Un sofá y un abrazo extraño

De ese sábado no pasaba. Lo habían hablado muchas veces y de ese día no pasaba, al menos el ir a mirar. Cogieron el coche y en pocos minutos llegaron al polígono industrial. Era un sábado caluroso, como lo son todos en verano y no había muchos coches aparcados. En realidad solo había una pequeña furgoneta blanca y un utilitario rojo. Aparcaron justo al lado de este último, esperando que la sombra del edificio les hiciera el favor de mantener el coche a una temperatura habitable para cunado salieran. La tienda de muebles era de las pequeñas, no como los almacenes de esa cadena sueca que ha convertido en imposible diferenciar un salón de Barcelona de uno de Gainesville. Ella tenía ganas de buscar un sofá nuevo, porque ya no sabía cómo definir el mueble en el que se sentaban a ver la televisión. Años de uso intensivo coronados por el último año de vida de su perra de raza carlino, incontinente por la medicación, habían convertido el sofá en una masa blandengue e incómoda llena de manchas. Cuando entraron en la tienda el aire acondicionado les dio la bienvenida. Demasiado frío, demasiado. Al entrar vieron que a la derecha había una chica tras un escritorio. Parecía tan desganada como lo puede estar alguien un sábado de agosto cuando le toca trabajar. La mujer preguntó a la chica donde tenían expuestos los sofás. “En la primera planta” le contestó, casi sin dejar de mirar el teléfono móvil. Subieron al primer piso, y empezaron a recorrer los pasillos que formaban los propios muebles. Al fondo de la planta había una mujer rubia y una niña pequeña que correteaba entre risas.

Fueron mirando, probando, descartando y criticando los diferentes muebles en exposición. “Este está bien, pero es demasiado grande”, dijo él. Siguieron mirando, pero en el fondo ella sabía que no comprarían un sofá ese día. Tenía esa certeza. De repente, la niña pequeña que correteaba al fondo de la tienda empezó a caminar hacia la pareja. Al principio despacio, luego corriendo. La miraba a ella, y aún con el chupete en la boca, repetía una palabra que ninguno de los dos llegó a entender. La pequeña llegó a los pies de la mujer y levantó los brazos. Es el lenguaje universal para “¡aupa!”, de eso no cabe duda. La mujer que acompañaba a la niña se acercó con una sonrisa en los labios, mientras la pequeña no cejaba en su intento de que la mujer la cogiera en brazos. AL final, y más por insistencia de la niña que por verdaderas ganas, la mujer la cogió en brazos. EN el momento en que la mujer abrazó a la niña, esta se le aferró al cuello y puso su cabecita entre el cuello y el hombro de la mujer, ese tipo de abrazo que solo una niña da a su madre o padre. Ese tipo de abrazo cuando te sentías a salvo de todo en brazos de alguno de tus progenitores. La mujer mayor miró a la joven y, con un acento que situaba a la mujer en algún punto de Europa del este, se señaló su propia cara y dijo: “Tú como su mamá”. La mujer joven la miró con sorpresa, miro a su marido y volvió de nuevo a mirar a la mujer. Sonrió, pensando que el parecido debía ser increíble, dado que una niña pequeña la había confundido con su propia madre. Se empezó a sentir un poco incómoda, la niña era adorable, la mujer muy amable, pero la situación era ciertamente perturbadora. La abuela de la niña tal vez se percatara, o tal vez creyera que ya era hora de proseguir con sus compras y cogió a la niña. La pequeña empezó a lloriquear y la abuela repitió, mientras esbozaba una sonrisa, “tú eres igual que su mamá”. La niña empezó a llorar y su abuela le dijo algo, con una voz muy dulce y suave, pero en un idioma que la pareja no pudo entender.

La pareja siguió mirando muebles pero la mujer solo podía pensar en si vería a la madre de la niña, para poder comprobar si el nivel de parecido era tal como su hija parecía demostrar al haberlas confundido. Recorrieron la primera planta, ya no buscaban un sofá, ni nada en concreto, solo caminaban por la tienda, él mirando de reojo a su mujer y ella pensando en el abrazo de la niña. Cuando regresaron al principio de la exposición, al lado de los sofás, ya no estaban ni la niña ni la abuela. Tampoco se habían cruzado con ningún otro cliente. Se miraron y decidieron regresar a la planta baja. Allí, como si no hubieran pasado más de dos minutos seguía la chica tras el escritorio, mirando su móvil. No había nadie más en la tienda. La pareja decidió que definitivamente ese no era el día en que comprarían un nuevo sofá, así que salieron de allí y fueron hacia su coche que seguía aparcado al lado del utilitario rojo, que a su vez estaba aparcado al lado de la pequeña furgoneta blanca.

Entraron en el vehículo, recalentado por el sol de agosto, y ella pensó “¿qué narices ha pasado ahí dentro?”. Se sentó en el asiento del copiloto, cogió el cinturón de seguridad y, al ir a encajar el cierre, se dio cuenta que en su camiseta, de color negro, había un cabello rubio de la niña. Tuvo un pequeño escalofrío, pese al calor que hacía dentro del coche, mientras cogía ese cabello y bajaba la ventanilla para deshacerse del mismo. “¿Quieres ir a tomar una cerveza?” le preguntó él. “Por favor, sí” contestó ella.

PD: Esto pasó en agosto de 2017 y seguimos sin comprar un sofá.

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Cosas varias que corretean por mi mente. No afiliada a los Boy Scouts de América. Su tabaco, gracias.

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