Las primeras mujeres vestidas de verde

Entro en un hospital lleno de uniformes. Después de pasar por administración, pido indicaciones a un doctor que muy amablemente se ofrece a llevarme a la sala en donde se llevará a cabo mi entrevista. Mientras recorro los anchos pasillos del Hospital Militar Central, me cruzo con hombres de mirada seria y postura rígida. Al llegar me recibe Silvia Barrera, una mujer de baja estatura, corte moderno y mirada cálida. Se introduce y me guía a la oficina de Susana (Maza). Le pregunto si está familiarizada con el libro “La guerra no tiene rostro de mujer” de Svetlana Alexiévich. Me mira casi orgullosa.

Silvia -¡Sí, lo conozco! Es un libro muy fuerte, todo lo que cuenta es tal cual. Susana siempre me pide que se lo preste pero yo no se lo quiero prestar. Después te cuento por qué.

También me explica que su amiga está muy atareada, que primero hablaré con ella ya que más tarde le será imposible.

Susana me recibe con una sonrisa. A pesar de los años conserva su belleza intacta. Se para con la ayuda de un bastón, me invita a sentarme e intercambia algunas palabras con Silvia. Esta última le comenta que le advirtieron sobre las declaraciones, que lo que me vayan a decir es por cuenta propia y no representa al Ejército.

Susana -No sé qué hablará otra gente

Silvia -Están mal de la cabeza

Susana -No me conocen entonces. Justamente a nosotras no nos conocen

Se disculpan y Silvia me pide que luego vaya a su oficina. Antes de irse, felicita a Susana por su presentación del 20 de junio sobre la guerra, la cual, al parecer, recibió muchos elogios por parte de generales tanto argentinos como extranjeros.

Aldana -¿Cómo tomaste la decisión de apuntarte en el Ejército? ¿Cuál era el contexto?

Susana -Desde el año 76 que estaba trabajando acá en el hospital. Estaba en cirugía cardiovascular. El 2 de abril cuando toda la ciudadanía se enteró de la noticia, decidimos entre las instrumentadoras que estábamos acá, ofrecernos para el Hospital Militar, para el sector de quirófano. En el año 82 no había mujeres con grado militar incorporadas al Ejército, por eso somos civiles voluntarias.

A -¿Cuántos años tenías?

S -25 años

A -¿Tu familia siempre estuvo de acuerdo?

S — Recuerdo que toda la familia me apoyó. Yo ya tenía una hija. En ese momento era una ciudadanita, pero con mucho sentido del deber y la patria, tan chiquitita y me apoyaba muy entusiasmada y decía: ¡recuperemos las islas!

A -¿Cómo te preparaste?

S -Fue de un día para el otro, nos llamaron mientras estábamos trabajando y nos dicen: bueno, ¿quién quiere partir para las islas? Ahí mismo nos dieron un equipo y al día siguiente a las 6 de la mañana estábamos saliendo en un avión de aerolíneas argentinas rumbo a Río Gallegos. Ahí nos dieron ropa más de abrigo, nos subimos a un helicóptero que nos llevó a Punta Quilla, donde embarcamos en el Almirante Irízar, un buque hospitalario muy bien equipado.

A -¿Cómo fue ser mujer en ese ambiente?

S -Nos recibieron muy bien. Nos ayudaron mucho. Al principio un poco reticente porque recordemos que la mujer no estaba incorporada con grado militar, pero después nos hicieron sentir muy cómodas. Nos expresaron su agradecimiento por la ayuda que nosotros pudimos dar.

A -¿Alguna anécdota que no te puedas olvidar?

S -Yo diría que muchas. Por ejemplo: un oficial, mientras nos mostraba todas las instalaciones del buque, nos llevó a una sala donde estaba, en un cofre de vidrio, nuestra insignia patria. Me acuerdo que dijo “en caso de ataque al buque, voy a venir a romper el vidrio y llevarme la bandera para que no caiga en manos enemigas, o no quede en el fondo del mar”. También recuerdo el agradecimiento de muchos de los soldados, veías el orgullo de los chicos. Me acuerdo que uno con lágrimas en los ojos decía “hemos perdido esta batalla pero hemos ganado la guerra”, por el reconocimiento que iba a tener la bravura de estos soldados. No seguían las órdenes de una persona, seguían a nuestra bandera argentina.

