Pieza de ajedrez

Imagen de peón, libre.

Viernes 6 de noviembre. En breve. Digo que regreso al punto de partida, como si no hubiera pasado nada en estas semanas, habiendo pasado todo. Digo que en estos días he tenido dos entrevistas laborales, ambas desastrosas. Digo que ya no puedo evitar, por mucho que lo intente, el cansancio, no solo físico (¿no había escrito algo parecido hace días?). Digo que la habitación reservada ya no lo está debido a la intervención de la ¿ex? pareja del que iba a ser mi compañero de piso (ay, las relaciones mal finiquitadas, qué difíciles son cuando uno de los dos — en este caso ella — tiene al otro bien cogido por los huevos), así que vuelvo también a buscar un techo en el que resguardarme. Digo que el estado de incertidumbre se ha alojado de tal manera en mi cabeza que apenas me llega para pensar en otra cosa que no sea «encontrar trabajo, encontrar habitación». Digo que se me acumulan otras cosas que debo hacer cuanto antes. Y que llevo varias semanas bloqueado con el encargo de una web que no debería haber aceptado, porque no, porque me cansa explicar, por ejemplo, que un dominio registrado con palabras acentuadas es absurdo. Pues nada, registrado está.

Puestos a perder la cabeza, no voy a ser menos que algunos clientes.

Parece, digo, que cuanto más disparatada es mi situación, mayor locura atraigo. Al final tendré que darle la razón a Rhonda Byrne, cuya propuesta, ojo, nunca he descartado, pero que chirría al planteársela como una manera de vivir.

Me digo, ya acabando, que he de avanzar como el peón de ajedrez, cuando a veces me gustaría ser torre. O alfil.

J.A.M.

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