LA FIESTA DE FAUNCH

Cuando vimos “La fiesta de Babette” (1987) muchos espectadores en el mundo entero, quedamos fascinados al ver cómo, de una pequeña historia, se podía llegar a un relato mayor. Es difícil olvidar a aquella misteriosa mujer a la que el azar dotó de una pequeña fortuna que gastará para hacer una comida – su especialidad era la cocina de los grandes restaurantes- en un pueblo diminuto entre los fríos fiordos del norte europeo. Y como esa cena iba a cambiar temperamentos y a derribar barreras sociales y religiosas de una rigidez aparentemente imposible de mover.

Dos ingleses en el Río de la Plata

Hace unos días me encontré frente a un relato de la historiadora Maxine Hannon que se limita a contarnos la historia del matrimonio Faunch en el Río de la Plata comenzando en 1819, que bien podría ser un notable argumento para una historia con puntos similares con la recordada Babette.

Era otoño y el matrimonio integrado por James Faunch y Mary Morley llegó a Buenos Aires. En 1819 los barcos todavía tenían que anclarse muy lejos de la costa, los pasajeros pasar a unas barcazas y luego a una especie de desvencijado carretón de ruedas muy altas metido en el Río de la Plata, tirado por un pobre caballo y así, empapados, llegar a tierra firme.

Vienen pensando en “hacerse la América”, les han contado que Buenos Aires es un lugar excepcional, incluso han leído que “ninguna ciudad del globo ofrece una importancia más envidiable que ésta, con un comercio floreciente con el universo y unas industrias que se ven con satisfacción por todas sus llanuras…

Miran a su alrededor y nada les parece más alejado de esos relatos….

Pero siguen adelante y verán que las casas están blanqueadas, que no hay mugre por doquier y que la gente es amable.

Pasarán su primera noche en la posada de Mrs. Taylor, una inglesa a la que por misteriosas razones todos llamaban Doña Clara.

James tenía entonces 30 años, Mary era unos años menor. Él era un excelente cocinero y ella tenía experiencia como mucama en algunos hoteles de Londres.

La fonda de Faunch

Van a fundar así la “Fonda de los Faunch” que marcará durante unos años el lugar elegido por todo viajero importante que llegue a Buenos Aires.

Para 1822 ya tenían hasta publicidad en la prensa y toda la sociedad porteña y los extranjeros de pro iban a comer allí, naturalmente en su casi absoluta mayoría hombres solos o grupos de amigos.

Llegaron a tener veladas musicales importantes en las que participó hasta el famoso Amadeo Gras- más conocido como pintor y fotógrafo- que había sido primer cellista de la Opera de París.

En los salones de la fonda se ofrecieron las más importantes fiestas de esos años, su servicio era copiado por otros, pero nunca igualado.

Tal fue el éxito que tuvieron que mudarse a un lugar más grande y mejor ubicado, cercano a la Catedral.
Se llegó a alojar allí el arzobispo romano Juan Muzi con su séquito, que incluía al joven Mastai Ferretti, futuro Pío IX…

En 1827 se pudo leer en la prensa porteña “La nueva Fonda de Faunch es un espléndido edificio que estuvo en arreglos por más de doce meses y ahora cuenta con baños calientes, departamentos para familias y hasta un mirador.

La comida es deliciosa y en las noches hay tertulias soberbias a la que asiste lo más granado de nuestros círculos sociales”.
Siempre me pregunté si los Faunch habían aprendido castellano. No hay una sola crónica que hable sobre ello por lo que es difícil asegurarlo. Su clientela era, en gran parte, extranjera, por lo que se puede deducir que los idiomas se mezclaron siempre.

Sí sabemos que fueron grandes trabajadores y que todo relucía en el establecimiento que también fue visitado por varios orientales que dejaron su testimonio en correspondencia personal en la que alaban las virtudes del establecimiento y el buen trato de sus dueños.

La muerte, esa implacable

Pero el 15 de febrero de 1828 James Faunch murió repentinamente (probablemente de un infarto cardíaco) la Fonda quedó a cargo de su viuda que la regenteó con éxito hasta lograr, por ejemplo, que en 1829 le instalaran- a su costo- iluminación a gas oil que se encendía interior y exteriormente todos los domingos para solaz de los paseantes.

Un tal Mr.Jackson- también inglés- y asistente de Mary Faunch en la Fonda, se enamoró de ella y ella de él.
Se casaron el 19 de junio de 1830 y en 1832, dueños de una cantidad considerable de dinero fruto del trabajo, venden el establecimiento y regresan a Inglaterra para “pasar unos años disfrutando”, cosa que hacen sin más trámite. No hay registro sobre sus actividades allí.

Montevideo y el fin de la historia

Un año después- en 1833- no encontrándose a gusto en Inglaterra, que mucho había cambiado en los 14 años en que Mary estuvo fuera, deciden volver al Río de la Plata con el fin de “abrir un nuevo establecimiento”. En el equipaje cargaban los más novedosos artefactos de la hotelerìa moderna.
El viaje fue largo y agotador, hasta que llegando cerca de las costas uruguayas el barco se hundió y todos: pasajeros y tripulación perecieron, menos el capitán y un marinero “pese a haberse mandado un salvamento de urgencia desde Montevideo”.

Triste y cinematográfico final- en nuestras costas- para aquellos que, como Babette- a través de la comida, el buen trato y la firme determinación de hacer que sus clientes estuvieran bien, alegraron la vida de unos cuantos hace más de 180 años.
Vale la pena recordarlos.

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