A -¿Hay diferencias entre tus amigas del frente y el resto de tus amigas? Hay cosas que quizás preferís hablar con una u otra…

S -No, al contrario. Podemos hablar de todo, esto lo digo con vergüenza: ellas muestran un gran amor, están muy agradecidas de tenerme como amiga. Por favor que no suene a vanidad o soberbia, pero me enorgullece que ellas se sientan muy amigas mías.

A -¿Cómo describirías la escena que presenciabas todos los días allá?

S -Fue una experiencia muy enriquecedora, no solamente en lo profesional, sino también a nivel espiritual. Estas experiencias de crisis nos aúnan mucho más. En una situación tan límite como es estar en el frente, uno ve como el hombre se solidariza con su compañero. Son hermanos de la vida, eso queda marcado para siempre. Se reafirma cada día más el sentimiento y la pertenencia a nuestro suelo patrio.

A -¿Sentiste miedo?

S -No. Yo soy católica apostólica romana y siempre dije que la virgen María nos estaba protegiendo. Estaba segura que no nos iba a pasar nada. La virgen nos cubría con su manto, ¡oh coincidencia! La virgen, ¿qué colores tiene? Blanco y celeste. No para salvaguardar nuestras vidas, sino para que podamos ayudar y cuidar a los heridos.

A -¿Sufriste la pérdida de algún amigo en combate?

S -No, la verdad que no. Si conozco veteranos, héroes condecorados, que lamentablemente hoy están en situación de cárcel. Son gente que ha luchado por nuestra patria que ahora sufre otro tipo de pena. Hoy están encarcelados por una cuestión de derechos humanos, dicen. Espero que la ciudadanía y la justicia en algún momento reviertan todas esas causas.

A -¿Crees que la guerra femenina es distinta que la masculina?

S -No, yo creo que eso no tiene género. Creo que hay un sentimiento de patriotismo que nos tiene que unir. La palabra Malvinas une a toda la ciudadanía argentina.

Di por terminada la entrevista. A pesar de las buenas intenciones de Susana, sentí que su testimonio no me era suficiente, casi hablaba en automático. Faltaba una parte. Quizás de eso se encargaría Silvia.

La secretaria de Susana me acompaña a la oficina de Silvia. El edificio es tan grande que por mi cuenta me perdería. En el camino me habla sobre su vida. Caminamos junto a dos hombres de batas blancas. “Ese medico es re lindo, no te dije antes porque se iba a dar cuenta. Igual, no conviene engancharse con los de acá. La mayoría tiene novia y ni siquiera les importa” me dice. Tomo confianza y me animo a preguntarle: ¿quién les pide a Silvia y Susana que no hablen? Mira a su alrededor en un pasillo repleto de hombres de verde, se acerca a mi oído y dice: “pasa que los militares son muy perseguidos” Acto seguido me deja frente a la oficina de Silvia.

Aldana: -¿Cómo tomaste la decisión de apuntarte en el ejército y cuál era el contexto?

Silvia: -Bueno, nosotras somos civiles así que nosotras entramos a trabajar casi todas apenas recibidas de instrumentadoras. Algunas porque éramos familiares de militares y otras porque se les dio la oportunidad de ingresar acá. Yo vengo de una familia militar, así que era una cosa normal anotarnos en un hospital militar.

A: -¿Cuántos años tenías cuando comenzó la guerra?

S: -23

A:-¿Qué sentiste que te impulsó a ofrecerte?

S: -Al venir de una familia militar uno viene con cosas incorporadas, tal vez, más afianzadas que el resto de la gente. Una vez dije esto en una charla y me quisieron matar. En ese momento había 35 instrumentadoras en todo el hospital; el 2 de abril se desató el conflicto y todo el mundo se ofreció como voluntaria. Cuando llegó el mensaje militar de que necesitaban instrumentadoras en el Hospital de Puerto Argentino, empezaron a preguntar y de las 35 quedamos 5. Entonces, vos cuando venís de una crianza, es como como los médicos, el que tiene un padre médico viene con una crianza y va siguiendo la profesión; algunos porque les gusta, algunos porque les facilita la cosa, y otros porque lo llevan incorporada esa vocación que viene de sus familiares.

A: -¿Y vos? ¿Por todo eso?

