De abismos

Y ahí estaba yo, en medio del campo; en medio de la oscuridad, en medio de la lluvia. Parecía que el cielo estaba a punto de caerse, el negro firmamento estaba plagado de relámpagos. El sonido de los truenos no cesaba.

Espera, dijo la voz. Así que me senté, mientras las gruesas gotas de lluvia se deslizaban por mi cara. Volteé hacia el cielo y observé las sombras de las grises y oscuras nubes; algo se acercaba. Cerré los ojos, y respiré profundamente. Sentí los relámpagos que caían cerca y pude empezar a predecir en donde iban a caer. Espera, volvió a decir la voz.

Mi paciencia empezaba a disminuir, porque los relámpagos se acercaban; abrí los ojos durante una milésima de segundo y ví el agresivo choque de un relámpago con el piso; pequeñas chispas de electricidad y un montón de lodo brotaron de él.

La voz no dijo nada, simplemente me levanté, alcé las manos al cielo y los relámpagos empezaron a caer muy cerca de mi. No había ni una pizca de miedo en mi ser, mi visión se nubló por el destelleo de las descargas eléctricas; mi cuerpo se volvió uno con la tormenta.

Empecé a correr, y los relámpagos me perseguían. Afortunadamente yo era lo suficientemente rápido para que no cayeran en mi.

El abismo y el infinito estaban sobre mí, pero en esta ocasión no era yo quien los estaba observando; ellos me estaban observando a mí.

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