Lecciones de la transición: Caso Indonesia
En su obra “Transiciones democráticas: enseñanzas de líderes políticos (2016)”, Sergio Bitar y Abraham Lowenthal, de la Universidad de Harvard, recopilan “el testimonio y las experiencias de trece expresidentes y primeros ministros de nueve países” que contribuyeron al éxito de transiciones desde regímenes autoritarios hacia la gobernanza democrática. De esta manera, el libro recoge las lecciones de los procesos de transición de Brasil, Chile, España, Sudáfrica, Polonia, Filipinas, Indonesia, México y Ghana. En esta oportunidad, con la ayuda del testimonio del ex presidente B.J. Habibie, analizaremos desde la óptica del liderazgo político las enseñanzas de la transición en Indonesia.

La compleja y extenuante transición en Indonesia (1966–1998)
De acuerdo a Effendy, de la Universidad Islámica Estatal de Yakarta, “Indonesia es un Estado que se sitúa en un archipiélago que comprende más de 13.000 islas divididas tanto por la geografía como por etnicidad, religión y clase social. En el país conviven 366 grupos étnicos diferentes. El islam es la religión predominante: el 87% de los indonesios la profesan. Existen también comunidades católicas, protestantes, hindúes, budistas y confucionistas”. En este sentido, el autor sostiene que debido a las divisiones de carácter étnico y religioso “alcanzar un consenso nacional y lograr una autoridad legítima ha resultado difícil en Indonesia”.
Indonesia obtuvo su independencia en 1945. Posteriormente, los planes de la instauración de una futura democracia se hicieron a un lado, cuando Indonesia, según el autor, “se vio obligada entre 1945 y 1949 a defender su independencia ante la amenaza de una posible vuelta al colonialismo holandés”. La lucha con los países bajos terminó en1949. Indonesia, en tanto, adoptaría el sistema parlamentario de gobierno.
En 1955, culminaría la etapa de democratización en Indonesia con la convocatoria a elecciones generales. Sin embargo, la ilusión duró poco.
Así describe Effendy el desarrollo del proceso siguiente: “El Partido Nacionalista Indonesio, Masyumi, Nahdlatul Ulama y el Partido Comunista Indonesio (PKI) surgieron como los cuatro partidos mayoritarios. A pesar de que las elecciones fueron libres y justas, ni el gobierno ni la Asamblea Constituyente funcionaron bien. Entre diciembre de 1949 y marzo de 1957, hubo al menos ocho cambios de gabinete o de gobierno en un momento en que fue necesario abordar la cuestión de la unidad nacional, en detrimento de los graves problemas sociales, económica y política del país. La Asamblea Constituyente tampoco redactó la Constitución ni decidió si debía adoptarse la Pancasila, el islam o la socioeconomía como ideología del Estado”.
Y se produjo la ruptura. Con el objetivo de superar “la parálisis política” en la cual se había sumido la nación, “el presidente Soekarno emitió en 1959 una serie de decretos que establecieron la recuperación de la Pancasila y la Constitución de 1945, así como la disolución de la Asamblea Constituyente. Dado que la Constitución de 1945 otorgaba un gran poder al ejecutivo, Soekarno pudo gobernar con mano firme”, explica el autor. Comenzaría, de esta manera, la regresión al autoritarismo.

Para Effendy, las medidas de Soekarno “supusieron la quiebra del primer experimento democrático de Indonesia. En el apogeo de su poder, entre 1957 y 1966, Soekarno limitó las libertades públicas y encarceló a sus rivales políticos sin garantías procesales”.