S:-Yo, por todo eso junto. Aparte, nosotros somos una generación criada de otra forma totalmente distinta a la de ahora. Teníamos el componente de una generación criada con “las Malvinas son nuestras, siempre”; no podían faltar en el mapa; nosotros calcábamos los mapas, actualmente los chicos van y ponen “Instituto Geográfico Militar” y los imprimen directamente. Nosotros calcado. Entonces, todo esto, quieras o no, te va incorporando lentamente el patriotismo, mucho más afianzado que un chico de ahora. Vos le preguntas a un chico de ahora “¿Dibujaste el Cabildo?” y algunos ni lo conocen. Así que, somos otra generación.

A: -¿Cómo te preparaste para la Guerra?

S: -Me fui de acá y me corté el pelo. Tenía el pelo por debajo de la cintura. Me peleé con mi novio que no me dejaba ir y le avisé a mi familia. Al otro día a las 4 de la mañana hubo que salir. Así que la decisión era en el momento, no hubo mucho para pensar. Media inconsciente, muy joven, muy fantasiosa. Nosotras somos de una generación en que había solo tres canales y lo único que veías, sobre todo en la época de la Dictadura, eran películas de guerra, de cowboy, y todo el sábado y el domingo eran películas en las que vos veías la Guerra con una fantasía y un idealismo que después no es así.

A: -¿Y cómo es? ¿Cómo fue entrar en eso?

S: -Y bueno, ir allá era primero, chocar con ser las primeras mujeres. Si bien las chicas ya estaban en las escuelas, la resistencia masculina era fuerte. El shock de vernos bajar del helicóptero y ver que éramos mujeres, para los marinos, que tienen la creencia de que las mujeres traen mala suerte a bordo, tuvimos ahí un encontronazo de género. Ahora la mujer está totalmente incorporada a las Fuerzas Armadas, se pueden incorporar en más especialidades en las distintas Fuerzas, así que me parece que eso que vivimos nosotras ya quedó en el pasado.

A: — Claro, ¿Y de qué manera las excluyeron, se podría decir?

S: — Bueno, primero cada vez (suena el teléfono y Susana pide disculpas y atiende, explicando que está organizando un viaje) — Parece que vamos de viaje de Egresados. — comenta al finalizar.

A:- ¿A dónde se van?

S: -A Paraná. El Coronel que estaba acá se enganchó viste, me dice “Yo quiero saber de Malvinas”, entonces le fui presentando distintos Veteranos y él los fue conociendo y se fue haciendo amigote, y se fue haciendo fanático de Malvinas. Era el Jefe de Docencia acá. Organizamos por primera vez una jornada de Malvinas, porque nunca se habían organizado, y fue un éxito. Y todo el mundo nos asoció como que nosotros organizábamos las jornadas. El año pasado hicimos otra jornada, la segunda, otra espectacular, siempre llamando a distintos veteranos de las otras Fuerzas para que contaran sus historias. Acá los médicos y los enfermeros nunca habían tenido la referencia de que viene el llamado y tenés que ir. Tal vez, no para una guerra pero te llaman para una inundación o para otras calamidades que pueden surgir. Y los chicos que están ahora, médicos y enfermeros, no viven eso, y a veces sucede que reciben el llamado y dicen “ah, no, yo me anoté en el Hospital, yo no voy a ir”, ellos tienen que incorporar que ellos se anotaron como médicos militares.

A: -Están prestando un servicio

S: -Están para la Patria. Y si nosotras fuimos, ¿por qué no van a ir ellos? Vos les decís, “mirá tenés que ir a Paraná que está la inundación” y el médico te dice: “no, yo me voy”. Y ahí perdimos un médico militar que estuvo formándose acá. Entonces, para evitar ese éxodo es que inculcamos que sepan que todo puede pasar. A este doctor le sale el pase de Director al Hospital de Paraná, ascendió y lo mandaron para allá… y hace un mes me llama y me dice “ya te preparé unas jornadas acá”… y se van a hacer las primeras Jornadas en el Hospital de Paraná organizadas desde acá… (Explica algo más sobre lo que se realiza en las jornadas. La entrega de unos reconocimientos a Veteranos, los más condecorados de Malvinas). Nuestra historia siempre sigue unida. Somos muchos Veteranos, todos nos conocemos. A lo largo de 34 años nos hemos encontrado en algún lado, y como nosotras somos las únicas nenas (se ríe) somos las mimadas y nos invitan a todos lados.

A: -Y volviendo a esto, ¿cómo fue la exclusión al principio de tus compañeros?

