John Paul Lugo: Un artista de los motores que nació mecánico

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Por: Emmanuel “eMMa” Márquez / Especial para Fiebrando

Cuando su papá apareció con aquel Go-Kart de segunda mano, John Paul Lugo sabía exactamente lo que iba a hacer con el. Su única experiencia era haber desmontando un radio, pero aquel niño de 11 años iba convencido a desmantelar aquella máquina del tiempo que estaba de moda entre los vecinos de la calle Bucare de Punta Las Marías.

Varios días después, el carrito era solo cantos, piezas de un proyecto científico que con cada tornillo y cada tuerca construía lo que sería la vida de un mecánico apasionado.

“Cuando mi papá me trajo el Go-Kart yo dije; lo voy a pintar y en el piso le puse lija de patineta”, cuenta John Paul. “Un día mi papá llega y yo tengo el motor desarmado por completo en una mesa en la marquesina de mi casa. Yo no sabía armar eso para atrás”.

Y así comenzó todo, con la curiosidad y el deseo intenso por conocer el interior de los aparatos electrónicos. Gracias a Dios existían los buenos vecinos en aquel tiempo, específicamente Don Felipe, el jardinero de la urbanización que por su experiencia con máquinas de cortar grama ayudó a montar el Go-Kart y ponerle ruedas a la imaginación de John Paul.

“Recuerdo que le rebajamos las tapas [del bloque] con una piedra, para que corriera más. Una vez yo armé ese motor, pues entonces yo era el mecánico de todos los Go-Karts y me los traían para yo arreglarlos”, recuerda Lugo.

Como todo mecánico “JP” comenzó siendo un fiebrú de las series de televisión Starsky and Hutch y The Dukes of Hazzard. También leía fervientemente las ediciones de Popular’s Mechanics. Era un “junkie” de las tiendas Radio Shack y dibujaba autos en cuanto papel le daban en la escuela.

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1969 Dodge Charger utilizado en la serio The Dukes of Hazzard.

La transición era inevitable, pronto, Lugo pasó de desmantelar radios y Go-Karts a trabajar en los autos de diferentes vecinos y amigos que no podían creer lo que veían; un mecánico — casi — experto a los 13 años.

“Un día mi hermana me llevó a donde este señor que sabía de mecánica y cambiamos unos frenos”, dice Lugo. “Esto era como un “big thing” para mí. Y cuando yo vi que él lo desarmó dije; ‘esto es una bobería’ y él se sorprendió porque vio que yo sabía y lo aprendí rápido, porque ya yo hacía cosas.”

“Antes, a los 12–13 años ya tú eras experto en lo que hacías, porque lo hacías todos los días”. JPL

“Cuando aprendí eso, se abrió otra puerta de posibilidades. Empecé a arreglarle los frenos a mis vecinos o a mis amigos. [Había] gente que llegaba a mi casa y decían; ‘mira me dicen que hay un mecánico aquí’. Y era yo, tenía 13–14 años y como que se sorprendían”, añadió Lugo.

Más de 30 años después, todavía aquí huele a grasa y aceite. Las herramientas son las mismas; pinzas, martillos y destornilladores. Pero ahora hay piezas que valen miles de dólares en sus manos. Son los juguetes de otros niños grandes como él, algunas fantasías cumplidas y otros, errores que solo se olvidan cuando se presiona el acelerador.

John Paul es un artista, es más, es casi un doctor que puede operar pacientes de todas la nacionales; orientales o europeos, de todos las edades; nuevos o con mucho millaje y de todas la razas; pinturas brillantes o tonos pasteles.

Para él, el auto es mucho más que un simple método de transporte, mucho más que un juguete o el símbolo de estatus social. El auto son las alas para volar a un libertad con la que siempre soñó de niño.

“Es como una nave para tú transportarte a la independencia”, dice JP sobre los autos. “Tú te vas y te disfrutas ese manejo, esa libertad. Hoy en día no se ve tanto porque la gente necesita otras cosas. Pero en mi época, tú tener la licencia y decir tengo carro era wao, yo me puedo ir, yo puedo viajar, yo puedo ir rápido”.

Esa primera nave de libertad y satisfacción estaba muy lejos de los modelos que JP trastea en estos días. No tenía poder, no era rápido, mucho menos lujoso, pero sí le brindaba la posibilidad de llegar a lugares lejanos. “Mi primer carro fue un Mazda 323 hatchback del ’86 y qué yo no le hice a ese carro”, recordó Lugo.