Finalmente, la dictadura de Soekarno se concretaría en 1965. Así lo narra en detalle el autor: “El gobierno de Soekarno, llamada «Democracia Guiada», finalizó con un golpe de Estado el 30 de septiembre de 1965 tras el asesinato de seis altos generales del Ejército. El golpe lo dirigió el teniente coronel Untung Samsuri que custodiaba a Soekarno. Junto a fuerzas sociales y políticas anticomunistas, entre ellas los musulmanes, el Ejército encabezó una violenta purga que causó un elevado número de víctimas entre los miembros del PKI y sus supuestos simpatizantes. Bajo la dirección del general de división Soeharto, excomandante del Comando de Reserva Estratégico del Ejército que sofocó el golpe y se puso al mando de la situación en septiembre, se formó el gobierno del Nuevo Orden con el propósito de abordar las deficiencias del régimen anterior, el Viejo Orden, pues así se denominó al periodo entre 1950 y 1965. El nuevo régimen rechazó tanto el periodo de democracia liberal (1950–1957) como el de democracia guiada (1957–1966), a los que tachó de ineficaces para satisfacer las demandas de la ciudadanía en cuanto a estabilidad y crecimiento económico”.
En este sentido, “el gobierno del Nuevo Orden persiguió la estabilidad por encima de una profundización de la democracia. Entre 1966 y 1998, el gobierno de Soeharto desalentó la competencia política e instauró un «régimen represivo-desarrollista»”, sostiene el autor.
De acuerdo al autor, en adelante, “mediante una hábil ingeniería política, Soeharto puso freno a las libertades políticas, limitó el número de partidos y redactó una ley electoral que restringía la competencia y controlaba los resultados de las elecciones”.

No obstante, la dictadura procuraba, a toda costa, mantener visos de legitimitdad. Para ocultar su naturaleza autoritaria, “el gobierno del Nuevo Orden celebró elecciones parlamentarias con regularidad (1971, 1977, 1982, 1987, 1992 y 1997). El Golkar, el partido en el poder, siempre ganó esas elecciones. La mayoría de los votantes se sentían demasiado intimidados por la represión para escoger las papeletas de otros partidos; de ese modo, el Golkar obtenía entre el 60 y el 70% de los votos”, explica el autor.
Pese a su ataque a las libertades civiles en lo político, su desempeño en lo económico distaba enormemente. De esta manera, “en contraste con su postura política antiliberal, el Nuevo Orden adoptó una política económica liberal. El giro hacia una economía de mercado permitió al gobierno atraer inversiones extranjeras y obtener el apoyo de las instituciones financieras internacionales. Obtener el apoyo de las instituciones financieras internacionales. Durante muchos años, Indonesia fue uno de los «hijos predilectos» del Banco Mundial”, arguye el autor.

Luego de décadas de este perverso sistema que mezclaba la ingeniería política con una economía de mercado para recibir créditos y ayudas en el sistema financiero internacional, llegó el fin de la dictadura. El desencadenante fueron las manifestaciones sociales producto de la séptima reelección de Soeharto en el cargo. Así lo cuenta Effendy: “En marzo de 1998 Soeharto fue reelegido para su séptimo mandato de cinco años. Sus partidarios afirmaban que el país precisaba su liderazgo, pero Soeharto se hallaba en una posición difícil. La crisis monetaria asiática había golpeado con fuerza Indonesia y la devaluación de la rupia en agosto de 1997 fue la principal causa del desplome de la economía del país, que se contrajo en un 18%. Los disturbios y el derramamiento de sangre resultantes provocaron cuantiosos destrozos en la capital, Yakarta. A su vez, la crisis financiera desencadenó otras crisis que sacaron a la luz los problemas sociales, políticos y económicos de Indonesia. El último mandato de Soeharto solo duró tres meses, desde marzo hasta mayo de 1998.”
El 21 de mayo 1998, luego de más de 32 años al poder, Soeharto dimitió a la Jefatura del Estado. El mismo día, su vicepresidente B. J. Habibie prestó juramento como tercer presidente de Indonesia. Iniciaba, de esta manera, la transición a la democracia.
Sin embargo, con la dimisión del dictador apenas iniciaban los problemas. “La toma de posesión de Habibie fue acogida con ambivalencia. Sus partidarios, la mayoría musulmanes modernistas vinculados a la Asociación de Intelectuales Musulmanes de Indonesia, sostenían que el nombramiento de Habibie era conforme con la Constitución. Sus oponentes, por el contrario, lo consideraban un confidente cercano a Soeharto y, por tanto, parte del problema. Por consiguiente, demandaban la renuncia de Habibie”, relata Effendy.