S: — Ya te digo, primero por parte de mi novio, militar, que decía: “no, ¿cómo vas a ir de voluntaria?, Las mujeres no, las mujeres no.” Hombres iban a haber, pero otra Guerra no. Así que nos peleamos acá afuera, entré acá firmé los pasajes y me fui a mi casa. Imaginate las primeras mujeres vestidas de verde, subiendo al avión de aerolíneas. Nos llevaron a la cabina, o sea que fuimos antes que la Xipolitakis (risas), y después llegamos a Río Gallegos. Allí nadie nos esperaba, nos miraban como bichos raros, nadie nos daba bolilla. Íbamos preguntando qué teníamos que hacer, porque a nosotras nos habían dicho “ustedes viajan de acá a Río Gallegos” y nosotras dijimos “bueno, llegamos y nos van a estar esperando”, nadie nos daba bola, nos miraban, encima mujeres, todas flaquitas, chiquitas, no nos daban bolilla. Hasta que nos encontramos con un médico que había estado acá. Ustedes están locas, nos dijo. Entonces agarra un Jeep y nos lleva hasta el Hospital de Río Gallegos. Ahí en el Hospital de Río Gallegos se comunicaron acá, con el Estado mayor, a ver si era verdad que íbamos a ir. Le dijeron que era verdad, que no se crean que nosotras nos habíamos vestido de verde porque éramos locas. O sea, vos fijate lo que es el negar, porque ahora hay miles de mujeres vestidas de verde, pero en ese momento no podía ser. ¿Pero vos te crees que nosotras vamos a venir de Buenos Aires a Río Gallegos vestidas de verde porque se nos ocurrió?

Ahí nos llevaron a un lugar que se llama Punta Quilla, que es el lugar donde más se acerca el barco y ahí nos vino a buscar el helicóptero y nos llevó al Irízar y cuando bajamos en el Irízar, el jefe de cubierta, nos dice “¡Mujeres, mala suerte!”. Venían de haber rescatado heridos del Belgrano, entonces imaginate que ellos venían con toda la psicosis de que andaban los submarinos ingleses, de que nuestros aviones habían hundido las dos Corbetas de ellos, estaban en plenos días de combate. Y entonces llegamos y nos dijeron: “¡No puede ser!, lo primero que vamos a hacer es mostrarles las balsas, acá está el mapa del buque así se ubican porque ustedes van a tener que ser las primeras que tenemos que sacar porque encima son mujeres”. No nos querían dar los camarotes, no teníamos camarotes.

A: — ¿Y dónde dormían?

S: — Nos dieron una salita que era un pre-quirúrgico, y ahí nos acomodaron a todas porque ninguno nos quería dar su camarote. Y bueno, cosas así. Después a lo largo de los días vas trabajando y te van conociendo. Ahora somos todos íntimos amigos. Pero en ese momento, en ese día fue un shock ver llegar a las mujeres.

A: -¿Y cuáles eran tus tareas, las que te indicaron que tenías que hacer?

S: -Nosotras, dentro de la instrumentación quirúrgica, cada una tiene una especialidad, es lo mismo que la medicina. Susana hacía Cardiovascular solamente; Cecilia hacía Tráumato; María Angélica solamente Oftalmo; y, María Marta, Norma y yo, hacíamos todas las especialidades, un poco de cada cosa. Entonces, Susana y yo habíamos hecho más Cardio y Neuro, entonces esas especialidades que son las de más complejidad, te dan un manejo más que a las otras chicas por ahí. A mí me tocó Terapia intensiva que es lo más difícil; y a Susana le tocó hacer el Triage, que es la clasificación de los heridos. Hay una clasificación de los heridos que es internacional que se llama Triage, al soldado que está herido se le hace una clasificación, se le pone un cartel de color con la patología que tiene. Entonces el que lo recibe, ve el color, por ejemplo, “a este negro hay que descartarlo, o sea dejarlo porque no se puede hacer nada” y se lo deja, “al rojo” hay que operarlo urgente, “el verde”, a terapia intermedia, y así. Susana era la más capacitada de todas nosotras para hacer ese Triage, para ayudar a los médicos.

En principio los pacientes venían del campo de batalla, iban al Hospital de Puerto Argentino. Ahí se operaban y, teóricamente, ni nos llegaban a nosotros. Cuando empezaron los bombardeos y el tiempo desmejoró (empezó a haber agua nieve), los helicópteros no podían ir a buscar esos heridos, el Hospital mientras tanto iba llenándose, colapsando.