En el, JP realizó ese primer viaje de 16 kilómetros desde el Barrio Ensenada de Guánica hasta La Parguera en Lajas que como dicen por ahí, le voló la cabeza. “A mí me dieron hasta escalofríos”, dice Lugo de ese primera aventura cuando tenía alrededor de 16 años. “¡Wow, yo voy a guiar solo hasta La Parguera, that’s a long trip!. Y tengo break para ir rápido muchas veces. Y recuerdo que llegué allá y fue como un logro”.

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1986 Mazda 323 hatchback

Es un sentimiento que JP solo había experimentado en su infancia con un vehículo más simple y barato, la bicicleta. “La bicicleta fue el primero, el primer vehículo, porque tú te montas y te fuiste y tu mamá no esta al lado tuyo. El carro es el próximo paso”, dijo Lugo. Pero la bicicleta se convirtió también en mucho más que un vehículo para él. Compitió activamente en la Federación de Ciclismo de Puerto Rico [FECIPUR] y hasta dicen las malas lenguas que le daba duro. Hoy día, JP sigue acudiendo a la bici como una forma de relajación, sin perder su visión científica-mecánica.

El camino hasta aquí fue largo. Sus primeras huellas todavía están marcadas entre la calle Tapia y la Loíza, allí en Auto Emporio, donde Lugo apretó su primeras tuercas. Muchos años después abriría su primer taller, con la duda de si funcionaria, pero con la certeza de que estaba donde quería estar, haciendo lo que quería hacer.

“Cuando yo llegué a este espacio yo pensaba que era muy grande para mí. De verdad que tenía hasta miedo”, dice Lugo. “Cuando yo paré un día aquí porque decía se alquila o se vende y entro, como que me asusté. Pero son de esas cosas que tú dices; ‘Just do it’ y es destino también. Yo creo que eso tiene mucho que ver.”

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Foto: Gabriel Quito Hernández @Fiebrando

Hacen ya 16 años de ese momento, Diez en su primer local en Villa Palmeras y otros seis ahora en JPR Motorwerke en Carolina. Es un espacio que se ha amoldado a las necesidades y deseos de JP, un sitio que simplemente se ha convertido en su segundo hogar y donde la vocación y la pasión es evidente en él y en todos su empleados.

“Desde que yo entré y empecé a formar y arreglar yo dije; ‘aquí es que es’. Todo se veía bien familiar. Tu ves cosas que no llevan ni seis meses y tú te sientes demasiado familiar. Es como si entraras a tu casa. Definitivamente aquí me quedo, aquí se va a acabar todo”, dijo Lugo sobre su taller.

En la actualidad JPR goza de la confianza de sus clientes y el respeto de la industria. Es una autoridad en la reparación y modificación de modelos europeos como Porshe, BMW, Ferraris y todo lo que está entremedio.

Eso, precisamente, Lugo también se lo debe en parte a otro vecino. Aunque su carro favorito es un Ford Shelby Cobra, JP fue encontrando el amor por el diseño europeo de la mano de un mecánico que vivía en su vecindario y se ganaba la vida poniendo en servicio autos provenientes del otro lado del Atlántico.

“Uno de mis vecinos era el jefe de mecánica de Caribe BMW y ellos traían los Ferraris también” explica Lugo. “Ese señor alemán que vino a trabajar aquí, fue uno de los que me empujó hacia los carros europeos. Yo antes trabajaba más los carros domésticos, pero ahí comienza mi gusto por los carros europeos , ahí es donde yo me enamoro y ahí se acabó la historia”

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Foto: Gabriel Quito Hernández @Fiebrando

Desde entonces, la receta de JPR es simple: honestidad y vocación, los valores que frecuentemente distinguen a quienes son exitosos en la vida.

“Yo creo que en todas la profesiones es lo mismo, uno tiene que ser sincero y honesto”, expresó Lugo. “Uno no puede cubrir cosas porque esto se vende solo, los carros se van a dañar, son máquinas, tú no tienes que inventarte nada, la máquina se hizo y se mantiene, y el mantenimiento no significa que no te va a dar problemas”.

“La mentalidad de un buen mecánico o un tipo que quiere arreglar algo es que tiene la confianza de decir eso lo hizo alguien y yo lo puedo hacer también. Y eso te hace meterle caña”, añadió.

Si algo queda claro es que John Paul Lugo es un mecánico con vocación, un artísta de los motores y casi un sicólogo para los clientes y los fiebrus. ¡Seguimos Fiebrando!

-eMMa.

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