Olvidar se escribe con E.

No sabe inglés. Cuando escribe en el WhatsApp me pregunta siempre si tal palabra es con be o con uve. Cuál es con i griega y qué hay de la elle. Cuando yo estaba en 3º de ESO se sacó el graduado escolar. Terminó sus estudios de auxiliar de clínica (su verdadera vocación) a los 36 años. Durante 15 años se sentó en la mesa de la cocina, armada de un tanque de paciencia, para ayudarme a hacer los deberes. Cada año la historia se complicaba, pero ella estaba ahí, como un muro de contención. El diccionario Espasa a la izquierda y el bocata de chorizo Pamplona con mortadela, en un plato de Duralex ahumado, a la derecha. Ella detrás.

‘Oye, amatxu, ¿olvidar es con be o con uve?’

Cuando me licencié empapeló el cuarto de estudio con las dos versiones de la horripilante orla: una en color, otra en blanco y negro. Sacó copias para mi tía y para mi abuela, las cuales siguieron el mismo protocolo: decorar la casa con aquel collage de caras fingidas disfrazadas con aquella toga que apestaba a naftalina. ‘La única de la familia en la universidad’, la inspiración (y maldición) de mis primos más pequeños y la recriminación de los más mayores. La prima lista. La que escribe sin faltas y habla inglés. La que se fue a vivir, ella sola, a Barcelona y triunfó. La que trabaja por su cuenta en un trabajo que se ha inventado. La que ha escapado de la fábrica. La que ‘se ha hecho a sí misma’.

Yo no me he hecho a mí misma.

Pese a que a veces, muchas, me haya llegado a tragar la ficción cruel que invisibiliza las horas, el esfuerzo y el dinero que mi madre (y mi padre) invirtió en mí, diligentemente, sin asomar jamás una queja de sus labios. Para que yo fuera ‘lo que tenía que ser’ y no lo que el sistema esperaba de una hija de obreros, ama y aita, no fueron. Mi libertad es fruto de su sometimiento. Mis privilegios se hunden en sus eternas jornadas laborales. Esa dignidad de dientes apretados pero cabeza bien alta de la que tan orgullosa estoy es un souvenir del pasado que ni ellos, ahora, se pueden permitir. Mis días guachis de cervezas artesanas y focaccias, de iPhones y cafés de Starbucks no les han salido gratis. El precio ha sido alto. ‘Bien a gusto que lo hice, hija’ me dice mi madre. Yo, reviento por dentro.

Noto su sombra sobre el reflejo del ordenador.

-‘¿Qué lees? ¿Está en inglés todo eso?’

-‘Sí, ama, todo esto está en inglés’

Y se le llenan los ojos de agua. Ella, que me llevaba a rastras a la maldita academia cada lunes, miércoles y viernes. Desde el Stepping Stones hasta el Proficiency Gold, le estuve reprochando semejante tortura. La odiaba. No había tarde en que pudiera librarme. Les costaba un dinero que ni tenían por eso, perder una clase era un atentado contra su sistema. Las veces que me pilló faltando me las cobró con largos días de guerra pasivo-agresiva, en las que me dejaba bien claro que eso no podía repetirse ni una vez más. Yo no tenía el privilegio de faltar ni de no estudiar.

‘¿Hija, me corriges el e-mail que voy a enviar? Siempre me pasa que no sé si olvidar va con be o con uve. ¡Míramelo anda!’

Olvidar se escribe con E. Con E de estupidez.

La estupidez de la hija que no recuerda que si ahora es tan culta y tan resuelta es porque esa mujer dejó los libros y las letras a un lado, junto a sus sueños, para hacer de mis sueños, una realidad. Si yo soy, es porque ella es.

A mi ama, la mujer que no sólo me dio la vida, sino también las herramientas para hacerme mía y de nadie más.

Por ella. Por todas.

Erika Irusta R.

Pedagoga Menstrual. Animal Vulnerable.

Éste es el texto original, en castellano, escrito para mi columna bimensual en Directa.cat. El texto traducido y publicado al català lo lees aquí.