Visitando una escuela Sudbury

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En una escuela Sudbury pasan muchas cosas. Esto es lo que vimos en nuestra visita a la Hudson Valley Sudbury School en Kingston, New York, a donde nos condujo la búsqueda de una alternativa educativa para nuestras hijas.

Cerca de la entrada y sentadas en el suelo, un grupo de niñas de edades entre 6 y 9 juega inspiradas en su serie de lectura favorita, Los gatos guerreros. Una adolescente de unos 13–14 años está junto a ellas totalmente integrada. Vannesa Vanburek, fundadora y madre de estudiantes, que esta mañana nos muestra el centro, nos explica que se reúnen todas las mañanas.

En otra sala, separados de los demás por una estantería llena de juegos y libros, unos niños tumbados sobre la alfombra, (de entre 6 -7 años) juegan al juego de estrategia Risk. Cerca de ellos, recostado en un pequeño sofá, un chico de unos 12 años está inmerso en una tableta, viste de traje y está esperando a que lleguen los demás compañeros del equipo de baloncesto. Es un día con mucho viento, afuera hay unos -10 grados, y los diferentes columpios de madera están vacíos, pero en un rato, un grupo de niños, algunos en traje y corbata, sale a jugar al baloncesto junto a su entrenador, otro estudiante, que también participa en el juego.

Hay libros por todas partes y carteles en las paredes anunciando las actividades que los estudiantes organizan, como una hoja para las citas de la peluquería. Cerca de la entrada están también colgadas hojas de asistencia con los nombres de todos los alumnos que según van llegando van firmando en ellas. Poco a poco la escuela se va llenando, sin alboroto, todo el que entra parece tener claro a dónde quiere ir. Dentro de la escuela todos circulan libremente, reina un ambiente tranquilo y acogedor. En una cocina amplia, una acompañante prepara un desayuno para el personal, mientras un par de niños comen en una mesa. Nos cuenta nuestra guía que los martes un grupo de cocina se encarga de hacer el desayuno para todos. Esta mañana solo hay tres adultos en la escuela. En total tienen 80 alumnos, aunque todavía no han llegado todos.

En una habitación, un grupo de chicas adolescentes charla tranquilamente, la mayoría lleva el pelo corto, algunas teñido, con estilos originales. Nos saludan curiosas. En otra sala, junto a otra acompañante, un grupo de niñas empieza a ensayar una obra de teatro. Van vestidas con estilos diversos, pero todas llevan el pelo largo y alguna lleva los labios pintados.

Chicos y chicas de varias edades se reparten entre diferentes salas, algunas de ellas con la puerta cerrada. Muchos juegan en portátiles o miran a otros jugar. Nos saludan con amabilidad al vernos. En una pequeña habitación se encuentra una tienda de chuches que esa mañana atienden 3 niños de unos diez años, nuestras hijas paran entusiasmadas a comprar. Tienen un laboratorio de fotografía, un taller de arte y una sala de música con instrumentos.

Las escuelas Sudbury tienen un sistema de certificación que permite a los estudiantes el acceso o uso de herramientas que requieren cierta destreza o son peligrosas. Una vez que el alumno adquiere esa certificación (a través de una práctica con alguien que le enseña, que puede ser otro alumno) está autorizado a usarlas. Hay diferentes certificaciones, desde las más elementales, como la necesaria para usar los rotuladores, que consiste en demostrar que se sabe poner las tapas, hasta el acceso a internet. Este se consigue tras aprender sobre los peligros que encierra la red, incluyendo qué contenidos no son apropiados, a través de la información que provee la escuela y con ayuda del encargado de tecnología.

Cerca del final de nuestro tour, una chica nos pasa visiblemente preocupada, parece que ha estado llorando. Nuestra guía nos deja para ir a hablar con ella. Al rato, otra chica bastante frustrada nos pasa andando en la misma dirección. Nadie parece alterarse por estos hechos. Al cabo de un momento nuestra acompañante regresa. Nuestra visita llega a su fin, nuestras hijas no se quieren ir, creo que ya tienen claro qué harían en la escuela.

¿Qué significa lo que hemos visto? ¿Y cómo se consigue?

Lo más significativo para mi es que se respetan las necesidades de apego y amistad. Los adultos no intervienen en los procesos de socialización, por ejemplo, nadie separa a dos amigos porque pasen demasiado tiempo juntos, o evita que adolescentes y pequeños se mezclen. En la escuela tradicional esto sucede continuamente, los adultos toman decisiones arbitrarias basándose en lo que ellos piensan que es mejor. Sin embargo, cuando el adulto pone las normas de socialización mina la capacidad de resolver conflictos y puede llegar a afectar a la autoestima de los alumnos, interfiriendo también en su capacidad de asumir responsabilidades.

En el modelo Sudbury los adultos no adoctrinan, no deciden cómo hacer las cosas, con quién o cuándo. Nadie decide por ellos en qué momento hay que descansar o ser activo. Nadie interfiere en el auto-aprendizaje con tareas o actividades que no significan nada para el alumno. Son ellos los que las originan partiendo de su interés. Tampoco nadie les “enseña” a ser creativos.

Existen reglas claras, creadas en comunidad. Todas las semanas se reúnen para establecer nuevas reglas o propuestas en el principal órgano de gestión, la asamblea. Esta sigue un sistema de votación democrático, no se intenta llegar al consenso, sino que la mayoría gana. Esto consigue que los alumnos defiendan aquello que quieren con pasión.

Cuando nuestra guía nos habla del sistema de resolución de conflictos (a través de un tribunal formado por alumnos que investiga, juzga y dictamina) le preguntamos por los casos de acoso. Nos contesta que estos son tratados también por el tribunal e investigados por el comité de investigación formado por los propios alumnos. Nos comenta que aunque son procesos complicados, no es difícil llegar a desenmarañar la situación y que en realidad los casos más difíciles para el tribunal son otros, los hurtos. Aunque no son nada comunes, se suelen cometer cuando no hay testigos, mientras que el acoso sucede con el conocimiento de los demás.

El protocolo en caso de acoso: cualquiera puede denunciar un problema, este se investiga y si llega a juicio, y la sentencia no tiene efecto, se repite el proceso. Si esto de nuevo no corrige la situación, el alumno/a acosador/es tiene que dejar la escuela temporalmente hasta que se considere listo para respetar a los demás. Como último recurso está la expulsión.

Cuando hay confianza en el alumno, no hay necesidad de una supervisión o control constante, no es necesario imponer el silencio o tener que pedir permiso para ir al baño.

Aparte de las actividades dentro de la escuela, la colaboración con las familias es estrecha y fruto de esta relación todos los meses se organizan diferentes eventos, la mayoría con el fin de recaudar fondos.

Cuando pregunto a mi hija de 10 años cuál ha sido su impresión y qué le ha gustado, me contesta que las chicas y chicos del centro no le han intimidado. Le han parecido accesibles, amables. Cuando le pido que se explique mejor, me dice que no son competitivos, no se imponen unos a otros y están tranquilos.

Yo estoy de acuerdo, no me parecen niños convencionales, no huyen tu mirada, ni te desafían con ella, se desenvuelven con seguridad. Es el resultado de tener el control de sus decisiones, no tienen miedo de ser diferentes y se les ve felices.

Para conocer más como adquieren conocimientos, y como se llega a la universidad (esas cosas que preocupan tanto a madres y padres) recomiendo leer “Por fin libres” de Daniel Greenberg, uno de los fundadores de la primera escuela Sudbury, en Sudbury, Massachusetts.