En un parpadeo

Lo vi llegar desde el balcón. Bajó del auto con todos sus bártulos a cuesta.

Había diluviado todo el finde y al acercarse la hora de su llegada se encendió el día. Como me pasa a mí cuando sé que está cerca, me prendo.

Yo estaba tratando de calmar la ansiedad con un pucho, ilusa mentira. Llegó su mensaje y salí corriendo a ponerme perfume para tapar mis miedos.

Bajé intentando no pensar en nada para no paralizarme ni condicionarme. Aunque estar evitándolo era seguir pensando.

Nos conocíamos, algo, pero era el primer encuentro sin gente alrededor, sin botellas vacías de por medio y con una intencionalidad marcada. Sin tanta casualidad y mucha causalidad.

Frené varios intentos antes, me jugaban muchas cosas en contra. Primero, no estaba acostumbrada a sus tiempos –ok, es una excusa-. En realidad, suelo postergar por fantasmas propios y sobre todo porque me gusta tanto que me nubla. Me moría de ganas de verlo pero no me podía resucitar y ahí quedaba.

Desde el otro lado de la puerta de vidrio sonrió como siempre, iluminando rincones. Hay algo en su energía que me llena, que me carga la barrita de felicidad y me dice que todo está bien, o va a estarlo. Medio que me olvido del mundo cuando me regala una.

El viaje en ascensor pasó rápido, gracias al universo, porque yo estaba diciendo muchas pavadas y escasa de vocabulario también. Estando nerviosa suelo desvariar.

Agarró su guitarra, se acomodó en el sillón y me convidó de su música. Es un mambo tan copado que no podía sacarle la mirada de encima. Era mirarlo y viajar.

Se me hacía inevitable no morderme el labio cada vez que pifiaba las letras y tiraba sonrisas cómplices. Y ser obvia es algo que se me escapa.

Cuando vibró al ritmo de una de mis canciones preferidas. Sentí como me estallaban todas las células de mi cuerpo. Por amor. Por él.

No sé qué es el amor, nunca me enamoré pero estaba segura que debía ser lo que estaba sintiendo en ese instante por él.

Me atrapa su voz, sus palabras, lo que tiene para decir y lo que calla también. Podría estar horas escuchándolo, observándolo.

Mi gran problema es que no sé abrirme. Cuento todo a medias y dejo un hilo de misterio. No expongo mi ser del todo, de una, sólo a cuentagotas. Entonces siempre me siento en falta y que no alcanza lo que doy. No es que lo haga con intención, me sale así de las vísceras. No encuentro el motivo. ¿Será, quizás, que no me conozco y no dejo que el resto me descubra antes que yo lo haga? Ni idea, tal vez.

El hecho de que él sea como un cofre de historias suma. Me facilitó ir compartiéndome a mis tiempos, a mis formas, sin tener que presionarme.

Sin verlo venir, me agarró de la cintura y me besó como ningún pibe con los que estuve lo hizo. Me dio de esos besos cargados de ternura, lentos y suaves.

Yo estaba acostumbrada a lo vertiginoso, así que eso me descolocó. Sentí que podía quedarme a vivir en ese momento sin cansarme, sin aburrirme, sin querer huir.

Nos veía en cámara lenta y me gustó esa desaceleración que desconocía que existiera.

Me pareció todo perfecto con sus imperfecciones incluidas. Raro en mí que siempre encuentro un pero.

Sentí que las postergaciones habían válido la espera. Quería, necesitaba, deseaba que se quede en todos mis días.

Los compromisos de la vida llamaron. Lo acompañé hasta la puerta y nos despedimos con la promesa de otro encuentro.

Volví al balcón a descargar con el pucho como si fuera mi psicoanalista. Y en un parpadeo lo vi irse, sintiendo que quería verlo toda la vida pero sabiendo que era un adiós para siempre.

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