Después de todo, la vida es sencilla (como las canciones de “Muerte sin fin”)

Los lectores de Muerte sin fin, amateurs y especializados, saben que el poema admite la división de dos grandes fragmentos temáticos que culminan, cada uno en su propio momento, con sendas canciones que se distinguen notoriamente de las partes que las preceden. A diferencia de esas contrapartes, las canciones son ligeras, en varios sentidos: poéticamente, porque su factura está hecha en versos de arte menor, algunos con rima consonante, a imitación de las composiciones de la lírica popular en lengua española que podemos identificar en los octosílabos de corridos que aún hoy cantamos (“’Arboles de la barranca, / ¿por qué no han reverdecido?”); son ligeras también en su temple, pues si antes de cada una el poema está construido sobre la especulación metafísica, la investigación de un génesis imposible, los “impasibles tegumentos”, “el tumor, la úlcera y el chancro”, la destrucción de todas las cosas, la “pura forma” y más, las canciones, en cambio, hablan de cosas sencillas, asequibles, simples para el entendimiento aun cuando para complejizarlas bastaría, como bien demuestra el poeta, echar a andar la máquina de la abstracción y las hipótesis.

La primera canción es un recorrido por tres sentidos –el olfato, la vista y el gusto– hecho para lamentarse del agua que ni huele, ni luce ni sabe a nada. Su estrofa final es este baile:

Pobrecilla del agua, ay, que no tiene nada, ay, amor, que se ahoga, ay, en un vaso de agua.

El último verso es de algún modo irónico con respecto a la primera parte del poema (en donde el célebre vaso de agua es pretexto para reflexionar a propósito de la forma, el contenido, Dios y la conciencia) porque, sobre todo, al retomar Gorostiza una expresión coloquial (“ahogarse en un vaso de agua”) para referirse a su propio motivo central es como si, en cierto sentido, demeritara o restara no importancia, pero sí solemnidad a sus digresiones poéticas (comentando el poema, Eduardo Casar habla de una “desdramatización” del poema gracias a esta primera canción). Con ese verso final pareciera que el poeta se dice a sí mismo que, en efecto, se ahoga en un vaso de agua, se abisma por la magnitud de sus especulaciones, pero también se ahoga porque, después de todo, su escritura no ha sido más que eso, una emanación prescindible de su conciencia, que podría o no existir y no por ello el mundo cambiaría. El refrán, como vemos, oscila entre la nada y la realidad, entre una actitud nihilista y la exigencia de poner los pies en la tierra.

La segunda canción, que también da fin al poema, es un punto menos ligera, quizá por la inercia misma del poema y por los motivos en torno a los cuales gira: el Diablo y la muerte. Comparte con la primera su distanciamiento del tono filosófico y creacionista del resto poema, pero conserva cierto ánimo trágico, existencial quizá, en la medida en que puede considerarse un canto sobre y acaso también contra la inevitabilidad de la muerte:

¡Tan, tan! ¿Quién es? Es el Diablo, ay, una ciega alegría, un hambre de consumir el aire que se respira, la boca, el ojo, la mano; estas pungentes cosquillas de disfrutarnos enteros en un solo golpe de risa, ay, esta muerte insultante, procaz, que nos asesina a distancia, desde el gusto que tomamos en morirla, por una taza de té, por una apenas caricia.

Sus versos finales son bien conocidos:

¡Anda, putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo!

Ahora bien, más allá de su valor y su función al interior mismo del poema y en relación con su propia lógica, tal vez sea posible establecer un parangón entre esa manera en que las canciones se encuentran en Muerte sin fin y la vida misma.

Pienso que a veces, como dice la expresión, nos ahogamos en un vaso de agua, pero porque quizá no podría ser de otro modo. Especulamos y aún actuamos desde la complejidad aparente con que a veces se nos presenta la vida. La vida, la muerte, el transcurrir del tiempo, el amor, el olvido, la mudanza de opiniones y circunstancias, la pérdida, todo eso que implica existir y estar conscientes de ello, parece a veces una serie tremebunda de conceptos que exigen la inquisición y la experimentación, que es necesario ponderar, entender, observar a la luz de teorías específicas y premisas rigurosas.

Sin embargo, como en el poema de Gorostiza, a veces la propia existencia nos conduce a momentos de reconocimiento en los que advertimos que, después de todo, nada era nunca para tanto. Que amar es más sencillo de lo que creíamos. Que vivir es poco más que saborear un fruto o sentir la caricia del sol en un día de invierno. Que el dolor, la enfermedad y la muerte existen, son parte de la vida en el mundo, y por ello mismo eventualmente los sufriremos, pero cada cual en su justo momento. Que la vida, quizá, es tan sencilla como apurar un vaso de agua, paladearlo y exclamar, en un instante de lucidez y plenitud, “qué agua tan agua”.

Juan Pablo Carrillo Hernández

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