. Así llegué a La Plata, es 3 de agosto, tengo una semana para avanzar lo suficiente en una entrega de un material audiovisual. Mi reencuentro con mi amigo y colega Andy fue puramente laboral, en una semana de trabajo, pudimos avanzar lo suficiente.

Es el mediodía de 10 de agosto y tengo que llegar rápidamente a Aeroparque. A las 14 horas parto para la ciudad de San Juan. Allá me espera lo inesperado y otro muy viejo amigo que se recibe como Licenciado en Turismo, el Negro Tello. El viaje en avión dura solo una hora y media, donde basta con subirse y distraerse para ya llegar a la provincia sanjuanina. San Juan es desértico, las montañas limítrofes con Chile crean un paisaje formidable a la distancia. El Negro me espera en el aeropuerto junto a su novia Carolina, de ahí partimos a casa de sus abuelos y de dónde escuché la ya famosa frase célebre:

-¡Que grande que estás niño! ¿No se acuerda de mí? Yo a vos te conocí cuando eras muy chiquito, no se debe acordar- me dijo la abuela del Negro.

Resulta que el Negro ocupa 21 años de amistad en mi vida, lo mismo que ocupan Tutu y su hermano Marquitos, también amigos del Negro. Por lo que sí, probablemente haya conocido a sus familiares antes, pero no tengo ni el más mínimo registro.

En San Juan los hombres desconocidos se saludan con la mano, a las mujeres se las saluda con un beso en cada cachete, el vino es el sustituto absoluto de lo que acá es la cerveza, el mate se toma dulce el 80% de las veces, se come mucha semita vendida a bajo costo, es normal que se les trate a las personas de “usted” y la torta frita allá es llamada “sopaipilla”. Fue duro adaptarse en sólo 3 días.

Las historias de Beto, el abuelo del Negro, me transportaron al mío. Sabio y memorioso, con buen sentido del humor y muy cálido, al igual que toda la familia Tello conmigo. El Negro es nacido en Santa Rosa, pero sus padres son de San Juan, por lo que toda su familia está allá, y así tuve la oportunidad de conocerlos. Muchos, por cierto.

Mis desayunos fueron semitas y mate dulce hasta el 14 de agosto, un día antes, el 13, fue el día en el que el Negro se convirtió en el Licenciado en Turismo Pablo Ezequiel Rodríguez Tello. Tuve que disimular alguna que otra lágrima intrusa cuando formalmente y con 10, un viejo amigo que pasó duros momentos se coronó en lo que le apasiona. Por mi parte, había cumplido con lo mío. Acompañado fielmente de acá para allá con música, San Juan me dejó un gusto a “Gratitud”, segundo álbum de Los Espíritus.

-Fue muy importante que hayas venido hermano. Te agradezco- fueron las últimas palabras del Negro el 14 de agosto en el Aeropuerto de San Juan a las 15 horas, una hora y media antes de partir nuevamente a Buenos Aires.

El camino fue largo y variado. Las personas también. Ahora en la ciudad de La Plata nuevamente, he retomado mis tareas semanales y responsabilidades, la incertidumbre de Julio sigue vigente ante los preocupantes zócalos de los medios de comunicación. El “hasta pronto” se extendió demasiado y se convirtió en un “hasta vaya a saber cuándo”. Los cuadernillos están apolillados y las lapiceras extraviadas. La ilusión de una masa juvenil poderosa incrementa la presión del Estado egoísta. Escribo aún con algo de incertidumbre, esta vez de agosto, pero de pie y presente para poder redactarlo.

Emilio Ibáñez

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