La incertidumbre prosiguió en los próximos meses. El estamento militar también fungía como una espada de Damocles del nuevo presidente. “Ante la falta de un apoyo amplio, Habibie cayó en la cuenta de que debía tomar decisiones estratégicas para garantizar su permanencia en el cargo. Una de sus decisiones clave fue establecer el control civil sobre las Fuerzas Armadas, que llevaban décadas actuando como guardia pretoriana del Estado”, señala el autor.
Para resaltar la importancia del sector militar en Indonesia y la complejidad que acarreaba la relación con este, Effendy describe lo siguiente: “Al parecer Soeharto había hecho ciertos preparativos por si Habibie no era capaz de restaurar el orden nacional. El general Wiranto, ministro de Defensa y comandante de las Fuerzas Armadas, conservaba una orden no revelada de Soeharto para rescatar la nación «por todos los medios necesarios» en caso de emergencia política. El propio Wiranto reveló a Habibie la existencia de tal orden, y Habibie le permitió mantenerla por si la situación empeoraba; de ese modo demostró que confiaba en la integridad de Wiranto y se ganó su lealtad”.
La transición, en tanto, pendía de un hilo.
Sin embargo, Habibie, hasta hace poco un enigma para el país, resultó ser el lider que promovería, definitivamente, el proceso de liberalización en Indonesia. “De conformidad con lo dispuesto en la sesión especial de la ACP de noviembre de 1998, en abril de 1999 se celebraron elecciones parlamentarias. Habibie desempeñó un papel esencial, al promulgar una serie de normas que garantizaron elecciones competitivas libres y justas. Entre tales normas cabe destacar la que eliminaba el derecho a voto de los miembros del Ejército, así como la que eximía a los funcionarios de la obligación de votar por el Golkar. También atribuyó al comité de supervisión electoral la autoridad para vigilar, mediar en controversias y emprender acciones legales ante cualquier violación de las normas electorales. Ese fue un avance importante”, narra Effendy sobre las reformas del presidente.
El resultado de las mismas no se hizo esperar. “Las elecciones de 1999 fueron relativamente competitivas, democráticas y pacíficas. En ellas participaron 48 partidos políticos. El Partido Democrático de Indonesia por la Lucha obtuvo la mayoría en el Parlamento con 153 escaños”, detalla el autor.
Finalmente, la transición se produjo: “Habibie tenía claro que no contaba con suficiente respaldo político en el Parlamento recién elegido. Así pues, decidió no presentarse como candidato a la presidencia en octubre de 1999. Golkar eligió a Abdurrahman Wahid como cuarto presidente de Indonesia. Megawati, líder del partido vencedor (PDI-P), fue nombrada vicepresidenta”, explica Effendy.
Luego de 40 años, Indonesia elegía a su presidente en elecciones libres, universales, directas y secretas.
Lecciones desde el liderazgo político
B. J. Habibie, ingeniero de profesión, tuvo una estrecha relación personal con Soeharto, presidente autoritario del país durante 32 años. Soeharto lo convocó en 1974 para dirigir la empresa aeroespacial estatal y asesorar al gobierno sobre cómo promover la tecnología. Entre 1978 y 1998, Habibie ejerció de ministro de Estado de Investigación y Tecnología. Soeharto le fue asignando responsabilidades más amplias y delicadas hasta que lo nombró vicepresidente en 1998. Habibie fue miembro del Golkar, el partido en el gobierno, y presidente de la Asociación de Intelectuales Musulmanes. Conocía los mecanismos de poder de la Indonesia de Soeharto, aunque no disponía de una base de poder propia excepto en la burocracia relacionada con la Asociación de Intelectuales Musulmanes; además, por lo general no gozaba de popularidad entre los militares y la oposición. Habibie llegó a la presidencia por medio de una sucesión constitucional, respaldada por el Parlamento, que evitó una peligrosa lucha de poder entre los altos cargos de las Fuerzas Armadas. Los cambios que introdujo se han mantenido, en líneas generales, en el largo proceso de construcción de la gobernanza democrática de Indonesia.