A: -Claro, estaban todo el tiempo con heridos

S: -Claro, entonces se decidió que nos quedemos a trabajar en el Buque porque ya venían las tropas bajando hacia Puerto Argentino e íbamos a quedar prisioneras, entonces, antes de que quedemos prisioneras dijeron “quédense a trabajar en el Buque”. Y no pudimos bajar, aunque el Buque estaba muy cerca de tierra, pero se hacía complejo porque no estaban los helicópteros en funcionamiento. Entonces, hubo que traer a los heridos en un barco más chiquito, mientras que el Buque se movía para todos lados o sea que teníamos que trabajar en un ambiente complicado. Después comenzaron a venir los pacientes directamente desde el campo de Batalla al Barco, ya no podían pasar por el Hospital. Imaginate, los solados hacía 50 días que estaban sin bañarse, sin comer, sucios por la pólvora. Había que bañarlos, cepillarlos, porque la tierra de allá es barro, entonces los teníamos que bañar para ver dónde tenían las heridas. Ahí hacía Susana el triage y los pasábamos a las distintas salas que había preparadas en el barco.

A: -¿Alguna anécdota que te haya marcado? ¿Que no te puedas olvidar?

S: -No. Es como a una instrumentadora del Hospital Churruca, atiende trescientos baleados por día… En aquellos años las maniobras que hacían en el Colegio Militar, en el Liceo, eran en vivo y en directo, eran maniobras como corresponde. Nos tocaban baleados o heridos de bombas, entonces estábamos acostumbradas. En cuanto al herido no tenemos una anécdota, nuestra anécdota es la relación con el paciente, porque nosotras somos instrumentadoras, acá el paciente viene medicado, medio dormido, llega, lo agarra el anestesista que le dice “abra la boca”, “cierre la boca”, “ponga el brazo” y le pone el suero, y el paciente no conoce a la instrumentadora, ni la instrumentadora conoce al paciente. El paciente conoce a su cirujano y nada más. No sabe ni quién es el anestesista, ni quien es la enfermera de quirófano, no sabe nada; y nosotras, no lo conocemos al paciente. En cambio allá, tuvimos que hacer un cambio total porque teníamos que entablar la relación con el paciente, teníamos que seguirlo, o sea, hacerle las curaciones, escucharlos. El soldado cuando llega al barco, llega como en estado de shock, de no querer hablar nada, a los dos minutos después de haber comido, pensar que estaba seguro y que volvía, decían “Silvia, vení que te quiero contar; tengo mamá, papá”, te querían contar todo. Y nosotras éramos 6 con cuatro cubiertas llenas de hombres que te querían contar todo. Habíamos traído otros con heridas más leves que ni se enteraron que nosotras estábamos en el Barco. Te dicen “nosotros vinimos en el Irízar y ni sabíamos que estaban ustedes”. El mismo comandante de Barco nos dijo “chicas ustedes no bajen”, porque ellos se ponían ansiosos y no nos querían dejar ir. En eso sí nos afectó, en esa relación que nosotros no mantenemos con los pacientes.

A: -¿Y cómo era tu relación con tus colegas mujeres? Imagino que afianzaron mucho su relación

S: -Sí, nosotras nos hicimos re amigas.

A: -¿Hay alguna diferencia entre tus amigas que no fueron al Frente con vos y las que sí? ¿Hay cosas que podés hablar con ellas y otras que no?

S: -Sí, sí, sí. Igual nos pasa con todos los Veteranos. Los mismos hombres hablan cosas con nosotras que no hablan ni con sus esposas. Nosotros ahora que nos conocemos, esposas, hijos, todos… y eso es una relación que se hace entre Veteranos. Siempre nos preguntan si no nos pusimos de novias, mirá que éramos todas solteras. No hubo tiempo, ni ganas, es como en el libro, vos lo leíste, me vas a entender, que las rusas, la mayoría quedó soltera.

A: -Sí, de hecho hay una anécdota que me llamó mucho la atención: cuando termina la Guerra uno de los chicos le propone matrimonio a una de las chicas que fue combatiente también. Y ella le decía que no podía, que cómo le iba a hacer eso.

