Mi primera vez

La primera vez que tuve sexo, fue la segunda vez de mi compañero. Recuerdo perfectamente cómo temblaba de nervios, ansiedad y curiosidad. Todas mis dudas estaban a punto de ser resueltas y, como si fuese poco, sería gracias a quien hasta el día de hoy, fue mi primer amor.
Yo tenía 15 años. De entre mi grupo de amigas, fui la primera.
Él tenía 18. Era a quien, el común de los hombres, denominaría como cagón. Despúes de todo, a su edad, sólo se había acostado una sola vez con una sola mujer. 
Habíamos pactado el encuentro en su casa, porque, a la tarde, “quedaba sola”. 
Me había depilado, como tantas otras veces desde los 12. Pero claro está, en esta ocasión había tenido un motivo especial, muy distinto de los anteriores.
Me acuerdo que, después de juguetear un rato (cosa que entre nosotros ya teníamos explorada), nos metimos abajo de las sábanas.
Ahí, cada uno se sacó la ropa, en un acuerdo tácito.
“No me mires” fue lo único que le dije.
“Ni vos a mí” fue todo lo que me respondió.
Y en un acto torpe, pero tierno si se quiere, empezó mi vida sexual.
No fui capaz, como luego aprendería con otras personas, de investigar a mi compañero. De palpar todas sus texturas, de probar todos sus sabores, de descubrir todas sus cosquillas. 
Sí descubrí, como saber esencial para el resto de mi existencia, que no le importaron todos los defectos que yo encontraba en mi cuerpo todos los días.
Había resultado un impacto muy profundo gustarle sin ningún tipo de queja ni excepción. Y encima, sin ropa.
Aquel descubrimiento significó un antes y un después en la concepción que tenía sobre mí misma. Este ser me veía así, cuando mis pechos y muslos flacos estaban bastante lejos de parecerse siquiera a los de las modelos y actrices que yo consideraba estandartes indiscutidos de la feminidad y la belleza. 
¿Tendría mi compañero acaso una visión distorsionada de lo que es la belleza y por eso mi piel porosa y la línea de vello debajo del ombligo le resultaban a él tan sublimes como si de acariciar porcelana se tratara? 
¿O acaso la de la visión distorsionada era yo?
Porque, a pesar del amor, tenía perfecta noción de que mi compañero no era ningún Adonis. Y que, considerando la excentricidad de sus ojos delineados y sus uñas pintadas, probablemente nunca lo sería. 
Las únicas dos conclusiones que pude alcanzar, y que con mis posteriores relaciones afectivo-sexuales pude corroborar, son, la primera, que evidentemente no hay que ser un maniquí para poder amar (es más difícil parecer de plástico que encontrar afecto sincero); y la segunda, que aunque no haya amor de por medio, disfrutar y disfrutarse no es privilegio exclusivo de estos maniquíes, sino, que es una obligación que todes tenemos para con nosotres mismes.

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