La casa a cuestas

Aquí está todo.

Sábado 19 y domingo 20 de septiembre. Me preguntan qué es lo que peor llevo de todo lo sucedido. No dudo en responder que el no tener trabajo remunerado. Sin ingresos regulares se me hace muy cuesta arriba superar la situación, porque no le veo remedio a corto plazo a no ser que me hagan un contrato laboral. Ahora no puedo pensar en alquilar una habitación en un piso compartido, mucho menos plantearme la posibilidad de que me quieran alquilar un apartamento. Sale alguna entrevista, pero no hay manera de concretar nada. Sí, es lo que más me preocupa.

Estos últimos tres días he podido acceder al comedor social del Pa de Sant Oleguer. Que nadie crea que solo hacen uso de este servicio de la Parròquia de Maria Reina, en Pedralbes, los indigentes y los sin techo. Hablo con gente joven con carreras universitarias, con buenos empleos que perdieron quedándose sin nada. Es habitual encontrar a familias, hasta ahora de clase media-baja, cuyos miembros no tienen trabajo y que apenas reciben ayudas. Todo lo que perciben va destinado al alquiler o a la hipoteca, no se pueden permitir quedarse en la calle. Recurren a los Servicios Sociales y a la beneficencia para alimentarse y para que sus hijos puedan estrenar ropa usada que les donan si les ven muy necesitados. Es un golpe de esa realidad a la que atendemos viéndola en una pantalla pero que dejamos pasar de largo cuando podemos rozarla con la punta de los dedos.

Este fin de semana he puesto orden en lo que hay, lo que tengo, lo que debo hacer en los próximos días.

He conseguido llenar la maleta, creo que es de unos 60 litros de capacidad, con mis pertenencias, las que han sobrevivido al naufragio — a la espera de recuperar el resto — , otras que he podido comprar gracias a las aportaciones económicas que han llegado, y algo de ropa que me han regalado. Nunca dejaré de agradecer tanta generosidad.

Aquí está todo lo que ha cabido en una maleta, un neceser y un cómodo bolso de hombro (de hombre), lo que aparece en la foto de arriba. Incluyo las prendas de ropa que llevo puestas, así que este es el balance íntegro:

TEXTIL:

. 3 pares de pantalones; 2 camisas de manga larga; 3 camisetas; 2 pantalones cortos de deporte para usar como pijamas; una sudadera; un jersey/chaqueta; 6 pares de calcetines; 6 boxers y 4 slips; una toalla de baño y otra de manos.

ASEO:

. champú; gel de ducha; desodorante; espuma de afeitar; bálsamo after shave; maquinilla de afeitar con cuatro recambios; tapones para los oídos; bastoncillos de algodón; cepillo de dientes; dentífrico; enjuague bucal; unas tijeras pequeñas; gel sin agua para las manos; un peine; unos paquetes de kleenex.

DISPOSITIVOS Y HERRAMIENTAS DE TRABAJO:

. El netbook y su correspondiente conector eléctrico; un bloc de notas; un portaminas; el smartphone; unos auriculares para el móvil; el kindle; un pendrive y la batería externa para cargar el smartphone y el eReader.

Incluyo una caja de ibuprofeno, otra de Nolotil en cápsulas y un paquete de chicles. No me olvido del calzado, el que llevo puesto.

Y con esto voy lleno. El domingo por la mañana salgo a la calle para probar cómo me manejo con los tres receptáculos y sentir la sensación de llevar la casa a cuestas. El objetivo a partir de este momento es no superar nunca la carga. Lo que llevo es lo que tengo. No compraré cosas que no necesite o que sumen peso y espacio a lo que ya he marcado como límite. Cualquier prenda de ropa que compre sustituirá a otra de la que me tenga que deshacer por desgaste o rotura. Me impongo una norma que deberé cumplir a rajatabla: aunque las cosas mejoren no volveré a formar parte de la sociedad de consumo. Me han perdido como «cliente».

Pienso en las cosas que han quedado retenidas, en el resto de mis pertenencias aún por recuperar. ¿Qué haré si logro acceder a ellas? Tengo dos opciones: alquilar un trastero y dejarlas almacenadas — ya lo he hecho otras veces por falta de espacio en casa y no se me ocurre peor manera de gastar dinero innecesariamente, acumulando cosas a las que quizás me resulte difícil acceder y disfrutar — o, sencillamente, vender unas y donar otras. Estos días incorporo a mi vocabulario el término «desapego» como concepto de vida. ¿Qué sentido tiene simplificar al máximo la carga si, por otra parte, necesito almacenar cosas que no puedo llevar conmigo? Calculo que a mi edad y si no falla nada, me encuentro más o menos en la mitad de la vida, tal vez un poco menos. Un golpe como el que me acabo de llevar debe servir para algo más que para lamentarse, ¿no? Simplificar, reducir, no acumular en espacios físicos, todo sin renunciar a lo que me gusta y que la tecnología pone a mi alcance sin que represente una carga mayor de la que estoy dispuesto a admitir. He pasado por varias mudanzas, quiero que las que puedan venir sean sencillas, poder prepararlas y trasladarme sin agobios. Y en caso de volver a encontrarme tirado evitar pasar por lo mismo.

Una de las primeras decisiones que tomo relacionadas con esto y con una parte de mi vida profesional, es la de no volver a leer libros impresos, salvo aquellos que pueda tomar prestados de la biblioteca. No puedo sumarlos a mi equipaje ni acumularlos en una estantería, pero sí guardarlos en mi netbook o en el kindle en su versión digital. El único papel que llevo, además de los kleenex, es el del bloc de notas en el que, por si fuera poco, escribo a lápiz para poder borrar y reciclarlo una vez vuelque mis escritos al portátil.

Paso el resto del domingo preparando contenidos para la web y organizando el nuevo formato del podcast que estrenamos el 3 de octubre.

Hay que seguir.

J.A.M.

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