S: -Ellos nos dicen hermanitas viste, eso dice en el libro, es impresionante. La relación de las cosas que cuentan ellas en el libro con lo que vivimos nosotras, que, aunque no es de la magnitud de ellas, se relaciona mucho. Por ejemplo, nosotras hablamos y no nos acordamos de habernos bañado, o de habernos cambiado la bombacha, Susana se ríe porque nunca habíamos prestado atención a esas cosas, y con el libro se me ocurrió a mí y le pregunté a Susana, “¿Vos te acordás de ésto?” y me dice “no”, pensé que yo era la loca… No nos acordamos de habernos bañado, no nos acordamos qué comíamos.

A: -Hoy me contabas que no le querías prestar el libro.

S: -Susana tiene una dificultad para caminar, le están haciendo todos los estudios y le dan que no tiene nada, entonces están empezando a decirle que es por estrés post traumático. Ella quiere leer el libro. Pero el libro es tan fuerte…

A: -No la va a ayudar.

S: -No. Entonces no se lo quería dar por esto.

A: -¿Sentiste miedo allá?

S: -No. la verdad que no. Una total inconsciencia. Y vos sabes que yo soy la que más viajo, vine de Colonia Sarmiento porque hubo un Acto en el Regimiento 25 y fueron todos los Veteranos de los tres Regimientos que más combatieron allá en Malvinas, y ellos me regalaron libros que escribieron con sus vivencias. Ellos tampoco (tenían miedo). Escriben en los libros cómo veían los bombardeos de noche, y nosotros lo vivíamos así tal cual, como una película, como fuegos artificiales, hasta que tomas conciencia porque ves al herido o desde lejos veíamos lo que estaba pasando y decíamos “ahí hay muchachos nuestros”.

A: -¿Cómo fue la re inserción en la sociedad después de que volviste?

S: -Eso es otro cantar…

A: -¿Les decían que no hablen?

S: -Vos bajabas del barco o del avión y te llevaban a un lugar, a un Regimiento que estuviera cerca y te hacían firmar una nota donde decía que vos no ibas a contarle a nadie lo que vos habías vivido. Nosotros, todos, creo que en nuestra inmadurez, nunca habíamos vivido una guerra, nos pareció normal firmar eso. Firmamos todos y nos fuimos. Todos hicimos lo mismo, no hablamos hasta pasados por lo menos diez años. En principio porque, por ejemplo, hacían una nota de nosotras en la Revista Para Tí, nosotras pensando que iba a ser una nota de las mujeres en la Guerra, de lo que habíamos vivido, la nota era chiquita así y (el título) en grande “Después de la Dictadura las mujeres….”, entonces siempre se acoplaba Malvinas con la época de la Dictadura. Son dos cosas totalmente diferentes. Casi todos empezaron a hablar después de diez años. Nosotras después de veinte, siempre más tarde que los varones.

A: -¿Por qué?

S: -Porque a nadie le interesaba.

(Vuelve a sonar su teléfono y contesta pidiendo disculpas)

S:-¿En qué estábamos? Ah, en que no hablábamos. Entonces, nosotras por ejemplo llegamos de Malvinas y pensábamos “¡nos van a recibir en el Hospital!” porque de acá cuando nos fuimos, nos fueron a acompañar todos hasta Aeroparque, nuestras compañeras, los médicos. Cuando llegamos acá, nadie sabía nada, ya había terminado la Guerra, nadie sabía que volvíamos. La guerra había terminado el 14 y nosotras volvimos el 20… Cuando llegamos acá nos dicen que nos daban quince días de licencia. Eso hicimos, y bien, porque los psicólogos dicen que cuando estuviste en un conflicto armado, tenés que tener una semana en un lugar confortable, en un lugar donde estés bien con aquellos que estuvieron combatiendo con vos. Nosotras agarramos y nos fuimos todas a Mendoza, una semana. Eso lo hicimos bien según los psicólogos, por eso nosotras no tuvimos grandes inconvenientes salvo dos o tres de las chicas. En cambio ellos, que salieron hacia el mundo, volvieron a un mundo que no los esperaba. Pensás que fuiste allá y en todo lo que hiciste. Nosotras volvíamos a nuestros trabajos, pero los muchachos no. Volvieron y se habían quedado sin trabajo, los echaron, les dijeron que eran unos perdedores, que estaban derrotados, entonces eso hace que no hables. Cuando nosotros vinimos, Argentina había perdido el mundial, que para nosotros (los argentinos) es gravísimo. Volvimos de Mendoza y nadie nos preguntó dónde habíamos estado. Sabían los del Quirófano y nada más. Así que la historia pasó hasta que vino un Director que dijo que esto no podía ser y fue el primer Premio que recibimos. Habíamos recibido medallas, pero las guardábamos, y ese fue un Premio a la Mujer en el Ejército que se instauró con nosotras. Y a partir de ahí comenzamos a dar reportajes y a hacernos conocidas. Susana y yo, que somos las más peleadoras, fuimos las que peleamos a las otras para que salgan a hablar y así nos fuimos haciendo conocidas.