El factor económico
Par el ex presidente Habibie, el factor económico fue fundamental en propiciar la transición a la democracia de su país. “La situación financiera agravó la incertidumbre y dio pie a problemas económicos cada vez mayores que llevaron a las fuerzas sociales, políticas y militares de Indonesia a forzar la dimisión de Soeharto”, afirma.
El cisne negro
Sobre el papel de lo inesperado en la historia, el presidente recuerda: “Nunca me interesó ser presidente del país. Ni siquiera me interesaba ser ministro. Mi única ambición era introducir en Indonesia tecnología para fabricar aviones”.
Acerca de su rol, su visión es diáfana: “Nunca me he considerado un político, pero sobrevivo en este ámbito. No es que no entienda la política; la comprendo muy bien. Pero no es el medio para llegar a ser lo que quiero. Ese medio, en mi caso, es la ingeniería; fabricar aviones y barcos”, afirma.
Control civil del estamento militar
Controlar el sector militar es indispensable en cualquier proceso de transición. En el caso de Indonesia, la importancia aumentaba, sobre todo después de conocer que el dictador Soeharto tenía planes para volver al poder. Sobre su rol, Habibie explica que: “El jueves 21 de mayo de 1998, a las diez de la mañana, Soeharto dimitió. Tuve que asumir el poder. Empecé a formar mi gabinete esa misma tarde. Pasé la noche en vela. El viernes por la mañana presenté el nuevo gabinete. Antes de hacerlo llamé a las Fuerzas Armadas para comunicar que yo era el presidente y que debían cumplir mis órdenes”.
Acerca del papel que deben desempeñar los militares en la sociedad, el presidente es enfático: “Siempre he subrayado que los militares deberían considerarse tecnócratas: se especializan en el desarrollo y la aplicación de tecnologías para evitar la guerra y, si esto no es posible, de vencer dicha guerra ante cualquier enemigo que altere el desarrollo social y económico de Indonesia”, comenta.

Finalmente, añade: “Creo que aquellas personas que lideren una transición de un régimen autoritario a una democracia tienen que demostrar –no con palabras, sino con hechos– la importancia del control civil sobre los militares, como hice yo con Prabowo. Y lo hice con la ayuda de alguien que no formaba parte de la sociedad intelectual islámica ni era musulmán”.
Decisiones rápidas
“Tomé varias decisiones importantes para abordar los retos más inmediatos. Declaré la libertad de prensa, la libertad de expresión y la libertad de manifestación. Lo primero que hizo la gente fue salir a la calle y manifestarse en mi contra, lo cual me pareció correcto”, recuerda Habibie sobre la importancia de actuar de inmediato en algunas circunstancias.
“Mi mayor prioridad fue resolver los problemas económicos y políticos, tomando decisiones con rapidez y mejorando la transparencia mediante la buena gobernanza. Quería ofrecer a los ciudadanos libertad y los valores de los derechos humanos, la responsabilidad y los principios de la economía social de mercado, y para ello opté por introducir y acelerar la evolución y las reformas en lugar de una revolución”, mencionó el presidente Habibie.
“El viernes, menos de 24 horas después de asumir la presidencia, pedí al fiscal general que liberase de inmediato a todos los presos políticos. Los problemas se amontonaban, todo era muy confuso. Me reuní con los manifestantes, pero no con el propósito de ganar popularidad para salir elegido. No, no me interesaba ser presidente. Lo único que quería era evitar una revolución en la que podían morir muchos ciudadanos inocentes. Solo tenía un interés: devolver el poder al pueblo”, precisó Habibie.
Movilización social

Sobre la movilización social, el presidente Habibie no duda en destacar el rol desempeñado por las organizaciones estudiantiles en la transición y posterior instauración de la democracia. “Los estudiantes desempeñaron un papel importante en la caída del gobierno de Soeharto. Históricamente, desde el primer momento, los estudiantes han sido precursores del cambio en Indonesia. Y lo siguen siendo. Los estudiantes se reunieron conmigo e intercambiamos opiniones, pero no suspendieron su movilización. Algunos dieron muestras de una gran hostilidad hacia mí. Los escuché. Otros me expresaron su apoyo. Me limité a escuchar”, explicó.
