Arrastrando sueño(s)

«Sombra cansada», de Gonzalo Barrio.

Miércoles 21 de octubre. Noto, más que nunca, el agotamiento. Aunque se van abriendo puertas, el peso por la falta de descanso provoca que a ratos me venza al desánimo. Apenas duermo tres horas diarias. Son tantas las cosas que tengo en la cabeza, las que se van acumulando y que no puedo gestionar en estos momentos, que casi no me sostengo en pie al finalizar la jornada, si es que finaliza, porque parece que esté viviendo un largo día que ya dura cuarenta y cinco. Hasta las 15 horas, cuando ficho para comenzar mi «empleo oficial», deambulo por las calles y por la Red, procuro resolver cuestiones pendientes y me mantengo despierto leyendo y bebiendo café, sabiendo que por la tarde estaré seis horas desconectado de mi mundo e intentando resolver los problemas de otra gente diciéndoles lo mismo que me digo: «hay que esperar», y transmitiendo información de la buena, no manipulada por los medios.

Cuento los días, hasta las horas que faltan para que llegue la primera nómina. Quienes han pasado por un periodo de necesidad viven sus primeros meses «normales» de otra manera, con ansiedad y un sentido de la responsabilidad más desarrollado (eso espero). Es curioso porque luego, con el tiempo, todo eso se pierde y pasa a ser sustituido por el desinterés. Es como cuando se inicia una relación con ilusión y luego se cae en la rutina. O como volver a firmar tu primer contrato, un acto de compromiso muy maleable con el transcurso de los meses. En mi caso, al haber ocurrido todo de manera tan repentina y sin apenas tiempo para asimilar una crisis que pudo ser más profunda, entiendo que el alivio, aun con los miedos propios de quien no acaba de creer que ya ha pasado lo peor, no se asimila de la misma manera que el de alguien que lleve parte de su vida en el limbo de las penurias. Me siento afortunado.

He comenzado a mirar anuncios para alquilar una habitación, donde sea pero no muy lejos de mi zona de trabajo. No sabría cómo medir las ganas de sentir que estoy en un espacio físico que pueda denominar «hogar». Disponer de una cama, un baño, un armario en la cocina. Ante la expectativa, el «qué hay de lo mío» queda relegado a un segundo plano. «Lo mío» pasa a ser el trabajo, el descanso, la gente que me rodea, los sueños. Que no me los quiten. Otra vez no.

J.A.M.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated En el fango’s story.