A: -¿Estás de acuerdo con el libro en que la mujer vive la Guerra de forma diferente que el hombre?

S: -Sí, sí, sí. Ellos se creen más fuertes, pero ellos son más débiles que nosotras. Es como que a ellos (sobre todo después de que volví de Colonia Sarmiento) no sé si los ha hecho más fuertes. A nosotras sí. Es como que a ellos vos les hablas y les pegó para abajo, pero a nosotras nos pegó para arriba, hablando como ahora. Es así. ¿Querés que te muestre las fotos?

A: -Sí, por favor. La última pregunta para cerrar: A 34 años de la Guerra, ya habiendo tomado distancia, si miras para atrás ¿cómo te ves en ese momento?

S: -Dirían mis hijos, “una loca” (risas). Me veo una pionera, una fantasiosa y una audaz. Y yo pensaba que era re tímida, y ahora soy una “vieja loca peleadora”

A: -¿Por qué peleás?

S: -Peleo por el reconocimiento de nosotras.

Entramos en otra sala donde Silvia se sienta frente a una computadora y me invita a tomar asiento a su lado. Procede a mostrarme las fotos. Recorro con la vista lo que para ella fue casi el puntapié de su vida. Escucho atentamente todos y cada uno de los comentarios sobre las fotos que visiblemente la inundan de recuerdos.

Algunos comentarios que me gustaron de Silvia:

Silvia -Estas fotos son mías. Mi papá me dijo “antes de que te vayas voy y compro una máquina de fotos”. Y con esa saque las fotos.

Silvia -Ellos llevaban a los heridos de su buque que nuestros aviones habían hundido, tuvimos que parar, ellos mandaron su helicóptero para buscar sangre por que se habían quedado sin sangre para transfusiones. Les dimos nuestra sangre para que le llevaran a sus heridos.

Silvia -Este buque está pintado de blanco pero no tiene las cruces rojas. Nuestros aviones desde el cielo lo veían blanco y creían que era buque hospital, y en realidad era un buque que llevaba tropas. Con ese mismo hicieron el desembarque, sin ningún problema, y nosotros los respetamos pensando que era buque Hospital.

Silvia -Estas son las islas. A vos cuando te enseñan geografía siempre las dibujas tan chiquitas. Son inmensas. Cuando llegas ahí es impresionante.

Silvia -Este es nuestro barco. Está muy cerquita, de ahí veíamos todo lo que pasaba, pero había que moverse con el helicóptero. Traer heridos era toda una maniobra. Vos fijate que poca cultura bélica que el conflicto empieza el 2 de abril y el Hospital se empieza a armar el 5.

Silvia -Nosotras nos ofrecimos de voluntarias, vos fijate que pasa lo mismo con las rusas. Las que fueron de voluntarias lo toman de otra forma. Con una alegría, con un ímpetu. Las chicas de la aeronáutica y las de la marina que fueron ordenadas lo tomaron totalmente diferente. Les pegó para abajo, como a los hombres.

De derecha a izquierda, la segunda es Susana Maza
Silvia Barrera

Silvia -Nosotras somos 16 las que estamos declaradas veteranas. En realidad hay más mujeres, en el continente hubo un grupo que se quedó. Estamos en una pelea por que ellas quieren ser reconocidas veteranas de guerra pero no son. Nunca cruzaron (a las islas).

Silvia -Ellos se alegraban cuando los ingleses los tomaban prisioneros, sabían que se habían salvado. Los curaban, totalmente respetuosos.