Apoyo internacional
Sobre el apoyo internacional, el presidente afirma haber recibido apoyo, sin embargo, limita este a pocas naciones en el mundo. Así lo establece: “Los países que de verdad me ayudaron –no solo con declaraciones, sino con acciones– fueron Estados Unidos, por ejemplo a través del expresidente Jimmy Carter, que encabezó a las ONG que acudieron a observar las elecciones; y Alemania, que envió al antiguo presidente del Deutsche Bundesbank, el doctor Schlessinger, para ayudarnos a reestructurar el Banco de Indonesia”.
Posteriormente, enfatiza su escepticismo sobre el rol de los organismos internacional al mencionar que “los organismos internacionales, los gobiernos y las organizaciones transnacionales deben mostrarse proactivos para ayudar a mejorar la atención social y de salud, la educación y la infraestructura económica, pero no deberían inmiscuirse en la política del país. Los actores internacionales buscan su propio interés. El pueblo indonesio es el único que debe resolver los problemas sociales, políticos y socioeconómicos de Indonesia. Los actores internacionales deberían intervenir únicamente si se les pide que lo hagan, y a partir de una cooperación beneficiosa para todos”.
Lecciones de la transición
“En los momentos clave, el pueblo titubea. El líder debe demostrar que está dispuesto a actuar”. De acuerdo al ex presidente, este era uno de los principios que guiaban su accionar al frente de la transición en Indonesia. De igual forma, en lo referente a las lecciones que pueden extraerse de dicho proceso transicional para los acontecimientos actuales, él mismo detalla las siguientes para antes, durante y después del proceso:
a. De ser necesario, deben reformar la Constitución para poder poner en práctica su programa de reformas de conformidad con la legislación y el texto constitucional.
b. Los líderes han de aceptar que las manifestaciones son una herramienta democrática. Por supuesto, los asesinatos y la destrucción de bienes públicos deben tratarse como delitos, y el Parlamento no puede convertirse en una extensión de lo que sucede en las calles, pero las propias manifestaciones son una forma de expresión importante
c. Se debe proceder con firmeza y resolución. Debe mostrar un talante inclusivo (no excluyente) y formar inmediatamente un gabinete que le ayude a resolver los problemas más acuciantes de la sociedad. Es recomendable que en el gabinete haya miembros de todos los partidos políticos con representación en el Parlamento, con un peso proporcional, así como miembros de la Policía y las Fuerzas Armadas.
d. Hay que liberar a los presos políticos y establecer la libertad de expresión y la libertad de prensa.
e. Es fundamental aumentar la estabilidad y la predictibilidad en los ámbitos político y económico, aunque es posible que ello exija tomar decisiones impopulares.
f. Una vez que la situación política se estabilice, es posible que haya que convocar elecciones. Cualquier persona debe tener la posibilidad de crear partidos políticos con libertad y participar en las elecciones, siempre que cumpla los criterios pertinentes y respete la Constitución.
g. El presidente debe tratar a las Fuerzas Armadas y a la Policía como tecnócratas a fin de limitar su peso en el plano político.
h. El presidente debe ser consciente de que su función más importante, en la que debe centrarse, consiste en resolver los problemas más inmediatos de la sociedad, y no en mantener el poder y el control. El presidente ha de responder ante todo el pueblo, no solo ante su partido. La clave reside en la transparencia y la buena gobernanza.
Fuente:
Bitar, S. & Lowenthal, A. (2016). Transiciones democráticas. Enseñanzas de líderes políticos. Publicaciones Grupo IDEA Internacional.
Effendy, B. P. (2016). El emprendimiento democrático de indonesia: problemas, perspectivas y desafíos pendientes. Universidad Islámica Estatal de Yakarta En: Transiciones democráticas. Enseñanzas de líderes políticos. Capítulo 4.