Silvia -Cuando llegamos a Comodoro Rivadavia nos llevaron a un hotel muy lindo en Radatilli. Era el único hotel que había. Estaba sin inaugurar, así que estábamos nosotras 6 ahí adentro, sin nadie, cosa que no se nos acercaran. Entonces nos quisimos escapar, queríamos ir a ver a los heridos. Pensábamos que los dejábamos en el Hospital de Comodoro, íbamos al hotel, nos bañábamos y volvíamos a verlos, eran nuestros muchachos. Estos no nos querían dejar ir, entonces nos escapamos. Para que no nos escapáramos más, nos llevaron al aeropuerto de Comodoro y nos dejaron adentro del aeropuerto que como estaba todo cercado no nos podíamos ir a ningún lado. No querían que estemos en contacto con la gente, los periodistas nos veían y se nos venían encima, no querían que les contemos.

Silvia -Acá fue cuando nuestro general nos dio el “premio de la mujer” en el Ejército, se entrega cada 8 de marzo a las mujeres destacadas de la fuerza. Era la primera vez que se entregaba. Yo había tenido a mi última bebé, hace 14 años, y la llevé conmigo a recibir el premio después de firmar el alta.

Silvia -Esta es la última foto que se le hizo al buque en la Antártida. Después se incendió, justo a los 25 años. El buque volvía y nos íbamos a reunir por primera vez un 25 de abril: el día de mi cumpleaños. Habíamos quedado con todos los muchachos en hacer una cena ¡Y se incendió en camino! Dicen que fallaron los motores, qué se yo. Depende con quién hablás, cada uno cuenta una historia diferente…

Silvia -Esto es con Gabriela Michetti. Ella fue la única política que quiso conocernos, escuchar nuestra historia. Cristina (CFK), jamás… Nilda Garré, que fue comandante en jefe del Ejército, tampoco quiso saber nada con nosotros. Dicen las malas lenguas que cuando vio una foto de Susana (Maza), dijo que era muy linda, y que ella no podía estar al lado de mujeres tan lindas, con más chapa que ella.

Silvia -Este es el museo Malvinas, es muy lindo y moderno, lástima que lo hizo Cristina… Le falta la calidez que tienen otros museos (muestra objetos personales de gente del Ejército, enfatizando que exponer eso podría darle esa característica). Hay todo un mural con nuestras fotos. Lo que le falta es que nosotros, los veteranos, le demos cosas nuestras para que queden de recuerdo. Lo que pasa es que cuando ella (CFK) lo quiso inaugurar, lo hizo compulsivamente, como todo lo que hacía.

Silvia -Bueno, esa es nuestra historia. Después de todos estos años, me convertí en la mujer más condecorada de las FFAA. No hay militar, mujer, que tenga más condecoraciones que yo. Y hombre me parece que tampoco… y eso a veces me lo hacen pagar. Es muy feo sentirse disminuido por una mujer, yo lo comprendo.

Cierra el PowerPoint con fotos y me invita a conocer al resto de los veteranos, quienes están allí debido al viaje que se realiza a Paraná ese mismo día. En media hora parte el colectivo. “Tuviste suerte, vas a conocer al hombre más condecorado de las FFAA”. Cruzamos a la confitería (digo cruzamos ya que se encuentra en el edificio de atrás), logro divisar a un grupo de personas sentadas a la mesa que saludan a Silvia con entusiasmo. Nos acercamos y Silvia me presenta. Les pregunto si les puedo sacar una foto y me dicen que no hay problema. Saco las fotos e intercambio algunas palabras. Todos son muy amables, no puedo evitar imaginarlos de jóvenes, en aquel contexto de guerra que los unió para siempre. “Acá tenés al más condecorado” me dice Silvia mientras me presenta personalmente a Poltronieri. Se ven felices de reencontrarse, son amigos. Hermanos de la vida, como dicen Susana y Silvia. Me despido del grupo deseándoles un buen viaje y agradeciendo por la simpatía. Silvia me acompaña al punto de partida y me saluda afectuosamente. “¡Suerte! Estamos en contacto” me dice, “¡Buen viaje!” le contesto mientras entro en el ascensor. Se cierran las puertas y tengo el sentimiento de haber encontrado lo que estaba buscando. Un testimonio real, de una testigo humilde que logró transmitirme sus sentimientos. Una guerra que fue diferente para estas mujeres, a pesar del patriotismo asexuado. Fueron las primeras. Hoy siguen luchando por su reconocimiento y la divulgación de su historia.

Silvia Barrera
Veteranos. Segundo a la derecha: Poltronieri
Entrevistas

Aldana Genini